MEDITACIONES PARA SEMANA SANTA- Reflections for Holy Week

JUEVES SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Jueves Santo

«LA VÍSPERA de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). «Algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso (…). Comencemos –nos sugiere san Josemaría– por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo». Esta actitud atenta hace que hoy recordemos el elocuente gesto que tuvo Jesús lavando los pies a sus apóstoles. En la Última Cena, en la inminencia de la Pasión, la atmósfera era de amor, de intimidad, de recogimiento. «Como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secarlos con la toalla que se había puesto a la cintura» (Jn 12,3-5). Para los apóstoles debió de ser muy impactante ver a Jesús realizar este gesto que estaba reservado al siervo del lugar. Seguramente lo habrán comprendido pasado el tiempo. Incluso hoy a nosotros nos puede resultar sorprendente imaginar a Dios en esa posición, limpiando con sus manos el polvo del camino. Dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos hacemos puros, limpios, o santos. «Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos (…). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva». Esta es la paradoja cristiana: es Dios quien se adelanta; es él quien toma la iniciativa. Por eso es tan importante, antes de emprender cualquier tarea apostólica, aprender a recibir lo que Dios nos quiere dar, aprender a dejarnos limpiar una y otra vez por su mano.

SI NUNCA dejaremos de sorprendernos de aquel gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles, su amor y su humildad tocan alturas infinitas cuando, durante la cena, «tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”» (1 Cor 11,23-25). El Señor «instituyó este sacramento como memorial perpetuo de su pasión, como realización de las antiguas figuras, como el mayor milagro que había hecho y el mayor consuelo para aquellos que dejaría tristes con su ausencia». Se nos da Él mismo: convertido en pan y en vino para nosotros, es, a la vez, una muestra de sobreabundancia de amor y la mayor expresión que cabe de humildad. El Sacramento Eucarístico nos permite la identificación con el amado, ser una misma cosa, fundirnos, compenetrarnos con Dios. San Josemaría señalaba que «nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y –en lo que nos es posible entender– porque, movido por su amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre». No salimos de nuestro asombro. Por mucho que nos imaginemos todo lo que Dios Padre nos ha regalado, nunca acertaremos a comprenderlo: «Es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para vivir en Jesucristo para siempre». No merecemos tanto cuidado, tanto cariño, tanta atención. Tratamos de corresponder, pero incluso para hacerlo necesitamos su ayuda. Por eso, «lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo (…). Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da».

EN LAS PALABRAS del sacerdote antes de la consagración –«dando gracias, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo…»– percibimos la disposición agradecida del corazón de Jesús de frente a Dios Padre. Nosotros queremos tener la misma actitud de Cristo en esta víspera santa. Del agradecimiento es fácil que brote la generosidad para extender esa vida nueva que hemos recibido. Trataremos de amar a los que él ama y como él los ama: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Por Cristo, con Él y en Él, somos capaces de amar hasta el extremo. Como Jesús, nos arrodillamos ante los hombres para limpiarles los pies. Comprendemos sus miserias y las cargamos sobre nuestros hombros. Desaparecen los juicios, las envidias y comparaciones, que se transforman en intercesión, alegría y agradecimiento a Dios por las maravillas que hace en los demás. «En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo». De ahí sacamos fuerza y vida para llevarla hasta el último rincón de la tierra, hasta el corazón de cada persona que nos rodea. Podemos aprovechar este día en que Dios regaló a su Iglesia este sacramento para rezar también por la santidad de los sacerdotes, para que sirvan cada día a la Iglesia con el mismo amor del Señor. Con nuestra oración podemos ayudarles a hacer realidad este deseo que les mueve como sacerdotes: «No elegimos nosotros qué hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente así: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio». Entre tanto don que recordamos hoy, sabemos que Jesús nos ha dado también a su Madre. A ella, testigo principal del sacrificio de Cristo, podemos acudir para, con su ayuda, tener una vida animada por el agradecimiento humilde de tantos dones recibidos.

HOLY THURSDAY

“‘NOW BEFORE the feast of the Passover, when Jesus knew that his hour had come to depart out of this world to the Father, having loved his own who were in the world, he loved them to the end.’ The reader of this verse from Saint John’s Gospel is brought to understand that a great event is about to take place. The introduction is full of tender affection … Let us begin,” Saint Josemaria advises us, “by asking the Holy Spirit, from this moment on, to give us the grace to understand every word and gesture of Christ.” Today, our eagerness to be attentive to all that our Lord does leads us to contemplate his eloquent gesture of washing his apostles’ feet. At the Last Supper, with the Passion now near, the atmosphere was one of love, intimacy and recollection. “Since Jesus knew that the Father had placed everything in his hands and that he had gone out from God and was returning to God, he rose from supper, took off his robe, took a towel and put it around his waist. Then he poured water into a basin, and began to wash the disciples’ feet and to wipe them with the towel which he had put around his waist” (Jn 12:3-5). The apostles would have been shocked to see Jesus doing something normally only carried out by a servant. But over time they would have come to understand what Jesus wanted to tell them. Even today we may find it difficult to imagine God putting himself in such a position, wiping the dust and dirt from his friends’ feet with his own hands. Letting Christ wash us means recognizing that we cannot purify, clean or sanctify ourselves. “This truth is hard to grasp: if I do not let the Lord serve me, wash me, strengthen me, forgive me, I will not enter the Kingdom of Heaven … God saved us by serving us. We often think we are the ones who serve God. No, he is the one who freely chose to serve us, for he loved us first. It is difficult to love and not be loved in return. And it is even more difficult to serve if we do not let ourselves be served by God.” This is the Christian paradox: it is God who acts first; it is He who takes the initiative. This is why, before undertaking any apostolic work, it is so important to learn to receive what God wants to give us, to let him cleanse us again and again.

THE SIGHT of Jesus washing his apostles’ feet should never cease to amaze us. But his love and humility go infinitely further during the supper: “He took bread, and when he had given thanks, he broke it and said, ‘This is my body, which is given for you; do this in remembrance of me.’ And in the same way, after supper, he took the cup, saying, ‘This cup is the new covenant in my blood; as often as you drink it, do this in remembrance of me’” (1 Cor 11:23-25). Our Lord “instituted this sacrament as a perpetual memorial of his Passion, as a fulfillment of the ancient figures, as the greatest miracle He had performed and the greatest consolation for those He would leave saddened by his absence.” Jesus gives himself to us; he becomes bread and wine for us. It is at once a sign of superabundant love and the greatest possible expression of humility. The Sacrament of the Eucharist enables us to identify ourselves with the Beloved, to become one and the same with Him, to be united as intimately as possible with God. Saint Josemaría said that “our Lord Jesus Christ, as though all the other proofs of his mercy were insufficient, institutes the Eucharist so that he can always be close to us. We can only understand up to a point that he does so because Love moves him, who needs nothing, not to want to be separated from us. The Blessed Trinity has fallen in love with man.” We cannot get over our astonishment. No matter how much we consider all that God the Father has given us, we will never be able to understand it: “It is the medicine of immortality, the antidote to death, the remedy enabling us to live in Christ forever.” We do not deserve such great care, affection and attention. We want to try to respond as well as possible, but to do so we need God’s help. “What comes first is not our effort, or moral capacity. Christianity is first and foremost a gift: God gives himself to us. He does not give something, but himself … This is why the central act of Christian life is the Eucharist: gratitude for having received his gifts, joy for the new life that he gives us.”

IN THE PRIEST’S WORDS before the consecration we see Jesus’ grateful attitude towards God the Father: “he took bread and, giving thanks, broke it, and gave it to his disciples, saying…”. We want to have the same attitude today, on the eve of the Passion. Generosity grows naturally from gratitude for the new life we have received, and we want to share it with others. We want to try to love those Jesus loves, as he loves them: “A new commandment I give to you, that you love one another. As I have loved you, so you also should love one another” (Jn 13:34). Through Christ, with Him and in Him, we are capable of loving to the end. Like Jesus, we kneel before people to clean their feet. We understand their miseries and carry them on our shoulders. Judgment, envy and comparisons disappear, transformed into petition, joy and gratitude to God for the wonders he works in others. “The Most Blessed Eucharist contains the entire spiritual good of the Church, that is, Christ himself, our Pasch and Living Bread, which by the action of the Holy Spirit through his very flesh gives life to men.” From there we draw the strength we need to bring Christ’s life to the hearts of the people around us, and to every corner of the world. Holy Thursday, the day God gave the Church the Sacrament of the Eucharist, is also a day to pray for the holiness of all priests, that they may always serve the Church with the same love our Lord had. With our prayer we can help them make a reality of the deepest desire that moves them as priests: “This practical aspect of service is important: that it is not we who choose what to do, but we are servants of Christ in the Church. We work as the Church tells us, where the Church calls us, and we try to be precisely this: servants who do not do their own will, but the will of the Lord. Let us truly be in the Church ambassadors for Christ and servants of the Gospel.” Among so many other gifts, during these days Jesus will also give us the gift of his Mother. We turn to our Lady, the principal witness of Christ’s Sacrifice, asking for help to live a life of humble gratitude for all we have received.

VIERNES SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Viernes Santo

«DIOS MÍO, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). «Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”». A Cristo, sobre todo, le aflige el sufrimiento que, fruto del pecado, experimentamos los hombres y mujeres de todas las épocas: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28). No hay dolor que haga desistir a Cristo de su propósito de salvarnos. «Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a Él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura». La liturgia del Viernes Santo arranca con el sacerdote postrado en tierra. Es la postura en la que se encontraba Jesús en el Huerto de los Olivos. Se le venían encima todos los pecados de los hombres, todos sus dolores y su soledad, los nuestros también, así que se dirige a Dios Padre para conseguir de Él la fuerza para afrontar ese paso decisivo. Jesús ha venido a la tierra para reparar el mal que nos hemos infligido a nosotros mismos y a los demás. Quiere devolvernos la libertad y la alegría. Su ilusión por nosotros no conoce límites, así que su «yugo es suave y su carga ligera» (Mt 11,30). Nuestros pecados no tienen la última palabra si dejamos hablar a Jesús, si le dejamos decir que nos ama y que no nos reprocha tanto sufrimiento. Hoy recordamos que «Jesús ha caído para que nosotros nos levantemos: una vez y siempre».

UNO DE LOS MOTIVOS del pecado es percibir, falsamente, que la voluntad de Dios es un riesgo para nuestra libertad. Le sucedió, por ejemplo, a Adán, nuestro primer padre. Sin embargo, la voluntad de Dios es que seamos felices, que nos dejemos querer por Él. «Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente “como Dios”, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de Él o negándolo. En el forcejeo de la oración en el Monte de los Olivos, Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad. Oremos al Señor para que nos adentre en este “sí” a la voluntad de Dios, haciéndonos verdaderamente libres». ¡Cuánto queremos agradecer al Señor su sacrificio, voluntariamente aceptado, para librarnos de la muerte! Jesucristo entra en agonía y llega a derramar sudor de sangre; pero la confianza en su Padre no desfallece, hace oración una y otra vez. «Se acerca a nosotros, que dormimos: levantaos, orad –nos repite–, para que no caigáis en la tentación». Horas después, la furia de los pecados de la humanidad entera descarga sus golpes sobre el cuerpo inocente de Jesucristo. La ingratitud de nuestros corazones rodea al Señor en su soledad. «Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo… despacio». «A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva».

LAS LLAGAS del Señor, por las que fluyó a raudales su sangre preciosísima, serán refugio sereno para nuestras heridas. En las llagas de Cristo estamos más seguros. Empapados en su sangre redentora, embriagados de Dios, nada hemos de temer. «Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus llagas (…). Necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas santísimas heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo». Y en esa contemplación, es fácil saborear la recia ternura con que canta hoy la Iglesia: «Dulce leño, dulces clavos, que sostienen tan dulce peso». Es «el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia Él, para llevarnos hasta Él»]. Esta es la verdad del Viernes Santo: en la cruz, Cristo, nuestro redentor, nos devolvió la dignidad que nos pertenece. Se afianzan nuestros deseos de clavarnos en la cruz gustosamente, de asociarnos a su redención, haciendo que nuestra debilidad sea lavada con la sangre que brota del cuerpo de Jesús. Al terminar este rato de oración, nuestra mirada se dirige al pie de la cruz, donde se halla la madre dolorosa acompañada de unas cuantas mujeres y de un adolescente. Quienes han pasado por ese trance saben que no hay dolor comparable. Cristo, en aquellos momentos, la necesitaba junto a Él y nosotros la necesitamos todavía más.

GOOD FRIDAY

Today we want to be with Christ on the Cross. I recall some words of St. Josemaría Escrivá one Good Friday. He invited us to personally relive the Passion, hour by hour, from the Agony in the Garden of Olives, the Scourging, and the Crowning with thorns to His death on the Cross: “His omnipotence bound by human hands, they lead my Jesus from place to place amidst the insults and blows of the people.” Each one of us must take our place in that crowd because our sins were the cause of the immense sorrow that afflicted the soul and body of Our Lord. Yes, each one of us drags Christ, an object of mockery, here and there. Because of our sins, we are the ones who cry out for his death. And He—perfect God and perfect man—allows us to do it. The prophet Isaiah had predicted it: “Mistreated, he opened not his mouth; like a lamb led to slaughter, like a sheep mute before its shearer.”

It is right that we feel responsible for our sins. It is logical that we be very grateful to Jesus. It is natural that we make reparation, for He responded to our lack of love by loving us totally. During this Holy Week, Our Lord seems closer to us, more like his fellow human beings. Let us reflect on these words of John Paul II: “Whoever believes in Jesus carries the Cross to victory, as an undeniable proof that God is Love…. But we must never take faith in Christ for granted. The Easter mystery, which we relive during Holy Week, is always present to us” (Homily, Mar. 24, 2002). This Holy Week let us ask Jesus to awaken in our souls the awareness of being men and women who are truly Christian, for we live face to face with God, and in Him with all people. We must not let Our Lord carry the Cross alone. Let us embrace with joy the small sacrifices of each day. Let us make use of the ability to love which God has given us in order to make specific resolutions, careful to avoid mere sentimentality. Let us tell Him sincerely: Lord, never again! Never again! With faith, we ask that we and everyone on earth might discover why we must hate the mortal sin and abhor the deliberate venial sins that caused our God to suffer so much.

How great is the power of the Cross! When Christ is the object of scorn and mockery for all the world; when He is there with no desire to be released from those nails; when no one would give even a penny for his life, the good thief—one with us—discovers the love of Christ in agony and asks for pardon. “Today you will be with me in Paradise.” See how powerful suffering is when it is accepted in union with Our Lord! It is able to draw from the most painful situations moments of glory and life. That man who spoke to Christ in his agony, finds remission of his sins and happiness forever. We have to do likewise. By losing our fear of the Cross and uniting ourselves to Christ on the Cross, we shall receive its grace, its power, its efficacy. And we shall be filled with peace. At the foot of the Cross we find Mary, Virgin most faithful. On this Good Friday, let us ask her to lend us her love and courage so that we too might know how to keep Jesus company. Let us speak to her in those words of St. Josemaría which have helped millions of people: “Tell her: My Mother—yours, because you belong to her on many counts—may your love bind me to the Cross of your Son; may my faith never fail, nor my valor, nor my daring, in fulfilling the will of our Jesus.”

SÁBADO SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Sábado Santo

PUEDE SUCEDERNOS que el Sábado Santo sea «el día del Triduo pascual que más descuidamos, ansiosos por pasar de la cruz del viernes al aleluya del domingo»[1]. Para que esto no nos ocurra, podemos fijarnos en las mujeres que acompañaron a la Virgen en todo momento. «Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura. Pero en esta situación las mujeres no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad. Realizaron algo sencillo y extraordinario: prepararon en sus casas los perfumes para el cuerpo de Jesús. (…) Sin saberlo, esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del “primer día de la semana”, día que cambiaría la historia». Jesucristo yace hoy en el sepulcro. Manos amigas lo han colocado con cariño en aquel lugar, propiedad de José de Arimatea, cercano al Calvario. ¿Dónde están los apóstoles? Nada nos dicen los evangelios, pero tal vez al atardecer de aquel sábado fueron llegando uno a uno hasta el Cenáculo, donde días atrás se habían congregado con el Maestro. ¡Cuánto desánimo en sus conversaciones! Habían traicionado a Jesús. Hasta tal punto debió de llegar el desaliento que no faltó tal vez la idea de abandonarlo todo y volver a las cosas de antes, como si los últimos tres años hubieran sido tan solo un sueño. Sin embargo, «en el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo».

HAY ALGO diferente en las santas mujeres: han sido fieles hasta el último momento. Observaron atentamente cómo quedaba todo para, después del reposo del sábado, poder volver y terminar de embalsamar a Jesús. Es explicable el desaliento de unos y otros: todavía no eran testigos, ni los apóstoles ni ellas, de la resurrección de Cristo. A pesar de todo, no quieren dejar de prestar ese servicio. Su cariño es más fuerte que la muerte. Por otro lado, también nos gustaría ser tan valientes como José de Arimatea y como Nicodemo, que «en la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio… entonces dan la cara (…). Yo subiré con ellos –decía san Josemaría– al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor… lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones… lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar». Cuando casi nadie espera nada de Cristo, todos estos personajes de la Escritura no se encogen de hombros. No tienen nada que ganar, pueden perderlo todo, pero igualmente quieren ofrecer a Jesús su cariño. Por otro lado, el Sábado Santo no pudo ser para la Virgen un día triste, aunque sí doloroso. La fe, la esperanza, y el amor más tierno por su divino hijo le darían paz, le harían aguardar con un ansia serena la resurrección. Recordaría, entre tanto, las últimas palabras de Jesús: «Mujer, aquí tienes a tu hijo» (Jn 19,26); empezaría ya a ejercer su maternidad con aquellos hombres y aquellas mujeres que habían seguido a Cristo desde los primeros tiempos. María trataría de reanimar la fe y la esperanza de los apóstoles, recordándoles las palabras que poco tiempo atrás habían oído de labios del Señor: «Se burlarán de Él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará» (Mc 10,34). Bien claro había hablado el Señor para que, cuando llegasen los momentos de dificultad, supiesen agarrarse con fe a su palabra. Junto al recuerdo doloroso de los sufrimientos padecidos por Jesucristo, un alivio grande se apoderaría de su corazón de Madre al pensar que ya había pasado todo: «Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado».

JUNTO A LA VIRGEN, a la luz de su esperanza, se encenderían los corazones de cada uno. «¿Y si todo aquello fuese cierto?», pensaban, quizás, los apóstoles. «¿Y si de verdad resucitase Jesucristo, como había prometido?». Como en otros tiempos habían estado todos juntos alrededor del Hijo, ahora les gustaría estar cerca de la Madre. Seguramente María envió a unos y otros a buscar a los que quizá no habían aparecido al principio. Es posible que ella esperara encontrar a Tomás para consolar su corazón atemorizado. En el momento de la prueba supieron acudir a María, y «con Ella, ¡qué fácil!». Queremos apoyar nuestra fe en la suya: sobre todo cuando las cosas cuestan, cuando llegan las dificultades y los momentos de oscuridad. San Bernardo lo tenía bien experimentado: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María». Dios quiere que ella sea para nosotros abogada, madre, camino seguro para encontrar otra vez la luz en los momentos de oscuridad. Quien acude a la poderosa intercesión de santa María sabe que jamás se ha oído decir que, quienes en la Virgen confiaron, hayan quedado desamparados, por más que el momento fuese duro y grande la confusión de su alma. Podemos decirle a Jesús: «A pesar de la tristeza que podamos albergar, sentiremos que debemos esperar, porque contigo la cruz florece en resurrección, porque tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes». Junto a María, madre de la esperanza, volverá a crecer nuestra fe en los méritos de su hijo Jesús.

HOLY SATURDAY

Today the Church observes a day of silence. The body of Christ lies in the tomb, and the Church meditates in amazement about what we have done to Our Lord. She keeps silence in order to learn from the Master how to contemplate his shattered body. Each of us can and must join in this silence of the Church. And on considering that we are the ones responsible for his death, we will strive to keep our passions quiet, and also our rebellions—everything that separates us from God. But this is not mere passivity; it’s a grace God grants us when we ask for it in the presence of the dead body of his Son, determined to remove from our lives whatever distances us from Him. Holy Saturday is not a sad day. The Lord has conquered the devil and sin, and in a few hours He will also conquer death by means of his glorious Resurrection. He has reconciled us to the heavenly Father; now we are children of God! We must make resolutions that show our gratitude, certain that we can overcome all obstacles of every kind if we remain closely united to Jesus through prayer and the sacraments. The world is hungry for God, even without being aware of it. People are eager to have someone speak to them about the joyous reality of meeting the Lord, and as Christians that is our job. Let us have the courage of those two men—Nicodemus and Joseph of Arimathea—who let human respects influence them during Christ’s lifetime, but when the definitive moment came they dared to ask Pilate for the dead body of Jesus in order to bury it. Let us also have the courage of those holy women who bought the spices as soon as He died and went to embalm his body without fear of the soldiers who guarded the tomb.

At the hour of general confusion, when everyone considers it his right to insult, laugh, and scoff at Jesus, they say: Give us that body, for it is ours. With what care they take it down from the Cross, gazing in astonishment at those Wounds! Let us ask pardon, saying in the words of St. Josemaría Escrivá: “I will go with them to the foot of the Cross; I will press my arms tightly around the cold, dead body of Christ with the fire of my love. I will unnail it with my reparation and mortifications. I will wrap it in the new winding-sheet of my clean life. And I will bury it in the living rock of my breast, where no one can tear it away from me. There, Lord, take your rest!” (The Way of the Cross, xiv, 1). We can understand why they would place the dead body of the Son in the arms of the Mother before burying it. Mary alone was able to say that she understood perfectly his love for mankind, for she alone had not caused those sorrows. The most pure Virgin speaks for us; she speaks to make us react, so that we might experience her sorrow, which is conjoined to the sorrow of Christ. Let us draw from this resolutions of conversion and of apostolate, that we might identify ourselves more closely with Christ by being completely taken up with souls. Let us ask the Lord to transmit to us the salvific efficacy of his Passion and Death. Let us consider the panorama that opens before us: everyone around us is waiting for Christians to make known to them the wonders of encountering God. It is necessary that this Holy Week—and every day thereafter—be for us a qualitative leap, a decisive affirmation of the Lord that becomes the whole purpose of our lives. We have to communicate to many persons the new Life Jesus obtained by means of the Redemption. Let us go to Mary most holy, the Virgin of Solitude, the Mother of God and our Mother, “that she might help us understand”—as St. Josemaría put it—“that we must make of our lives the life and death of Christ. We must die through mortification and penance so that Christ might live in us by means of Love. Then we can follow in his footsteps with zeal to co-redeem all souls. Only if we give our lives for others can we live the life of Jesus Christ and become one with Him.”

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Opus Dei - Meditaciones: Domingo de Resurrección

AMANECE en Jerusalén. La oscuridad llenaba todo hasta que el sol empezó a iluminar las murallas, el Templo, las torres de la fortaleza… María Magdalena y otras mujeres caminan hacia el noroeste de la ciudad, hacia donde está el Calvario. Las calles están vacías. Ellas tienen la impresión de que la muerte de Jesús ha oscurecido la tierra para siempre: el sol ya no brillará como cuando su maestro estaba con ellas. Sin embargo, no les importa la falta de luz, ni la guardia apostada allí por el sanedrín, ni que Cristo lleve ya tres días muerto. No saben quién les quitará la piedra que cierra el sepulcro, pero no están dispuestas a quedarse en casa. Vuelven a pasar por los lugares por los que caminó Jesús; sus corazones se estremecen de nuevo, pero no ceden ante el miedo. «A mí me conmueve la fe de estas mujeres –decía san Josemaría–, y me trae a la memoria tantas cosas buenas de mi madre, como vosotros recordaréis también muchos detalles estupendos de la vuestra (…). Aquellas mujeres sabían de los soldados, sabían que el sepulcro estaba completamente cerrado: pero gastan su dinero, y al punto de la mañana van a ungir el cuerpo del Señor (…). ¡Hace falta ser valientes! (…). Cuando llegaron al sepulcro, repararon que la piedra estaba apartada. Esto pasa siempre. Cuando nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer, las dificultades se superan fácilmente».

Les pedimos a ellas ese amor a Jesús, más fuerte que el tremendo sufrimiento de la Pasión. En el corazón de aquellas mujeres, la hoguera que encendió el mismo Cristo no se había apagado del todo. Han madrugado y no ha sido en vano. Dios no puede resistirse a un amor así y les entrega la mejor noticia, la página definitiva en la que tienen cumplimiento todas las profecías: «“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz».

CORREN ALEGRES, aunque todavía un poco confusas, hasta el Cenáculo para anunciar a los apóstoles lo que han visto. A ellos les parece una locura lo que escuchan de labios de estas mujeres que llegan jadeantes por la carrera. Sus palabras están mezcladas con lágrimas y manifestaciones de alegría por la tensión del momento. Pedro y Juan quieren conocer todo lo referente a su maestro, aunque quizá no estén convencidos de lo que escuchan, así que salen a la carrera: «Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro» (Jn 12,4). Nosotros queremos correr con ellos y ganar incluso a Juan. ¿Y si fuera verdad lo que dicen las mujeres? ¿Y si Jesús ha cumplido lo que había prometido? Al cruzar las calles, mientras el día se abre paso, va creciendo la esperanza en los corazones de estos dos apóstoles. Podemos fijar nuestra mirada, por un momento, en san Pedro, que «no se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. (…). Este fue el comienzo de la “resurrección” de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla». Aunque, como Pedro, alguna vez hayamos negado a Jesús, también como Pedro queremos volver a estar cerca de Él: «Es el momento de renovarse, hijos míos –decía san Josemaría–; la santidad es esto: cada día renacer, cada día recomenzar. No os preocupen vuestros errores, si tenéis la buena voluntad de empezar de nuevo (…). Esos obstáculos que surgen en tu carrera, ponlos a los pies de Jesucristo, para que Él quede bien alto, para que triunfe: y tú, con Él. No te preocupes nunca, rectifica, vuelve a empezar, prueba una y otra vez, que al final, si tú no puedes, el Señor te ayudará a saltar el parapeto; el parapeto de la santidad. Este es también un modo de renovarse, es un modo de vencerse: cada día una resurrección, que sea la seguridad de que llegamos al fin de nuestro camino, que es el amor»

MARÍA, la madre de Jesús, no ha ido esta mañana al sepulcro. Se ha quedado en casa y quizá sonríe por dentro. Nadie, salvo ella, ha logrado aceptar realmente el plan de Dios Padre; los demás «no entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos» (Jn 12,10). María estaba acostumbrada a guardar las palabras de Jesús en su corazón: desde aquel viernes de dolor, ella había tratado de concentrarse en las maravillas que Jesús había dicho y hecho. Vendrían posiblemente a su corazón aquellas palabras misteriosas hablando de la resurrección al tercer día. A ella, ya nada de su Hijo le sorprendía. Para nosotros, a más de dos mil años de los sucesos que estamos contemplando, el Viernes Santo y la Resurrección de Jesús siguen dando fuerza y sentido a nuestra vida. Por eso, «las cosas todas de la tierra tienen la importancia que les queramos dar. Todo lo que pase aquí abajo, si estamos endiosados, no nos turbará. Cuando, a causa de nuestra flaqueza y de nuestros errores, damos categoría a esas pequeñeces y sufrimos, es porque queremos. Pegados al Señor, estamos seguros. Unidos a la Cruz de Cristo, a la gloria de la Resurrección y al fuego de Pentecostés, todo se supera». A san Josemaría le gustaba saberse muy cerca de la Virgen, especialmente durante la alegría pascual, «siempre seguros en la victoria de la Resurrección». Al rezar el Regina Coeli podremos arrancar muchas sonrisas de nuestra Madre, santamente orgullosa de sus hijos recién nacidos, renovados por la Pascua. «Gózate, Virgen María», le diremos, con la ilusión de unirnos a ese gozo, sabiendo que Jesús se ha quedado con nosotros para siempre.

EAESTER SUNDAY: “The Lord’s triumph”

Lumen Christi! The light of Christ! These are the words that the Church makes resound in our ears at the start of the Easter Vigil, which begins in the darkness of the night. Lumen Christi! This is repeated three times, while the candles of those participating in the liturgical celebration are being lit. The light of Christ opens up a path through the darkness of sin and death. Jesus has risen! This is the joyful message that we will soon receive once again. Over the past days we have been meditating on Jesus’ total self-giving for us, from the institution of the Eucharist at the Last Supper to his death on the Cross. Now we see that the darkness of Calvary is not the final word. The holy women, who had the strength to accompany our Lord in his Passion, lead the way towards the light of the Resurrection. Jesus rewards the love that moved them to want to embalm his Body, and makes them the first bearers of the joy of Easter.

The news of the Resurrection offers us, like the holy women, new light for our lives during this time, which is so painful for all humanity. Saint Paul reminds the Romans that we Christians are united to our Lord’s death “so that, just as Christ was raised from among the dead by the glory of the Father, so we too might walk in newness of life” (Rom 6:4). Easter announces to us that we are not tied down by our past sins, by the weight of our previous mistakes. Nor are we tied down by the limitations we can see in our lives, or by situations, however difficult, like those of the present time. And so the Apostle repeats again: “Consider yourselves dead to sin and alive to God in Christ Jesus” (Rom 6:11). As we commemorate the Resurrection of Jesus, we want to respond to this invitation of our Lord to “walk in newness of life.”

But what newness are we talking about? The rhythm of our lives is marked by the same things repeated over and over again: the same work, the same places, the same people. Perhaps we have noticed this even more clearly at this time, if we have been obliged to remain at home because of the pandemic. What is the sense of newness that Easter brings? It is the light of faith that illumines our lives, and that is enlivened by charity and sustained by hope. As Saint Josemaria said: “This certainty which the faith gives enables us to look at everything in a new light. And everything, while remaining exactly the same becomes different, because it is an expression of God’s love.” Yes, by faith we know that Jesus is walking at our side in our daily life, revealing to us its true meaning and value. Faith leads us to find Jesus waiting for us, perhaps in a request by someone in our family, or in a favor we can do for a neighbor, or in a call to someone who is feeling lonely…

Through faith we know that work done for love is always valuable, because it becomes an offering to our Father, God. Perhaps right now we realize that so many things are beyond our control, and that we cannot rely on our own strength alone to achieve our goals. Perhaps a temptation to discouragement is beginning to creep in. Remembering that the Risen Jesus is at our side will help us as we are struggling to work in trying circumstances, thinking of our family and the whole world. If we are working with Christ, all our efforts are meaningful, even when we do not achieve the results we were hoping for, because the echo of the deeds we do for love always reaches Heaven. After announcing the news of Jesus’ Resurrection to the holy women, the angel adds: “But go, tell his disciples and Peter that he is going ahead of you to Galilee; there you will see him, just as he told you” (Mk 16:7). The disciples are to return to Galilee, to the place where everything began, to the land through which they had daily travelled with the Master during the years of his preaching.

The same call is addressed to us: to go back to our Galilee, to our daily life, but bringing to it the light and the joy of Easter. Pope Francis reminded us of this a few years ago: “To return to Galilee means above all to return to that blazing light with which God’s grace touched me at the start of the journey. From that flame I can light a fire for today and every day, and bring heat and light to my brothers and sisters.” How much it helps us, in difficult moments, to remember the times when our Lord made his presence felt in our lives, and to renew our trust in Him. Let us accept our Lord’s invitation. Let us often consider the meaning of the joy of Easter – a joy that is compatible with suffering. And let us receive the light He wants to give us and share it with those around us. Like the holy women, let us announce joyfully the truth that Christ is alive. And may that conviction be reflected in our lives: in the serenity, the hope and the charity with which we want to imbue each of our days. To do so, let us turn to our Lady’s intercession. On the day of the Resurrection we see her radiant with joy at her Son’s return. That moment will also arrive for each of us, and by God’s power, if we are faithful, we will live forever in Christ Jesus.

Un comentario sobre “MEDITACIONES PARA SEMANA SANTA- Reflections for Holy Week

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