Peyo un caballo muy peculiar: médico y enfermero

Peyo es un caballo francés con el extraordinario poder de detectar enfermedades como el cáncer o el Alzheimer. En el hospital, visita y cuida a los pacientes

Peyo, es un caballo de 14 años que su propietario, Hassen Bouchakour, empleaba en espectáculos de doma. Era distante y reacio al contacto de seres humanos. Sin embargo, Bouchakour descubrió algo sorprendente: Peyo tiene la capacidad para acercarse y detectar a personas enfermas de cáncer, Alzheimer y otras patologías. Este año, además, Peyo es noticia por ser protagonista de una foto excepcional.

La asombrosa habilidad de Peyo no solo sirve para diagnosticar enfermedades que aún no han dado la cara. También se ha comprobado que puede ayudar a mejorar la calidad de vida de los enfermos de un hospital. Incluso, en algunos casos, se ha podido reducir la medicación a los enfermos.

Entra en la habitación del enfermo

Peyo está en Francia. Ya se le conoce como «el doctor Peyo». Concretamente «trabaja» en el hospital de Calais y otros cuatro centros hospitalarios en Dijon, El Havre, Niza, Antibes. El personal conoce al caballo, que entra en el edificio, sube al ascensor y decide en qué habitación entra.

Así como en la doma era reticente al contacto con humanos, ahora todo es diferente. Se muestra cercano y cariñoso con los enfermos, y les lame las zonas donde el paciente tiene la lesión. «Es un caballo que tiene un comportamiento diferente ante personas frágiles«, explica Bouchakour.

Los pacientes mejoran con él

La equinoterapia se viene utilizando desde hace muchos años como terapia. Pero el don de Peyo (pronunciado «peyó») para detectar enfermedades y su capacidad para ser parte del tratamiento en enfermos hospitalizados hacen que esté siendo estudiado científicamente por expertos en cuidados paliativos, geriatría y pediatría. En Calais participa en sesiones de terapia asistida de la Unidad de Cuidados Paliativos Séléne.

La visita de Peyo es un punto positivo en el día a día de los enfermos de estos hospitales franceses, mientras que abre horizontes esperanzadores para la medicina.

Hassen Bouchakour está extremadamente satisfecho con el cambio de tareas que le propició su caballo. Él tiene 31 años y lleva 7 años adiestrando a este semental. Peyo está adiestrado de forma que nunca hace sus necesidades en el hospital y se provee de tratamiento antiparasitario cada vez que acude a una visita.

Para los enfermos, Peyo procura compañía, rebaja la sensación de soledad y alivia el dolor psíquico y físico.

Peyo en el World Press Photo

Una imagen de Peyo tomada por el fotógrafo Jeremy Lempin y titulada “Doctor Peyo and Mister Hassen” fue nominada este año para el World Press Photoen la categoría de Asuntos Contemporáneos. Es la que encabeza este artículo.

Hace tiempo que Peyo trabaja:

HORSE HOSPITAL
Desde hace varios meses, la residencia médica para ancianos Les Vergers de la Chartreuse (en Dijon) vive un proyecto bastante especial. Peyo, un semental de 500 kilos, visita regularmente a los pacientes en el establecimiento. Una singular experiencia terapéutica.

En el año 2014, acompañado por su adiestrador Hassen Bouchakour, Peyo estaba acostumbrado a cruzar el umbral de la residencia médica para ancianos dependientes Les Vergers de la Chartreuse. Pasea por los pasillos y visita a los residentes, a veces incluso en las mismas habitaciones si se trata de visitar a una persona postrada en cama. Según su maestro, Peyo está “dotado de una sensibilidad increíble”. En un reportaje emitido en France 3 Bourgogne, un miembro del personal del establecimiento explica que el equino aporta un gran bienestar a las personas mayores. Lejos de asustarse por su cuerpo robusto, los ancianos parecen encantados y recuperan la sonrisa. Peyo quizás hace resurgir recuerdos muy íntimos de los que el propio personal no tenía conocimiento. Pierre, un residente, parece muy contento por la aparición del caballo, al que llama cariñosamente “el semental sublime”. “Pienso en él todo el tiempo”, confiesa al adiestrador, mientras le dedica caricias al caballo.

Hassen Bouchakour, jinete y adiestrador profesional, apasionado de los animales y los espectáculos, conoció a Peyo mientras buscaba un caballo para recorrer el mundo con él para su trabajo. Su relación comenzó de forma caótica y fue solo después de un año y medio que empezó a haber química entre ellos. Cuando el entrenador se dio cuenta de la inusual aptitud del caballo para acercarse a los más frágiles, quiso ir más lejos. Hoy en día, la pareja continúa con espectáculos y competiciones recorriendo Francia y el mundo. Y gracias a la asociación ‘Les sabots du cœur’, los dos compañeros también estan en contacto con ancianos y enfermos a través de visitas a varios establecimientos en Francia.

Dominique Dawes buscaba la felicidad en el deporte y la encontró en Cristo

Dominique Dawes, fue la primera mujer afroamericana en ganar una medalla en su disciplina, y con 24 años ya tenía tres medallas olímpicas.

Dominique Dawes nació en 1976 en Maryland.Desde su niñez entregó su vida a la gimnasia artística, sufriendo la soledad en medio de la “cultura tóxica” del deporte. La madre de Dominique era maestra en una escuela dominical bautista. La gimnasta detalla la importancia “de esa semilla que plantó mi madre en mí. El Espíritu Santo me ha protegido a lo largo de mi vida y me ha mantenido lejos de personas y situaciones que no eran las más recomendables”.

Cuando tenía 9 años, Dominique se fue a vivir con su entrenador para dedicarse a la gimnasia, donde permaneció aferrada a la fe. Mientras compaginaba su entrenamiento con sus estudios, se despertaba a las 5 de la mañana para entrenar dos horas antes de la escuela, y después seguía durante cinco horas más.  

A jornada completa, desde niña Dominique comenzó a cosechar sus primeros éxitos nacionales en un mundo que para ella era exigente, solitario, y sobre todo, tóxico.

En ese nivel “sacrificas toda tu infancia, especialmente si entrenas para los Juegos Olímpicos”, explica. “En mi caso, entrenaba más de treinta horas a la semana. Eso es un trabajo a tiempo completo, con la rutina física, emocional, social y psicológica de cada día que esto conlleva”.

“Mi madre hizo lo mejor que pudo conmigo y mi entrenador fue etiquetado muchas veces como una figura materna para mí, pero ninguno de ellos era verdaderamente feliz”, añade.

Dawes recuerda que pese a que entrenaba con sus compañeros de equipo, ninguno de ellos entrenaba a su nivel y se encontraba sola. “Sentía que necesitaba encontrar una madre que fuese feliz, con esos brazos amorosos en los que puedes encontrar ese consuelo y amor que nunca sentí cuando era niña. Hablaba mucho con Cristo, y le pedía y suplicaba ayuda”, explica.

“Me despertaba en medio de la noche y me arrodillaba, porque aunque amaba el deporte, tenía pasión por Cristo, me identificaba con Él y percibía que el deporte estaba infestado de una cultura tóxica. Era normal que te criticaran, ridiculizaran y te dijeran que no eras lo suficientemente bueno”. Conforme creció, Dawes comenzó a asistir a una Iglesia Interdenominacional Cristiana, donde participó en estudios bíblicos y conferencias religiosas, “en busca de la paz, alegría y felicidad”.

Con 20 años compitió con el equipo estadounidense de Las siete magníficas en los Juegos Olímpicos de Atlanta. “50.000 personas mirando en la `Cúpula de Georgia´, 3.400 millones de personas observando… me rompí emocionalmente. Era demasiado para mí”.  

Entonces la capitana de su equipo, Amanda Borden, se arrodilló a su lado y rezaron juntas. Dominique supo que no estaba sola «porque Él es quien me fortalece. Cuando me levanté, me sentí libre, ligera y salimos juntas. Hicimos historia”. Aquel día, `Las siete Magníficas´ ganaron el oro en Atlanta, quedando Rusia y Rumanía en segundo y tercer puesto.

La trayectoria de Dominique fue imparable. Obtuvo una medalla de bronce individual en suelo, y un nuevo bronce con su equipo en Sídney el año 2000. En los campeonatos mundiales fue tres veces plata y una vez bronce, y en los campeonatos estadounidenses sumó 15 medallas de oro individuales, 2 de plata y 2 de bronce entre 1991 (con quince años) y 1996. Sin embargo, cuenta que nunca sintió «que eso me completara”. Desde sus primeros años de éxito siempre estuvo “en búsqueda de la plenitud” hasta que, tras su retirada en el año 2000, comenzó a sentirse atraída por visitar una iglesia católica de Rockville, en Washington.

 “Fui y me senté en esa iglesia sabiendo muy poco sobre la fe católica, pero me sentía llamada a estar allí. Me encantó la sensación de paz y silencio”. Dominique se inscribió en el programa de Iniciación Cristiana para Adultos (RICA) y se enamoró profundamente de la fe católica, especialmente de la Virgen María.

En 2013 Dominique se convirtió a la fe católica y se casó con Jeff Thompson, un profesor católico a quien había conocido un año antes. Tuvieron cuatro hijos: Dakota, Quinn, Kateri y Lincoln Thompson. Tras su conversión, Dominique descubrió que sus entre sus familiares lejanos, no solo tenía una antepasada católica, sino que de hecho, esta era la primera santa nativa americana, Kateri Tekakwitha. Nació en el actual Nueva York en 1656, y fue canonizada con el nombre católico de Catalina Tekakwitha el 21 de octubre de 2012 por Benedicto XVI.

Dominique Dawes, dando clases en su propia academia de gimnasia. 

Enseña gimnasia de forma positiva.

Actualmente, la campeona del mundo dirige su propia academia de gimnasia en Washington (https://www.dominiquedawesgymnasticsacademy.com/), donde quiere transmitir una cultura del deporte “marcadamente distinta” a la que ella recibió. Allí, Dominique pretende “que todas las niñas que crucen estas puertas se den cuenta de que tienen todo lo que necesitan en su interior para tener éxito y que son más que aptos de lo que les enseña el actual deporte”.  “La gimnasia no es un deporte tóxico o corrupto. Es la cultura, y la cultura determina a la gente”, explicó tras recordar la presión y las críticas recibidas en sus

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” menciona Dawes citando su versículo favorito. “Tengo que recordármelo frecuentemente, necesito recordarme que no estoy sola, que no hice gimnasia sola, ni me forme sola en el vientre de mi madre. Siempre que tengo miedo o ansiedad, me recuerdo que Él está a mi lado”.

De ‘niño soldado’ a sacerdote: «Había perdido la esperanza»

Charles Mbikoyo Andrew es un sacerdote de 46 años de la diócesis de Tombura-Yambio, Sudán del Sur.

En Roma donde estudia

En 1989, durante la guerra, el grupo rebelde Liberación Popular de Sudán (SPLA) secuestró a 40 seminaristas y al difunto rector, el padre Matthew Samusa. Charles Mbikoyo Andrew estaba en ese grupo de niños y adolescentes llevados lejos para convertirlos en niños rebeldes o ‘Nyony’, contó a Aleteia.

«Estaba en mi segundo año de seminario menor en Rimenze, diócesis de Tombura-Yambio, Sudán del Sur, cuando fuimos secuestrados. Tenía 13 años y mis padres me hicieron un funeral porque pensaban que ya estaba muerto. Fuimos los primeros chicos secuestrados en Yambio (capital del estado de Ecuatoria Occidental, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo)».

“¡Donde lleven a estos niños, me llevarán a mí!”, argumentó padre Matthew Samusa a los hombres armados y no quiso separarse de los 40 muchachos.

“Nos internaron en el bosque para hacernos soldados. Caminábamos por la foresta todo el día, desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, durante 3 meses, haciendo ejercicio militar, adiestramiento, hasta el agotamiento”.

Moriré en la guerra

El fenómeno de los niños-soldado siempre ha existido, pero desde el año 2000 se considera un crimen de guerra.

Charles pensó que era el final: “Moriré en la guerra”. La esperanza era una palabra distante como las caricias de su madre y los momentos familiares. “No imaginaba que amigos, parientes y personas de la comunidad rezaban, hacían la adoración al Santísimo y misas por nuestras almas”.

“A veces no teníamos comida, sino sólo miel y frutas en el bosque. Caminábamos desde Rimenze, Yambio, por la selva hasta Yei (Se encuentra cerca de las fronteras de Uganda y la República Democrática del Congo). Antes de ir a luchar, 5 de nosotros escapamos esa mañana y llegamos a la ciudad de Yei por la noche”.

“Nuestro rector, el padre Matthew Samusa, siempre nos dirigía palabras de esperanza y a veces rezábamos juntos. Gracias a Dios no fuimos torturados físicamente y ninguno de nosotros murió”.

Una fuerza me protege

Padre Matthew Samusa les decía en el secreto y a espaldas de los carceleros: “El Señor los ha escogido para ser sacerdotes y les liberará”.

Charles hacía un esfuerzo enorme, las plegarias parecían en vano, pero estrechaba las manos de sus compañeros al decirlas. Padre Samusa les recordaba esos días felices en el seminario. Era una luz tenue, muda, lejana quizá, pero que gritaba dentro: “Sé que hay una fuerza por encima de mí, sé que me protege”, recuerda.

“Al final todos consiguieron escapar y volver a casa: 3 de nosotros nos convertimos en sacerdotes, entre los 40 seminaristas que fueron secuestrados. En África y otras partes del mundo siempre hay reclutamiento de niños y adolescentes cuando explota la guerra por parte de los militares y de los rebeldes para obligarlos a pelear por ellos”. (I)

Con información de aleteia.org

La alegría de las familias numerosas

NO EXCLUYE QUE LAS DEMÁS FAMILIAS NO TENGAN ALEGRíA. ES UN BENEFICIO CUANDO SON NUMEROSAS.

Ejemplo es Rosa Pich-Aguilera viuda con 15 hijos. Rosa tuvo en realidad 18 hijos, pero 3 de ellos fallecieron por una malformación congénita en el corazón. Su marido murió hace pocos años de un cáncer fulminante y ha dejado 15 hijos. Todos los encargos de la casa se los reparten, los mayores ayudan a los más pequeños. Todo se comparte.

Domingo de la Divina Misericordia

El Papa celebra la Misa en el Santuario de la Divina Misericordia en Roma.

Homilía:

Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.

1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv.22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.

2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.

Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.

El Papa explica el sentido del Triduo Pascual

Queridos hermanos y hermanas:

Ya inmersos en el clima espiritual de la Semana Santa, estamos en la vigilia del Triduo pascual. Desde mañana y hasta el domingo viviremos los días centrales del Año litúrgico, celebrando el misterio de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Y este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fuéramos al Calvario —es lo mismo— para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual.

Jueves Santo

La tarde del Jueves Santo, entrando en el Triduo pascual, reviviremos la Misa que se llama in Coena Domini, es decir la Misa donde se conmemora la Última cena, lo que sucedió allí, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne.

Cada vez que se celebra la Eucaristía, como dije al principio, se renueva este misterio de la redención. En este Sacramento, Jesús sustituyó la víctima del sacrificio —el cordero pascual— consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvación de la esclavitud del pecado y de la muerte.

La salvación de toda esclavitud está ahí. Es la tarde en la que Él nos pide que nos amemos haciéndonos siervos los unos de los otros, como hizo Él lavando los pies a los discípulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblación en la cruz. Y de hecho el Maestro y Señor morirá el día después para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus discípulos. Ha sido una oblación de servicio a todos nosotros, porque con ese servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos.

Viernes Santo

El Viernes Santo es día de penitencia, de ayuno y de oración. A través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo.

En la intensidad del rito de la Acción litúrgica se nos presentará el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación. Llevaremos en la mente y en el corazón los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los “corderos inmolados” víctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos…

Delante de la imagen de Dios crucificado llevaremos, en la oración, los muchos, demasiados crucificados de hoy, que solo desde Él pueden recibir el consuelo y el sentido de su sufrimiento. Y hoy hay muchos: no olvidar a los crucificados de hoy, que son la imagen del Jesús Crucificado, y en ellos está Jesús.

Desde que Jesús tomó sobre sí las llagas de la humanidad y la misma muerte, el amor de Dios ha regado nuestros desiertos, ha iluminado nuestras tinieblas. Porque el mundo está en las tinieblas. Hagamos una lista de todas las guerras que se están combatiendo en este momento; de todos los niños que mueren de hambre; de los niños que no tienen educación; de pueblos enteros destruidos por las guerras, el terrorismo. De tanta, tanta gente que para sentirse un poco mejor necesita de la droga, de la industria de la droga que mata… ¡Es una calamidad, es un desierto!

Hay pequeñas “islas” del pueblo de Dios, tanto cristiano como de cualquier otra fe, que conservan en el corazón las ganas de ser mejores. Pero digámonos la realidad: en este Calvario de muerte, es Jesús quien sufre en sus discípulos.

Durante su ministerio, el Hijo de Dios había derramado generosamente la vida, sanando, perdonando, resucitando… Ahora, en la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo, para redimir y transformar. Y también para liberarnos a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados por Dios.

Y esto, solo el amor de Dios puede hacerlo. Por sus llagas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24), dice el apóstol Pedro, de su muerte hemos sido regenerados, todos nosotros. Y gracias a Él, abandonado en la cruz, nunca nadie está solo en la oscuridad de la muerte. Nunca, Él está siempre al lado: solo hay que abrir el corazón y dejarse mirar por Él.

Sábado Santo

El Sábado Santo es el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús.

Mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios.

Este sábado es también el día de María: también ella lo vive en el llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jesús había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos.

Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros.

Vigilia Pascual

En las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Será el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo. ¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado!

Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto.

El Resucitado es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados. Los discípulos dudaban, no creían. La primera en creer y ver fue María Magdalena, fue la apóstola de la resurrección que fue a contar que había visto a Jesús, que la había llamado por su nombre. Y después, todos los discípulos le han visto.

Pero, yo quisiera detenerme sobre esto: los guardias, los soldados, que estaban en el sepulcro para no dejar que vinieran los discípulos y llevarse el cuerpo, le han visto: le han visto vivo y resucitado. Los enemigos le han visto, y después han fingido que no le habían visto. ¿Por qué? Porque fueron pagados. Aquí está el verdadero misterio de lo que Jesús dijo una vez: “Hay dos señores en el mundo, dos, no más: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”. Y aquí está el dinero que hizo cambiar la realidad. Habían visto la maravilla de la resurrección, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la práctica la resurrección de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos.

Queridos hermanos y hermanas, también este año viviremos las celebraciones pascuales en el contexto de la pandemia. En muchas situaciones de sufrimiento, especialmente cuando quienes las sufren son personas, familias y poblaciones ya probadas por la pobreza, calamidades o conflictos, la Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todavía en el mar tempestuoso.

La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y nos dice que ni siquiera una lágrima, ni siquiera un lamento se pierden en el diseño de salvación de Dios. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de servirle y de reconocerle y de no dejarnos pagar para olvidarle.

El padre Ignacio María Doñoro y su Hogar Nazaret (en Amazonia-Perú)

El padre Ignacio María Doñoro es un loco de la providencia. Este sacerdote vasco que era capellán militar y más tarde de la Guardia Civil en el País Vasco (España) en los años más duros de ETA (terrorismo) acabó dejando todo tras descubrir la llamada dentro de la llamada que recibía incesantemente de Dios. Tenía que rescatar a los «niños crucificados». Y así lo hizo.

El Páter Doñoro y la Providencia con sus «niños crucificados»: «Llegan ayudas difíciles de explicar»

Acompañado por una fuerza asombrosa y una tenacidad que afirma que le provienen de la Eucaristía y de la Virgen María, el padre Doñoro fundó en el Amazonas peruano su Hogar Nazaret, una casa que actualmente tiene más de 300 niños y que sigue creciendo.

Muchas son las dificultades y retos. También los peligros. Pero la providencia lo acompaña. Algunas impresionantes historias de cómo Dios actúa literalmente para dar de comer a estos niños que arrastran terribles historias las cuenta en su libro El fuego de María, editado por Nueva Eva. En este libro este sacerdote relata su vida porque para comprender por qué acabó creando este Hogar Nazaret es importante conocer de dónde venía. Sus difíciles años como seminarista en Bilbao, sus historias como capellán en misiones internacionales y finalmente los momentos clave con experiencias casi místicas que le han ido ocurriendo durante estos años le convencieron de que no debía seguir su voluntad sino la de Dios. Y todo pasaba por servir a estos niños.

Anotamos la entrevista que le hicieron al padre Doñoro para intentar comprender a un sacerdote que rompe moldes y que está profundamente enamorado de Dios, y que ve al mismo Cristo en cada uno de los niños que recoge de la calle:

– ¿Cómo fueron sus años como capellán en el País Vasco y anteriormente en el Ejército? ¿Era feliz en medio de una situación tan complicada y peligrosa?

– Era feliz y, a la vez, sufría mucho. La alegría no es incompatible con el dolor. Fueron unos años de mi vida en que me sentí muy querido. Al mismo tiempo, teníamos que enfrentarnos a situaciones durísimas. En el libro cuento algunas de ellas, pero hubo muchas más que darían para otro libro. Lo positivo era que hacíamos una piña contra la adversidad, la violencia y la crueldad, y tratábamos de salir adelante haciendo lo que era nuestro deber. Eso une mucho.

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Puede comprar el libro del padre Doñoro pinchando AQUÍ

– Habla usted de “niños crucificados”, un término duro, para definir a sus niños del Hogar… ¿por qué su misión se ha enfocado en los menores?

– Todo empezó en El Salvador, donde acudí como comisionado para supervisar el destino de unos fondos de ayuda económica de una ONG. Allí salvé a un niño a quien sus padres habían decidido vender por 26 dólares para tráfico de órganos, porque estaba muy enfermo y ya no sabían qué hacer con él, y tenían otras cuatro hijas que alimentar. Cuando me di cuenta de la indefensión de los más pequeños en los países de extrema pobreza, comprendí que aquella era mi vocación, mi llamada dentro de la llamada, como lo llamaría la Madre Teresa: salvar la vida y devolver la dignidad a los últimos de la tierra, a los que nadie quiere.

-¿Cuál es la realidad que encuentra cuando llegan a sus puertas?

– Cuando esos descartados, como dice el Papa Francisco, llaman a mi puerta, vienen rotos por fuera y por dentro, llenos de heridas purulentas, de parásitos, de enfermedades, de miedos… A pesar de que lo que llama la atención es lo destrozados y enfermos que están, eso no es nada comparado con el dolor con el que cargan, y por eso los llamo “mis niños crucificados”. La salud la pueden recobrar en seis meses, un año o dos, pero sanar las heridas del alma lleva bastante más tiempo.

 – El ahora cardenal Sarah tuvo un papel fundamental en su vida y en el Hogar Nazaret. Hizo una especie de profecía hacia usted, ¿no es así?

– Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barajas de vuelta de un viaje a Mozambique cuando un amigo que vive en Roma me avisó de que me habían conseguido una entrevista con Moneñor Robert Sarah, que entonces era el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. La cuestión era que habían fijado la entrevista al día siguiente a las doce de la mañana. Todavía no sé cómo me las arreglé, pero el caso es que un cuarto de hora antes de las doce estaba delante de la puerta del entonces obispo Robert Sarah…

Cuando me recibió, me habló en un italiano muy cerrado. Yo no domino el italiano y tuve que recurrir al intérprete para entender lo que me decía. Me pidió que sacara adelante la obra del Hogar Nazaret, que el Papa (Benedicto XVI) lo quería. Y antes de que me marchara, me miró a los ojos y me dijo: “No olvide que sus ángeles” —se refería a los de los niños que íbamos a rescatar— “en el cielo están contemplando el rostro de nuestro Dios. Que no se pierda ni uno solo”. Y lo repitió. Aquella frase se me quedó grabada en el alma.

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– Conociéndole hay dos palabras que bajo mi punto de vista definen todo el libro y por tanto su vida: loco, “un loco de Dios” y Providencia…

-Sé que muchas personas consideran que estoy loco y no me molesta en absoluto, pero si estoy loco no es porque haya perdido la cabeza, sino porque estoy loco de amor por Jesús. ¡Y Él está todavía más loco de amor que yo! Me ama tanto que se fía de mí. Dios, fiándose de un ser humano para llevar a cabo su obra en la tierra… ¡Eso sí es estar loco!

En cuanto a la Providencia, es algo muy natural y real en la historia del Hogar Nazaret. Nunca me ha gustado considerar la asistencia de Dios como algo extraño o sobrenatural. Yo creo que Dios cuida de sus hijos y está pendiente de las necesidades de mis niños de un modo que muchas veces conmueve, pero eso no es algo exclusivo del Hogar Nazaret. Lo que pasa es que hay que saber mirar esas ayudas y el cuidado amoroso de Dios con ojos de fe. Si en el Hogar Nazaret se nota de un modo más palpable es porque en la selva del Amazonas carecemos de muchas cosas y de repente nos llegan ayudas que a veces son difíciles de explicar. 

– En el libro habla de numerosas situaciones límite: amenazas, una paliza que le dejó moribundo, el vivir al día para dar de comer a tantos niños… ¿Cómo ha podido aguantar tanto? ¿Cuál es su secreto?

-Mi secreto es, sin duda, la Eucaristía. La Santa Misa es mi vida. Desde que me despierto por la mañana, empiezo a pensar cómo será la Misa de ese día. Así va creciendo mi deseo-necesidad de Jesús, acompañado por la certeza de que el Corazón de Dios lo desea aún más. Como un padre que espera el nacimiento de su hijo y se muere de ganas de tenerlo entre sus brazos, así me explota a mí el pecho de amor al pensar que de nuevo podré traer a Dios a la tierra y tenerlo entre mis manos, mirándole como si Él fuera solo para mí y yo para Él.

Cada día le pido al Señor que pueda cargar con el dolor de los niños crucificados y aguantar lo que venga, pero que nunca me falte traerlo a la tierra y gozar físicamente de su amor. Si me faltara la Misa, moriría de pena. No hay nada comparable a estar físicamente con Jesús.

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– Usted en muchos aspectos rompe moldes, pero hay uno que destroza completamente. Es amante de la liturgia y la tradición, y vive dando la vida por los últimos. En usted se da la evangelización y lo social no como algo separado sino como completamente inseparable…

Es que hay una relación muy estrecha entre servir a los más pobres y la presencia del Señor en la Eucaristía. Es todo uno. Igual que puedo abrazar a un niño, en la Eucaristía puedo abrazar con mis manos a Jesús. Cuando saco el copón del sagrario, aprovecho y le doy un beso, y cuando lo guardo le doy otro. El beso que le doy a un niño es el mismo beso que le doy a Jesús, porque Jesús está en ellos. Es lo mismo.

Los más pobres son los preferidos de Jesús, y si son niños, todavía más; y si encima son niños crucificados, ahí estás viendo directamente el rostro de Dios… Para mí, servirles, lavarles los pies y atenderles es una necesidad de amor. Servir es convertirse en pesebre. Yo me imagino el pesebre de Belén no con ángeles cantando, sino como un lugar maloliente donde comían los animales. Mis niños llegan externamente e internamente destrozados. Eso es el pesebre, eso es lavar los pies. Y después, cobra todo su sentido celebrar la Misa para traer al mismo Dios a la tierra y hacerse uno con Él, para formar parte de Dios y que Dios forme parte de nosotros. Es un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Se trata de lavar los pies desde abajo para levantar a cada niño y que luego en la Eucaristía sea Dios quien desde arriba se anonade hasta abajo para que le comamos.

– Su vida no puede entenderse sin la Virgen María, que además da título a su libro. ¿Qué ha supuesto Ella para usted?

-La Virgen María me ha acompañado desde pequeño todos los días de mi vida y me lleva de la mano sin soltarme ni un minuto. El rezo del rosario y la devoción a nuestra Madre han sido dos constantes en mi vida. Mis primeros recuerdos de la infancia están asociados a santuarios de la Virgen, especialmente Lourdes y Fátima, y al rosario, que rezaba con naturalidad desde que tenía cinco años. Mis padres me pusieron de nombre Ignacio María; Ignacio significa «nacido del fuego» y la Virgen María es la que ha sabido mantener siempre ese fuego encendido. Ella es la que me sostiene cada día y mi afán como sacerdote es difundir su devoción.

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– Un aspecto llamativo del Hogar Nazaret son las construcciones  que forman este Hogar. No se parecen al resto de las que hay en el Amazonas sino que se inspiran en santuarios españoles tanto en estética como en calidad…

-Hay personas que, al ver los edificios del Hogar Nazaret piensan que son exagerados, como si fueran demasiado para los pobres y no los merecieran. Tampoco entienden que se pueda construir un edificio para que dure cientos de años. En la selva el concepto de vivienda se aplica a construcciones de adobe de baja calidad que ante cualquier movimiento sísmico o inundación se hunden. Como mucho, aguantan treinta o cuarenta años, no más.

En la selva no hay obras de arte como tales; es más, el propio concepto de arte escapa a la comprensión de muchas de estas personas. Pero si en todas las casas en las que he estado me he esforzado siempre porque hubiera un sagrario lo más bello posible para el Señor, ¿cómo no voy a preparar para estos niños un sagrario? En ellos está Jesús, ellos son Jesús. Es Jesús quien viene a mi puerta y no le puedo poner debajo de la escalera. ¡A Jesús quiero darle la mejor habitación de la casa! Ese es el doble sentido de los edificios del Hogar Nazaret: que sean seguros y aguanten muchos años en pie, y que alberguen a los niños, sagrarios vivos en los que mora Jesús.

En el Hogar de Nuestra Señora del Rocío hay una cruz cuya elaboración ha durado dos años. Es una versión de la cruz de Almonte. Tiene dos coronas de espinas en el centro, con un total de cuatrocientas espinas. Dentro de las espinas está el Corazón de Jesús. Y es curioso que la cruz del Rocío de la Amazonía tenga ese corazón, porque la de Almonte no lo tiene. El sentido de que en esta cruz hayamos puesto el corazón de Cristo es porque Él es el que está salvando a los niños del Hogar Nazaret. Es un Corazón rodeado de espinas, que son todos los impedimentos que ponemos los hombres a Dios, todos nuestros pecados. Es el propio Cristo quien asume esas espinas. En la parte de arriba, en vez de poner INRI, hemos puesto HN (Hogar Nazaret), porque Hogar Nazaret es el grito de Cristo en la cruz, que reclama un hombre nuevo. Jesús grita porque Él no quiere el horror de los niños crucificados.

– Dos preguntas más para acabar, ¿cuál ha sido su mejor experiencia en el Hogar Nazaret estos años? ¿Y la peor?

– Mi mejor experiencia es ver feliz a Jesús en cada uno de mis niños. Eso me hace feliz, porque la felicidad consiste en el gozo de Dios. No sabría aislar una experiencia concreta por encima de otras, como tampoco sabría seleccionar la peor, porque la peor sucede cada vez que llega un niño al que nadie quiere. ¿Cómo se puede no querer a un niño? ¿Cómo es posible no querer a Jesús, al que es Amor? Eso me destroza.

El grafitero que se convirtió en un famoso pediatra

Dr. Juan Tapia-Mendoza: De pequeño tuvo una vida muy difícil. Su padre les dejó, su madre trabajaba de la noche a la mañana, y él deambulaba por las calles saltándose las clases. Entró en una banda, pero no quiso llegar a las drogas. Su ilusión, ser médico, le llevó a dar lo que no había tenido a los niños necesitados de la zona más pobre de New York y a fomentar la profesión de médico entre ellos.

Juan Tapia-Mendoza nació en la República Dominicana. Su papá abandonó a su mamá cuando él tenía 2 años «y no lo volví a ver hasta que cumplí los 14». Emigraron a Estados Unidos y se instalaron en la ciudad de Nueva York. No podía imaginar entonces que iba a ser un famoso grafitero y posteriormente médico.

«Mi madre tenía que trabajar todo el día»

El niño creció entre otros migrantes: «Desde sexto curso comencé a faltar a la escuela. Nos quedábamos en casa de algún amigo y nuestras madres trabajaban todo el día. Mi madre se levantaba a las 5 o las 6 de la mañana y se iba a trabajar. Yo regresaba a casa cuando ella volvía del trabajo a las 11 de la noche».

Con la pandilla comenzó a ser grafitero

Juan recuerda que «en aquella época Nueva York era una ciudad muy violenta». Se introdujo, con los muchachos del barrio, en una pandilla del Alto Manhattan. Su «ganga», como él la llama, era la de los «Sauvage Nomads». Y él a su vez descubrió que le gustaba el grafiti: iba a ser «C.A.T. 87«.

Sin pretenderlo, Juan se convirtió en un chico respetado en los otros barrios por los grafitis que había ido dejando en Nueva York: en las paredes, en los vagones del metro neoyorquinoPEDIATRICS2000

Un prestigioso pediatra de la comunidad hispana

Al no ir a la escuela, era casi analfabeto, pero soñaba con ser médico. Y ocurrió que, aunque no disponía de historial académico, hacer grafitis hizo que se le considerara un joven altamente motivado y aquello le dio la posibilidad de acceder a la Universidad Central del Este, en Santo Domingo. Hoy es uno de los médicos pediatras más importantes de Nueva York. Fundó Pediatrics 2000, una clínica para niños desde la que ayuda a la comunidad hispana.

«Es importante que las mamás cuenten con médicos que hablan en su mismo idioma y conozcan su cultura», afirma el doctor.

Pediatrics 2000 tiene un aspecto singular: sus paredes están llenas de grafitis, porque él sabe bien que «es un modo de apartar a los muchachos de la droga y la cárcel». Él lo sabe bien: vio morir a más de diez amigos en la calle.

Su amigo Hugo Martínez fue quien promovió que a los jóvenes grafiteros se les considerara «muchachos altamente motivados que merecían atención porque querían hacer algo con su vida». Por eso emprendió con él un proyecto que unía la medicina con el arte.

La clínica, así, es también una galería de arte, un núcleo de convivenciasana en el barrio.

Su héroe es su madre

Tapia-Mendoza tiene hoy fama y prestigio, pero no olvida quién es su héroe: «Se lo debo todo a mi madre. Todos necesitamos un héroe, y ella es mi héroe».

En un documental de 14 minutos que lleva por título «El grafitero que se convirtió en médico», el hoy doctor Tapia-Mendoza explica cómo fueron aquellos duros comienzos como migrante en Nueva York y la bendición que supuso para él el mundo del grafiti. También habla de su madre, que llegó a hipotecar en dos ocasiones su casa para que Juan lograra sus sueños. «Siempre se ha sacrificado por sacar adelante la familia», afirma con agradecimiento.

Una vida lograda

Hoy el doctor Tapia-Mendoza es feliz viendo cómo puede ayudar a una comunidad tan grande de niños hispanos y a sus familias en Nueva York, y no solo cura la parte física de sus pacientes.

«El mayor orgullo que yo tengo -explica- es ver que niños que vinieron a la clínica son hoy médicos, ingenieros, abogados, maestros…» que dejaron de hacer cosas malas y tienen una vida lograda «y veo la satisfacción de los padres, que se sienten una comunidad».

El doctor Tapia forma parte de la red de médicos SOMOS, que atiende a las personas más vulnerables de Nueva York.

Concluye: «Cada noche, cuando me acuesto, le doy gracias a Dios y lo que digo es: ‘¡Sí, lo logré otra vez’!»

El Papa Francisco celebró el día de la Epifanía tras salir del hospital por haber ingresado por una dolorosa ciática

Pope at Mass on Epiphany: Let’s set aside complaints and cast off dictatorship of the self

Homilía del Papa Francisco en el día de la Epifanía:

El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos, no hay un punto intermedio, o Dios o los ídolos, para usar las palabras de un autor francés: ‘quien no adora a Dios, adora al diablo’ y en vez de creyente se volverá idólatra. Y esto es así.

En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor. Se ha pedido un poco el sentido de la adoración debemos retomarlo, sea comunitariamente que en la propia vida espiritual. 

Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor en serio.

De la liturgia de la Palabra de hoy entresacamos tres expresiones, que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor. Estas expresiones son: “levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”.

La primera expresión, levantar la vista, nos la ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, que acababa de volver del exilio y estaba abatida a causa de tantas dificultades, el profeta les dirige este fuerte llamado: «Levanta la vista en torno, mira» (60,4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de las limitaciones de una perspectiva estrecha, a liberarse de la dictadura del propio yo, siempre inclinado a replegarse sobre sí mismo y sus propias preocupaciones. 

Para adorar al Señor es necesario ante todo “levantar la vista”, es decir, no dejarse atrapar por los fantasmas interiores que apagan la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia. Eso no significa que neguemos la realidad, fingiendo o creyendo que todo está bien. Se trata más bien de mirar de un modo nuevo los problemas y las angustias, sabiendo que el Señor conoce nuestras situaciones difíciles, escucha atentamente nuestras súplicas y no es indiferente a las lágrimas que derramamos.

Esta mirada que, a pesar de las vicisitudes de la vida, permanece confiada en el Señor, genera la gratitud filial. Cuando esto sucede, el corazón se abre a la adoración. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en los problemas, rechazando alzar los ojos a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la rabia, al desconcierto, a la angustia y a la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto ocurre, es necesario tener la valentía de romper el círculo de nuestras conclusiones obvias, con la conciencia de que la realidad es más grande que nuestros pensamientos. Levanta la vista en torno, mira: el Señor nos invita sobre todo a confiar en Él, porque cuida realmente de todos. Por tanto, si Dios viste tan bien la hierba, que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿cuánto más hará por nosotros? (cf. Lc 12,28). Si alzamos la mirada hacia el Señor, y contemplamos la realidad a su luz, descubriremos que Él no nos abandona jamás: «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) y permanece siempre con nosotros, todos los días, siempre (cf. Mt 28,20).

Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo. Siempre yo al centro. La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

La segunda expresión que nos puede ayudar es ponerse en camino. Antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los magos tuvieron que hacer un largo viaje. Escribe Mateo: «Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”» (Mt 2,1-2). El viaje implica siempre una trasformación, un cambio. Después del viaje ya no somos como antes. En el que ha realizado un camino siempre hay algo nuevo: sus conocimientos se han ampliado, ha visto personas y cosas nuevas, ha experimentado el fortalecimiento de su voluntad al enfrentar las dificultades y los riesgos del trayecto. No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.

Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando —dice san Pablo—, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor. 

Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona. Además, con el paso del tiempo, las pruebas y las fatigas de la vida —vividas en la fe— contribuyen a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más dispuesto a abrirse a Dios. También los pecados, la conciencia de ser pecadores… si tú lo recibes con fe, con contricción, te ayudará… en este viaje con el Señor para adorarlo mejor.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús. La vida no es una demostración de habilidades, sino un viaje hacia Aquel que nos ama. Nosotros no debemos mostrar en cada paso de la vida la tarjeta de las virtudes que tenemos. Con humildad debemos dirigirnos hacia el Señor. Mirando al Señor, encontraremos la fuerza para seguir adelante con alegría renovada.

Y llegamos a la tercera expresión: ver. El evangelista escribe: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). La adoración era el homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, en efecto, adoraron a Aquel que sabían que era el rey de los judíos (cf. Mt 2,2). Pero, de hecho, ¿qué fue lo que vieron? Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano. Es decir, fueron capaces de “ver” más allá de la apariencia. Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones.

Para adorar al Señor es necesario “ver” más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanidad, perennemente esclava de la apariencia, ven y no saben ver, no digo ven y no creen, es demasiado, no, no saben ver, porque su capacidad es exclava de la apariencia, están en busca de entretenimiento. La mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales, a las cosas que llaman la atención de la masa. En cambio, en los magos vemos una actitud distinta, que podríamos definir como realismo teologal. Una palabra demasiado alta, pero podemos decirlo así, realismo teologal. Este percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación. El Señor está en la humildad. El Señor es como aquel niño que huye de la ostentación, producto de la mundanidad. 

Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca el Señor. Nosotros, por eso, como escribe el apóstol Pablo, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18).

Que el Señor Jesús nos haga verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor, que abraza a toda la humanidad. Pidamos la gracia para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia de aprender a adorar, de continuar a adorar, la oración de adoración, que solo Dios es adorado.

Un proyecto muy especial: Fundación WILL

Hemos tenido conocimiento de esta Fundación a través del libro MUJERES BRÚJULA de Isabel Sánchez, que anteriormente colgamos en esta web.

En China invierten para ayudar a los niños a convertirse en jóvenes que puedan tener éxito no solo allí, sino también en el extranjero. Sin embargo, las escuelas convencionales, aunque académicamente rigurosas, no se pueden acomodar a estudiantes que necesitan una atención especial, y las escuelas con necesidades especiales solo atienden a niños con discapacidades graves de aprendizaje, como el síndrome de Down o la parálisis cerebral.  

Así surgió la Fundación Will, que ofrece a niños con necesidades especiales un entorno educativo que les permita progresar y ganar en autonomía. https://www.willfound.org/

De la página web Found Will