Un colegio para cuando acaba el colegio

 En el barrio Tiburtino (Roma) ha nacido una nueva escuela llamada “Barbiana al Tiburtino”, en la que jóvenes que crecen en entornos sociales difíciles encuentran un ambiente en el que se combate el aburrimiento y se ofrecen capacidades.
Opus Dei - Un colegio para cuando acaba el colegio

Es jueves por la tarde y suena la campana. El Centro de Formación Profesional ELIS debería vaciarse de estudiantes, pero muchos siguen allí. Y es que hace un mes comenzó “Barbiana al Tiburtino”, un sueño puesto en marcha por Pierluigi Bartolomei, su director.

¿Cómo nace este proyecto?

Te voy a contar la historia de Ahmad, un niño hazara que vivía en Kandahar (Afganistán), en una cabaña de barro, después de haber huido de Pakistán a causa de la persecución desencadenada por los talibanes.

En Kandahar, Ahmad y su familia vivían en un entorno difícil: tenían electricidad durante solo una hora al día; no podían caminar por las aceras, reservadas a los pashtunes, el grupo étnico dominante en Afganistán en este momento; si un hombre de la etnia de Ahmad llevaba la barba más larga de un palmo, podía ser lapidado.

Ahmad encontró quien le diera una mano, le dedicara tiempo y le enseñara un oficio cuando se hallaba en dificultad

En medio de esta vida infame, Ahmad despertó una noche a su padre para despedirse. Partía en un convoy procedente de China que se dirigía a Europa. Su padre le dio un beso y le pidió: “No despiertes a tu madre, yo le explicaré. Ahora, vete”.

Viajando de noche, atravesó los montes de la Capadocia y, tras miles de kilómetros, logró llegar a Venecia. Allí se durmió sobre un banco y le despertaron dándole una paliza. Tras varias aventuras, la asociación “La Ciudad de los Niños” me contactó para saber si podríamos ofrecerle formación profesional en el ELIS, una obra corporativa del Opus Dei.

¿Y qué ocurrió con Ahmad?

Ahmad tuvo suerte: encontró quien le diera una mano, le dedicara tiempo y le enseñara un oficio

Al llegar al ELIS, Ahmad entabló amistad con Francesco, uno de los profesores de la Escuela de orfebrería. El chico afgano se puso enfermo y su maestro acudió a verle. Quienes vivían en la misma casa de acogida sintieron envidia de Ahmad: alguien había acudido a visitarle, como si fuera un familiar. Pero Francesco no era alguien de la familia: era su profesor, una de esas personas invisibles que trabajan en los pliegues de las instituciones sin que se note su brillo. Él está comprometido con los estudiantes, que saben que pueden llamarle al teléfono si se meten en problemas; que se pone a tiro cuando acaban las clases, por si alguno necesita hablar; que llama a los estudiantes a casa para recordarles que no les conviene ausentarse con frecuencia de la escuela…

Actualmente, Ahmad es un orfebre que trabaja para una compañía internacional. Habla cuatro idiomas y tiene un gran círculo de amigos. Tuvo suerte: encontró quien le diera una mano, le dedicara tiempo y le enseñara un oficio cuando estaba en dificultad.

Para muchos de estos chicos, un maestro puede ser un amigo. Así ha nacido el proyecto.

¿A quién se dirige esta escuela?

El público es muy diverso. La mayoría son muchachos de esta zona de Roma con problemas de integración. A dos alumnos, por ejemplo, los puedes encontrar frecuentemente pidiendo limosna en el supermercado de Piazza Crivelli. También hay adultos que acuden al curso de italiano para extranjeros que ofrecemos el lunes por la tarde. Asisten, entre otros, dos ingenieros procedentes de Irak.

¿Cuál es, en su opinión, el mayor enemigo de estos jóvenes?

El aburrimiento que va apagando la ilusión. Hablando con ellos, te das cuenta de que sus días son muy similares: acaban el colegio, vuelven a una casa vacía donde encuentran la comida preparada, pierden unas horas en el sofá, chatean con los amigos, van al gimnasio o juegan al ordenador, cenan y se van a la cama. ¡Vuelven al colegio en la misma situación en la que salieron el día anterior! Pocos padres se pueden permitir el lujo de estar en casa por las tardes, y casi ninguno tiene las ganas de enfrentarse a los hijos por la noche para controlar de verdad si han hecho las tareas.

¿Y entonces?

En sus vidas reina el aburrimiento. Y el aburrimiento conduce, en no pocos casos, a la delincuencia. Entonces me vino la pregunta: ¿cómo es posible que si necesito comprar mozzarella en un supermercado pueda hacerlo a cualquier hora del día y de la noche y en cambio para estos chicos el aprendizaje termine a las dos de la tarde?

Pierluigi Bartolomei (izquierda), director de la iniciativa, en la inauguración.Pierluigi Bartolomei (izquierda), director de la iniciativa, en la inauguración.

Y decidió abrir una escuela por las tardes…Pero no solo para darles más clases, sino también para que tengan la oportunidad de contar con un lugar acogedor y familiar. En esta zona de la ciudad estamos en una periferia geográfica, que en muchos casos también es existencial. Nuestra primera tarea como educadores es recuperar a los muchachos, algunos de los cuales proceden de barrios difíciles como Tor Bella Monaca o San Basilio, y otros muchos han llegado a Italia en una barcaza atravesando el infierno. Tenemos que trabajar en varios frentes: por un lado, proponer una escuela bella y atractiva; por otro, derrotar el miedo que lleva a los chicos a la desesperación, que a veces se convierte en adicción a las drogas y al alcohol.

¿Quiénes son los maestros de esta escuela?

Esta es una escuela en la que los chicos no pagan y que no puede pagarle a nadie

Esa ha sido la tarea más compleja: elaborar un calendario donde cada día se ofreciera a los muchachos algo agradable. Para lograrlo, hacían falta personas motivadas y apasionadas del proyecto. Gracias a Dios, las he encontrado: colaboran en esta iniciativa casi 150 misioneros profesionales. Esta es una escuela en la que los chicos no pagan y que no puede pagarle a nadie. Varias empresas han colaborado de maneras diversas; algunos jubilados se encargan de las clases de educación cívica; el gerente de una compañía telefónica conocida enseña a los alumnos a elegir un contrato de telefonía móvil; el jefe de personal de una gran empresa les explicará cómo leer un recibo de pago; etcétera.

E incluso os han ayudado varias “medallas de oro”.

Sí, nos apoyamos mucho en deportistas con experiencia. Tenemos un equipo de fútbol, patrocinado por la Roma –uno de los dos equipos de la ciudad–. Es un equipo multiétnico: egipcios, norteafricanos, indios, senegaleses, salvadoreños, eritreos… y, por supuesto, italianos. También hemos puesto en marcha una escuela de judo, cuyo entrenador es Nicola Ripandelli, medallista olímpico.

¿Les involucra de alguna manera en la vida del barrio?

Ése es otro de los fines. Tenemos un proyecto, al que hemos llamado “Ape Operaia” (abeja trabajadora), para ir con los chicos a las casas de ancianos del barrio que necesiten pequeños arreglos o encargos: reparar un grifo que gotea, colocar bien una persiana desencajada, acompañarles al médico, poner en orden las facturas o hacerles la compra en el supermercado. Los jóvenes se sienten útiles con estos pequeños trabajos y los ancianos salen de la soledad.

Quienes vienen saben que se les va a exigir. Que tienen que esforzarse. Aquí no se puede perder el tiempo

¿No existe el riesgo de que la escuela se convierta en un parking de jóvenes?

Quienes vienen saben que se les va a exigir. Que tienen que esforzarse. Aquí no se puede perder el tiempo y hay unas reglas que respetar. El que no entra al juego sabe que no tiene sitio en el proyecto.

¿Por qué hacer todo esto? ¿Cuál es el último motivo?

Hace unos meses, un profesor del ELIS vino al despacho y me trajo a un estudiante que llevaba un tiempo dando problemas en clase. Me puse muy serio y le dije al chaval que había excedido todos los límites y que tendría que abandonar el colegio por unos días y que… En ese momento, el muchacho se levantó la camisa y me mostró su pecho y espalda llenos de heridas. “Mi padre ha perdido el trabajo —me dijo—. Se emborracha todas las noches, y pega a mi madre. Si me pongo en medio, los golpes me caen a mi”.

Comprendí que, en algunos ambientes, hay chicos que viven situaciones muy complejas. Quiero que entiendan que tienen un Padre bueno, que está también en la capilla que tenemos junto a la entrada de la escuela. Es un Padre que les escucha y que desea consolarlos. Si pueden conocer a ese Padre —a Dios— a través de la ayuda que nosotros podamos prestarles, estaremos recompensados.
* * *
Para obtener más información y saber cómo contribuir al proyecto, escriba a p.bartolomei@elis.org

Anuncios

Audiencia general del Papa Francisco 25 octubre 2017

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta es la última catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana, que nos ha acompañado desde el inicio de este año litúrgico. Y concluiré hablando del paraíso, como meta de nuestra esperanza.

«Paraíso» es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, al dirigirse al buen ladrón. Parémonos un momento en esta escena. En la cruz, Jesús no está solo. Junto a Él, a la derecha y a la izquierda hay dos malhechores. Tal vez, al pasar frente a aquellas tres cruces alzadas en el Gólgota, alguien lanzó un suspiro de alivio, pensando que finalmente se hacía justicia dando muerte a gente así.

Junto a Jesús está también un reo confeso: uno que reconoce merecer ese terrible suplicio. Lo llamamos el «buen ladrón», el que, oponiéndose al otro, dice: nos lo hemos merecido con nuestros hechos (cf Lucas 23, 41).

En el Calvario, aquel viernes trágico y santo, Jesús alcanza el extremo de su encarnación, de su solidaridad con nosotros pecadores. Allí se lleva a cabo lo que el profeta Isaías había dicho del Siervo sufriente: «ha sido contado entre los malhechores» (53, 12; cf. Lucas 22, 37).

Es allí, en el Calvario, donde Jesús tiene la última cita con un pecador, para abrirle también las puertas de su reino. Esto es interesante: es la única vez que la palabra «paraíso» aparece en los evangelios. Jesús se lo promete a un «pobre diablo» que sobre la madera de la cruz tuvo el coraje de dirigirle la más humilde de las peticiones: «acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lucas 23, 42). No tenía buenas obras que hacer valer, no tenía nada, pero se confía a Jesús, a quien reconoce como inocente, bueno, tan diverso de él (v. 41). Aquella palabra de humilde arrepentimiento fue suficiente para tocar el corazón de Jesús.

El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición frente a Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente compasión por nosotros, que Él se derrumba cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones este milagro se repite innumerables veces: no existe una persona, por mal que haya vivido, a la cual le quede sólo la desesperación y le sea prohibida la gracia.

Ante Dios nos presentamos todos con las manos vacías, un poco como el publicano de la parábola que se había detenido a orar al final del templo (cf. Lucas 18, 13). Y cada vez que un un hombre, al hacer el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas son muchas más que las obras de bien, no debe desanimarse, sino confiarse a la misericordia de Dios.

Y esto nos da esperanza, ¡esto nos abre el corazón! Dios es Padre, y hasta el último momento espera nuestro regreso. Y al hijo pródigo que ha regresado, que comienza a confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (cf. Lucas 15, 20). ¡Este es Dios: así nos ama!

El paraíso no es un lugar como en las fábulas, ni mucho menos un jardín encantado. El paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que murió en la cruz por nosotros. Donde esta Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él existe el frío y las tinieblas. A la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús: «Acuérdate de mí». Y aunque no existiese nadie que se acuerde de nosotros, Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más hermoso que existe. Quiere llevarnos allá con lo poco o mucho de bien que existe en nuestra vida, para que no se pierda nada de lo que ya Él había redimido. Y a la casa del Padre llevará también todo lo que en nosotros tiene todavía necesidad de redención: las faltas y las equivocaciones de una entera vida. Es esta la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en amor.

Si creemos esto, la muerte deja de darnos miedo y podemos también esperar partir de este mundo de forma serena, con tanta confianza. Quien ha conocido a Jesús ya no teme nada. Y podremos repetir también nosotros las palabras del viejo Simeón, también él bendecido por el encuentro con Cristo, después de una vida entera consumada en la espera: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación» (Lucas 2, 29-30).

Y en aquel instante, finalmente, ya no tendremos necesidad de nada, ya no veremos de forma confusa. Ya no lloraremos inútilmente, porque todo ha pasado; también las profecías, también el conocimiento.

Pero el amor no, eso permanece. Porque «la caridad no acaba nunca (cf. 1 Corintios 13, 8).

 


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los animo a poner siempre la confianza en el Señor, pidiendo que en el último momento de nuestra vida también se acuerde de nosotros y abra para nosotros las puertas del paraíso.

Que Dios los bendiga.

(En italiano)

Me complace acoger a las Siervas de María Ministras de los Enfermos y a los Padres Eudistas. Que la peregrinación a las tumbas de los Apóstoles sea una ocasión para crecer en el amor de Dios, para que vuestras comunidades se conviertan en un lugar en el que se experimente la comunión y el servicio.

Me gustaría extender mi saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Al final de octubre, me gustaría recomendar la oración del Santo Rosario. Que esta oración mariana sea para vosotros, queridos jóvenes, una oportunidad para penetrar más profundamente el misterio de Cristo que actúa en vuestra vida; queridos enfermos, amad el Rosario, para que dé consuelo y sentido a vuestros sufrimientos. Que se convierta para vosotros, queridos recién casados, en una ocasión privilegiada para experimentar esa intimidad espiritual con Dios que construye una nueva familia.

Libro electrónico sobre la Catequesis del Papa Francisco sobre la Esperanza

«Dios camina conmigo»: libro electrónico con las catequesis del Papa sobre la esperanza

Un valioso recurso para la oración y la lectura espiritual; para vivir «alegres en la esperanza» y contagiar a todos esta alegría de vivir.

Del Papa
Opus Dei - «Dios camina conmigo»: libro electrónico con las catequesis del Papa sobre la esperanza

Audiencia del Papa Francisco: «Somos capaces de amar allí donde parece que ya no hay motivo para amar»

Miercoles 4 octubre 2017 Plaza San Pedro

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO – Miércoles 4/10/2017 Plaza San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta catequesis quiero hablar del tema «Misioneros de esperanza hoy». Estoy contento de hacerlo al inicio del mes de octubre, que en la Iglesia está dedicado de modo particular a la misión y también, en la fiesta de San Francisco de Asís, que fue un gran misionero de esperanza.

En efecto, el cristiano no es un profeta de desventura. Nosotros no somos profetas de desventura. La esencia de su anuncio es lo opuesto, lo opuesto a la desventura: es Jesús, muerto por amor y que Dios resucitó la mañana de Pascua. Y este es el núcleo de la fe cristiana.

Si los Evangelios se parasen en la sepultura de Jesús, la historia de este profeta se sumaría a las muchas biografías de personajes heroicos que pasaron su vida por un ideal. El Evangelio sería entonces un libro edificante, también de consulta, pero no sería un anuncio de esperanza.

Pero los Evangelios no se cierran con el viernes santo, van más allá; y es precisamente este fragmento posterior el que transforma nuestras vidas. Los discípulos de Jesús estaban abatidos aquel sábado después de su crucifixión; aquella piedra en la puerta del sepulcro había cerrado también los tres años emocionantes vividos por ellos con el maestro de Nazaret. Parecía que todo había acabado, y algunos, desilusionados y asustados, estaban ya dejando Jerusalén.

¡Pero Jesús resurgió! Este hecho inesperado voltea y subvierte la mente y el corazón de los discípulos. Porque Jesús no resurge solo por sí mismo, como si su renacimiento fuera una prerrogativa de la que estar celoso: si sube hacia el Padre es porque quiere que cada ser humano tome parte en su resurrección y que cada criatura sea arrastrada hacia arriba. Y en el día de Pentecostés los discípulos se transformaron en el aliento del Espíritu Santo.

No tendrán solamente una hermosa noticia que llevar a todos, sino que serán ellos mismos diversos que antes, como renacidos en una vida nueva. La resurrección de Jesús nos transforma con la fuerza del Espíritu Santo. Jesús está vivo, está vivo entre nosotros, está vivo y tiene esa fuerza de transformar.

¡Qué bonito es pensar que se es anunciador de la resurrección de Jesús no solamente de palabra, sino con hechos y con el testimonio de la vida! Jesús no quiere discípulos capaces solo de repetir fórmulas aprendidas de memoria. Quiere testigos: personas que propaguen esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la resurrección hace que los cristianos sean capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones. Hay un «más» que vive en la existencia cristiana y que no se explica simplemente con la fuerza de ánimo o un mayor optimismo.

La fe, la esperanza nuestra no es solo un optimismo; es otra cosa, ¡más! Y como si los creyentes fueran personas con un «pedazo de cielo» de más sobre la cabeza. Es hermoso esto: nosotros somos personas con un pedazo de cielo de más sobre la cabeza, acompañados de una presencia que alguno no es capaz ni siquiera de intuir.

Así, el deber de los cristianos en este mundo es el de abrir espacios de salvación, como células de regeneración capaces de restituir la savia a aquello que parecía perdido para siempre. Cuando el cielo está completamente nublado, es una bendición quien sabe hablar del sol.

El verdadero cristiano es así: no quejumbroso y enfadado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, de que ningún mal es infinito, ninguna noche dura sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado y ningún odio es invencible por el amor. Claro, alguna vez los discípulos pagarán con un alto precio esta esperanza dada a ellos por Jesús. Pensemos en tantos cristianos que no han abandonado su pueblo, cuando ha llegado el tiempo de la persecución.

Se han quedado allí, donde incluso el mañana era incierto, donde no se podía hacer proyectos de ningún tipo, se quedaron esperando en Dios. Y pensemos en nuestros hermanos, en nuestras hermanas de Oriente Medio que dan testimonio de esperanza y también ofrecen la vida por este testimonio. ¡Estos son verdaderos cristianos! Estos llevan el cielo en el corazón, mirando más allá, siempre más allá.

Quien ha tenido la gracia de abrazar la resurrección de Jesús puede aún esperar lo inesperado. Los mártires de cada tiempo, con su fidelidad a Cristo, cuentan que la injusticia no es la última palabra en la vida. En cristo resucitado podemos continuar esperando. Los hombres y las mujeres que tienen un «por qué» vivir resisten más que los demás en los tiempos de desventura.

Pero quien tiene a Cristo a su propio lado realmente ya no teme a nada. Y por eso los cristianos, los verdaderos cristianos, nunca son hombres fáciles y acomodados.

Su mansedumbre no se confunde con un sentido de inseguridad y de sumisión. San Pablo espolea a Timoteo a sufrir por el Evangelio y dice así: «Dios nos ha dado un espíritu de timidez, pero de fuerza, de caridad y de prudencia». (2 Tm 1, 7).

Caídos, se levantan siempre. He aquí, hermanos y hermanas, por qué el cristiano es un misionero de esperanza. No por su mérito, sino gracias a Jesús, el grano de trigo que no cae en la tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto (cf Jn 12, 24).

¡Quieres aprender de Dios? Empieza por escucharle

tan_gente

escuchar a Dios oracion.jpgSaber escuchar. Aprender de Dios. Escucharle

Dios habla, nos llama, reclama nuestra atención, insiste: Yo soy el Señor Dios tuyo, escucha mi voz. Escucha, pueblo mío. Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino. Es casi una súplica que nace de un amor infinito que desea solo nuestra felicidad… Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor. Amarás… Estas palabras que hoy te doy estarán grabadas en tu corazón… La expresión shemá –escucha– aparece insistente en boca de Dios. Llama a la puerta del corazón y dice: escucha mi voz.

Dios habla.

Ver la entrada original 121 palabras más

“Cada día en el Cottolengo es un mundo de alegría”

Laura Cardenal Medina, alicantina, tiene 22 años y estudia el ciclo de formación profesional en Infantil en el IES Figueras Pacheco, sueña con poder trabajar en el ámbito de la Educación, para lo que se está formando y en su tiempo libre hace voluntariado en el Cottolengo de Alicante, una residencia con pocos recursos que llevan unas religiosas inspiradas por el padre Jacinto Alegre, un jesuita español.

¿En qué consiste exactamente el voluntariado que haces en el Cottolengo?

Ayudar en lo que sea, porque andan escasos de todo, más de personal, no tienen dinero para pagar a personas para que les ayuden. Cada vez hago algo diferente, según las necesidades, unas veces es darles de comer, otras en la cocina echar una mano para poner la comida o recogerla… Cada día es un mundo, un mundo de alegría.

¿Con quién vas a hacer este voluntariado?

Voy con mis amigas que a través de la Asociación Cultural Tonaira, vamos una o dos veces al mes a  ayudar.

¿Vale la pena dar un poco de tu tiempo a los demás?

Siempre merece la pena. Yo he aprendido a  organizar mejor mi tiempo, cuantas más  cosas tengo que hacer, más aprovecho el tiempo.

¿Qué es lo mejor de ser voluntaria?

Lo que recibo. No hay ningún día que me vaya de la actividad del voluntariado sin haber aprendido algo nuevo, por lo que a mí me ayuda a ser mejor persona.

Una anécdota

Una niña de 16 años con parálisis cerebral residente, cuando nació todos los médicos dijeron que era imposible que transmitiera algún gesto o sentimiento con la cara y esta niña hoy sonríe, es feliz en el Cottolengo, gracias al cariño de las religiosas. Y su mejor manera de agradecer las cosas, es a través de una sonrisa.

 Lo más difícil

Cuando regreso al voluntariado y no encuentro a alguien… Por otro lado, el irme sin haber podido finalizar mi tarea, por falta de tiempo y de mucho trabajo para pocas manos. Hay más de 60 personas y solo dos religiosas para atenderlo. Con esto quiero decir que no entiendo como siendo tantas personas en el mundo, nadie pueda dar de su tiempo a estas personas que de verdad lo necesitan.

Lo mejor

Lo poquito que yo les puedo dar y lo agradecidas que están siempre, con una sonrisa. 

Laura, además de ser voluntaria en Cotolengo, eres estudiante y catequista, ¿de dónde sacas las fuerzas?

Creo que las fuerzas las saco de Dios. ¿Cómo? Gracias a la oración personal, a la Eucaristía diaria y en la confesión frecuente.

Cada vez que estoy ayudando en el Cotolengo, a través de esas personas, veo a Dios, porque detrás de cada persona hay un poquito o un mucho de Dios. Cada uno está creado a imagen y semejanza de Dios. Cada vez que ayudamos a cada una de estas personas es como si estuviera ayudando a Dios.

Navidad está a la vuelta de la esquina, ¿qué nos recomiendas para estos días?

Siendo muy generosos con nuestro tiempo: visitando a pobres, hacer recogida de alimentos y llevarlos a familias necesitadas. Así transmitir la Navidad como yo la vivo. Creo, también, que lo más importante es estar pendiente de la propia familia de sangre, saber que necesitan, que es lo que les gusta, tener detalles, el pasar por alto los defecto, las riñas…

 

 ¿Con qué sueña una estudiante de Magisterio y Ciclo en Infantil?

Mi mayor ilusión es que todos niños alcancen conocimiento porque cuanto más sabes, más capaz eres de conocer la verdad y esa verdad te va a llevar a la felicidad.