En las fiestas de Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús y de María

Recordamos la homilía del Papa Francisco con motivo de Corpus Christi

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana.  Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa.  que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

Francisco: miremos con confianza al Sagrado Corazón de Jesús

Celebramos la Solemnidad del Corazón de Jesús: el Santo Padre nos invita, en un tweet, a “mirar con confianza al Sagrado Corazón de Jesús y a repetir con frecuencia, especialmente durante este mes de junio: Jesús manso y humilde de corazón, transforma nuestro corazón y enséñanos a amar a Dios y al prójimo con generosidad”.

Domingo de la Divina Misericordia

El Papa celebra la Misa en el Santuario de la Divina Misericordia en Roma.

Homilía:

Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.

1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv.22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.

2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.

Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.

Se hace una película sobre la reacción de los discípulos tras la crucifixión

Nunca se había hecho un tipo de película así, porque empieza en la crucifixión. Ofrece un mensaje de esperanza durante la pandemia.

#unSantoConCorbata

Se me ha ido al Cielo antes de lo previsto”

Su mujer Lucía Capapé: “Se me ha ido al Cielo antes de lo previsto”. Cuando le diagnosticaron a Miguel Pérez, ex director del colegio Tabladilla, afirmó: “Me voy a morir y veo todo de otra manera”. Familiares y amigos rinden homenaje a un abanderado de la lucha contra el ELA.

Lucía Capapé y Miguel Pérez.

Miguel, falleció el pasado miércoles 24 de marzo a los 40 años de edad por ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Llevaba 3 años luchando con esta enfermedad. Deja huérfanos a cinco hijos varones, los pequeños acababan de hacer su primera confesión. 

Los testimonios de afecto y fe en Instagram son sobrecogedores, tanto de su mujer como de sus familiares y amigos. Diarios de Sevilla le rinden homenaje por su coraje y fortaleza.

El periodista Carlos Navarro Antolín le dedicaba un texto emotivo en el Diario de Sevilla, en el que describía la fuerza de la fe de Miguel: “Un día alguien tiene el ingenio de llamarte “superman” por el notorio parecido de tu rostro, el peinado y las gafas con los del inolvidable Clark Kent. Y al otro resulta que de verdad eres un ser de una fuerza anímica que por momentos parece sobrehumana. Te diagnostican la ELA, tu mundo se derrumba en pocos meses, pero brota al mismo tiempo una energía que te permite reinterpretar el entorno, reordenar tus prioridades, tomar conciencia de la caducidad real de las cosas y no separarte de un crucifijo. Nada de eso sería posible, o cuando menos sería muy distinto, sin una educación en valores cristianos”. 

Esposo enamorado y fiel 

Miguel Pérez García. Un nombre tan común; un hombre extraordinario. Esposo enamorado y fiel. Padre de cinco hijos varones. Más ejemplo de líder en casa que en lo profesional. Además de cumplirse el conocido adagio: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”; añadiría: “detrás de este gran hombre hay mucha, mucha fe”. Cristiano ejemplar, un católico 10. Hombre lleno de Dios, un verdadero Opus Dei. Ingeniero. Trabajador. Alegre. Divertido. Desenfadado. Deportista. Estratega. Claro, como el agua. Apasionado de la educación. Impulsor de una enseñanza de prestigio. Siempre buscó aunar la exigencia: calidad, esfuerzo e innovación, con la sabiduría del formador, que sabe querer poniendo el foco en cada persona y, como en un puzzle, a cada uno en su sitio ideal”. 

“Me voy a morir y veo todo de otra manera” 

En una de sus últimas entrevistas en ABC Sevilla, Miguel decía: “Con esta enfermedad he descubierto algo que todos sabemos, pero que no pensamos, y es que nos vamos a morir. Desde que me dijeron que tenía fecha de caducidad he aprendido a vivir sabiendo que me voy a morir y veo todo de otra manera. Hay gente que muere de repente, yo he tenido la suerte de ser avisado y así poder prepararme (…). He tenido la bendición de entender mejor muchas cosas, de sentir la cercanía de Dios, de ver el poder de la oración y de sentir que todo lo de este mundo es temporal y caduco. Creo que todos deberíamos pasar por algo parecido para valorar todo y acercarnos a Dios: amor puro y que llena el corazón”.

Ignacio, un antiguo alumno de Tabladilla aporta este testimonio a Religión Confidencial: 

“Cuando me mudé de Alicante a Sevilla, me acogió de manera especial. Nos dimos una vuelta y me enseñó el colegio personalmente. No olvidaré una vez que no estaba pasando por un buen momento. Y le dije que quería hablar con él. Estaba suspendiendo e iba a repetir por segunda vez. En esos cinco minutos que pasamos en silencio entre los dos, recibió casi más de 20 llamadas. Pero descolgó todos los teléfonos. Me dedicó su tiempo. Me dijo: nunca te rindas. Se dedicaba por entero a los demás y sus alumnos. No infravaloraba a ninguno de ellos. No le olvidaré”. 

“Esto me llena de esperanza”

Lucía Capapé se queda al frente de sus cinco hijos, pero no está sola: las muestras de cariño de familiares y amigos son incontables. Y a pesar del dolor, tiene palabras de esperanza para con sus hijos: “A veces descubro en mis hijos frutos positivos de la situación que están viviendo. Y esto me llena de esperanza: aunque se me rompa el corazón al verlos sufrir, tengo la seguridad de que ese sufrimiento será ocasión de crecimiento personal en cada uno de ellos”. 

Lucía Capapé y Miguel Pérez con sus hijos.

Tres años después del diagnóstico médico, Miguel Pérez no ha podido superar por más tiempo el vertiginoso desarrollo de su grave padecimiento y ha dicho adiós entre el amor de los suyos y la pesadumbre y las condolencias de sus antiguos alumnos y de quienes le conocieron.

Que sirva este artículo en homenaje a Miguel Pérez y a su mujer e hijos. Muchas gracias.

Proyecto “El buen samaritano” en Irak une a cristianos y musulmanes contra la pobreza

La parábola del Buen Samaritano se reproduce una y otra vez en Basora, al sur de Irak, donde los cristianos ayudan a los musulmanes.

P. ARAM PANO
Cofradía Ecuménica “El Buen Samaritano”
“Los cristianos siempre muestran a Jesucristo en sus vidas, y son pacientes porque tienen esperanza. Los musulmanes dicen a los cristianos: ‘Tú eres Cristo’. Eso es lo que les dicen en mi ciudad: ‘Tú eres Cristo’. Eso significa que tenemos que ser como la sal en la tierra, como la luz en la oscuridad”.

En 2008, el padre Aram, caldeo, junto a un representante de la iglesia ortodoxa y otro de la latina, fundaron “El Buen Samaritano”. Una cofradía ecuménica con la misión de atender las necesidades de los más vulnerables de la ciudad.

Eso incluye visitar a los enfermos y ancianos… la distribución de alimentos … y la visita a niños con cáncer en un hospital infantil.

P. ARAM PANO
Cofradía Ecuménica “El Buen Samaritano”
“La cofradía ha estado trabajando para unir a las Iglesias y hacer que Jesús se manifieste a través de la caridad, no sólo con palabras”.

“Cada día vemos que hay muchos musulmanes empobrecidos, más que nosotros los cristianos. Vimos que había que mostrar la misericordia de Jesús también a ellos. Los voluntarios son musulmanes y cristianos. Creo que es una gracia de Dios. También hay mucha gente que quiere ayudar cuando se entera del trabajo que hace la fraternidad”.

Estos hombres y mujeres de Basora encarnaran la misericordia mostrada por el Buen Samaritano del Evangelio, que no se lo pensó dos veces a la hora de ayudar a un extraño herido en su camino.

Y aunque Basora no haya formado parte del viaje del Papa a Irak, el padre Aram confía en que su visita al país haya traído fuerza, esperanza y valor a los cristianos iraquíes.

Aram Pano es un sacerdote iraquí que estudia Comunicación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma. Regresará a su país en julio. Haciendo referencia al viaje del Papa a Irak comentó: «Todo el mundo allí, incluidos mis familiares y amigos, están esperando al Papa, y creen que Francisco va a ser un verdadero mensajero de la paz para un pueblo que lo necesita tanto». La visita es especialmente significativa para los cristianos, «que llevan siglos perseguidos y aún hoy están siendo perseguidos en el país». Ante esta situación, Pano se mostró convencido de que el viaje del Santo Padre «va a traer paz y fraternidad a Irak». Y así ha sido.

El padre Ignacio María Doñoro y su Hogar Nazaret (en Amazonia-Perú)

El padre Ignacio María Doñoro es un loco de la providencia. Este sacerdote vasco que era capellán militar y más tarde de la Guardia Civil en el País Vasco (España) en los años más duros de ETA (terrorismo) acabó dejando todo tras descubrir la llamada dentro de la llamada que recibía incesantemente de Dios. Tenía que rescatar a los “niños crucificados”. Y así lo hizo.

El Páter Doñoro y la Providencia con sus «niños crucificados»: «Llegan ayudas difíciles de explicar»

Acompañado por una fuerza asombrosa y una tenacidad que afirma que le provienen de la Eucaristía y de la Virgen María, el padre Doñoro fundó en el Amazonas peruano su Hogar Nazaret, una casa que actualmente tiene más de 300 niños y que sigue creciendo.

Muchas son las dificultades y retos. También los peligros. Pero la providencia lo acompaña. Algunas impresionantes historias de cómo Dios actúa literalmente para dar de comer a estos niños que arrastran terribles historias las cuenta en su libro El fuego de María, editado por Nueva Eva. En este libro este sacerdote relata su vida porque para comprender por qué acabó creando este Hogar Nazaret es importante conocer de dónde venía. Sus difíciles años como seminarista en Bilbao, sus historias como capellán en misiones internacionales y finalmente los momentos clave con experiencias casi místicas que le han ido ocurriendo durante estos años le convencieron de que no debía seguir su voluntad sino la de Dios. Y todo pasaba por servir a estos niños.

Anotamos la entrevista que le hicieron al padre Doñoro para intentar comprender a un sacerdote que rompe moldes y que está profundamente enamorado de Dios, y que ve al mismo Cristo en cada uno de los niños que recoge de la calle:

– ¿Cómo fueron sus años como capellán en el País Vasco y anteriormente en el Ejército? ¿Era feliz en medio de una situación tan complicada y peligrosa?

– Era feliz y, a la vez, sufría mucho. La alegría no es incompatible con el dolor. Fueron unos años de mi vida en que me sentí muy querido. Al mismo tiempo, teníamos que enfrentarnos a situaciones durísimas. En el libro cuento algunas de ellas, pero hubo muchas más que darían para otro libro. Lo positivo era que hacíamos una piña contra la adversidad, la violencia y la crueldad, y tratábamos de salir adelante haciendo lo que era nuestro deber. Eso une mucho.

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Puede comprar el libro del padre Doñoro pinchando AQUÍ

– Habla usted de “niños crucificados”, un término duro, para definir a sus niños del Hogar… ¿por qué su misión se ha enfocado en los menores?

– Todo empezó en El Salvador, donde acudí como comisionado para supervisar el destino de unos fondos de ayuda económica de una ONG. Allí salvé a un niño a quien sus padres habían decidido vender por 26 dólares para tráfico de órganos, porque estaba muy enfermo y ya no sabían qué hacer con él, y tenían otras cuatro hijas que alimentar. Cuando me di cuenta de la indefensión de los más pequeños en los países de extrema pobreza, comprendí que aquella era mi vocación, mi llamada dentro de la llamada, como lo llamaría la Madre Teresa: salvar la vida y devolver la dignidad a los últimos de la tierra, a los que nadie quiere.

-¿Cuál es la realidad que encuentra cuando llegan a sus puertas?

– Cuando esos descartados, como dice el Papa Francisco, llaman a mi puerta, vienen rotos por fuera y por dentro, llenos de heridas purulentas, de parásitos, de enfermedades, de miedos… A pesar de que lo que llama la atención es lo destrozados y enfermos que están, eso no es nada comparado con el dolor con el que cargan, y por eso los llamo “mis niños crucificados”. La salud la pueden recobrar en seis meses, un año o dos, pero sanar las heridas del alma lleva bastante más tiempo.

 – El ahora cardenal Sarah tuvo un papel fundamental en su vida y en el Hogar Nazaret. Hizo una especie de profecía hacia usted, ¿no es así?

– Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barajas de vuelta de un viaje a Mozambique cuando un amigo que vive en Roma me avisó de que me habían conseguido una entrevista con Moneñor Robert Sarah, que entonces era el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. La cuestión era que habían fijado la entrevista al día siguiente a las doce de la mañana. Todavía no sé cómo me las arreglé, pero el caso es que un cuarto de hora antes de las doce estaba delante de la puerta del entonces obispo Robert Sarah…

Cuando me recibió, me habló en un italiano muy cerrado. Yo no domino el italiano y tuve que recurrir al intérprete para entender lo que me decía. Me pidió que sacara adelante la obra del Hogar Nazaret, que el Papa (Benedicto XVI) lo quería. Y antes de que me marchara, me miró a los ojos y me dijo: “No olvide que sus ángeles” —se refería a los de los niños que íbamos a rescatar— “en el cielo están contemplando el rostro de nuestro Dios. Que no se pierda ni uno solo”. Y lo repitió. Aquella frase se me quedó grabada en el alma.

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– Conociéndole hay dos palabras que bajo mi punto de vista definen todo el libro y por tanto su vida: loco, “un loco de Dios” y Providencia…

-Sé que muchas personas consideran que estoy loco y no me molesta en absoluto, pero si estoy loco no es porque haya perdido la cabeza, sino porque estoy loco de amor por Jesús. ¡Y Él está todavía más loco de amor que yo! Me ama tanto que se fía de mí. Dios, fiándose de un ser humano para llevar a cabo su obra en la tierra… ¡Eso sí es estar loco!

En cuanto a la Providencia, es algo muy natural y real en la historia del Hogar Nazaret. Nunca me ha gustado considerar la asistencia de Dios como algo extraño o sobrenatural. Yo creo que Dios cuida de sus hijos y está pendiente de las necesidades de mis niños de un modo que muchas veces conmueve, pero eso no es algo exclusivo del Hogar Nazaret. Lo que pasa es que hay que saber mirar esas ayudas y el cuidado amoroso de Dios con ojos de fe. Si en el Hogar Nazaret se nota de un modo más palpable es porque en la selva del Amazonas carecemos de muchas cosas y de repente nos llegan ayudas que a veces son difíciles de explicar. 

– En el libro habla de numerosas situaciones límite: amenazas, una paliza que le dejó moribundo, el vivir al día para dar de comer a tantos niños… ¿Cómo ha podido aguantar tanto? ¿Cuál es su secreto?

-Mi secreto es, sin duda, la Eucaristía. La Santa Misa es mi vida. Desde que me despierto por la mañana, empiezo a pensar cómo será la Misa de ese día. Así va creciendo mi deseo-necesidad de Jesús, acompañado por la certeza de que el Corazón de Dios lo desea aún más. Como un padre que espera el nacimiento de su hijo y se muere de ganas de tenerlo entre sus brazos, así me explota a mí el pecho de amor al pensar que de nuevo podré traer a Dios a la tierra y tenerlo entre mis manos, mirándole como si Él fuera solo para mí y yo para Él.

Cada día le pido al Señor que pueda cargar con el dolor de los niños crucificados y aguantar lo que venga, pero que nunca me falte traerlo a la tierra y gozar físicamente de su amor. Si me faltara la Misa, moriría de pena. No hay nada comparable a estar físicamente con Jesús.

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– Usted en muchos aspectos rompe moldes, pero hay uno que destroza completamente. Es amante de la liturgia y la tradición, y vive dando la vida por los últimos. En usted se da la evangelización y lo social no como algo separado sino como completamente inseparable…

Es que hay una relación muy estrecha entre servir a los más pobres y la presencia del Señor en la Eucaristía. Es todo uno. Igual que puedo abrazar a un niño, en la Eucaristía puedo abrazar con mis manos a Jesús. Cuando saco el copón del sagrario, aprovecho y le doy un beso, y cuando lo guardo le doy otro. El beso que le doy a un niño es el mismo beso que le doy a Jesús, porque Jesús está en ellos. Es lo mismo.

Los más pobres son los preferidos de Jesús, y si son niños, todavía más; y si encima son niños crucificados, ahí estás viendo directamente el rostro de Dios… Para mí, servirles, lavarles los pies y atenderles es una necesidad de amor. Servir es convertirse en pesebre. Yo me imagino el pesebre de Belén no con ángeles cantando, sino como un lugar maloliente donde comían los animales. Mis niños llegan externamente e internamente destrozados. Eso es el pesebre, eso es lavar los pies. Y después, cobra todo su sentido celebrar la Misa para traer al mismo Dios a la tierra y hacerse uno con Él, para formar parte de Dios y que Dios forme parte de nosotros. Es un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Se trata de lavar los pies desde abajo para levantar a cada niño y que luego en la Eucaristía sea Dios quien desde arriba se anonade hasta abajo para que le comamos.

– Su vida no puede entenderse sin la Virgen María, que además da título a su libro. ¿Qué ha supuesto Ella para usted?

-La Virgen María me ha acompañado desde pequeño todos los días de mi vida y me lleva de la mano sin soltarme ni un minuto. El rezo del rosario y la devoción a nuestra Madre han sido dos constantes en mi vida. Mis primeros recuerdos de la infancia están asociados a santuarios de la Virgen, especialmente Lourdes y Fátima, y al rosario, que rezaba con naturalidad desde que tenía cinco años. Mis padres me pusieron de nombre Ignacio María; Ignacio significa «nacido del fuego» y la Virgen María es la que ha sabido mantener siempre ese fuego encendido. Ella es la que me sostiene cada día y mi afán como sacerdote es difundir su devoción.

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– Un aspecto llamativo del Hogar Nazaret son las construcciones  que forman este Hogar. No se parecen al resto de las que hay en el Amazonas sino que se inspiran en santuarios españoles tanto en estética como en calidad…

-Hay personas que, al ver los edificios del Hogar Nazaret piensan que son exagerados, como si fueran demasiado para los pobres y no los merecieran. Tampoco entienden que se pueda construir un edificio para que dure cientos de años. En la selva el concepto de vivienda se aplica a construcciones de adobe de baja calidad que ante cualquier movimiento sísmico o inundación se hunden. Como mucho, aguantan treinta o cuarenta años, no más.

En la selva no hay obras de arte como tales; es más, el propio concepto de arte escapa a la comprensión de muchas de estas personas. Pero si en todas las casas en las que he estado me he esforzado siempre porque hubiera un sagrario lo más bello posible para el Señor, ¿cómo no voy a preparar para estos niños un sagrario? En ellos está Jesús, ellos son Jesús. Es Jesús quien viene a mi puerta y no le puedo poner debajo de la escalera. ¡A Jesús quiero darle la mejor habitación de la casa! Ese es el doble sentido de los edificios del Hogar Nazaret: que sean seguros y aguanten muchos años en pie, y que alberguen a los niños, sagrarios vivos en los que mora Jesús.

En el Hogar de Nuestra Señora del Rocío hay una cruz cuya elaboración ha durado dos años. Es una versión de la cruz de Almonte. Tiene dos coronas de espinas en el centro, con un total de cuatrocientas espinas. Dentro de las espinas está el Corazón de Jesús. Y es curioso que la cruz del Rocío de la Amazonía tenga ese corazón, porque la de Almonte no lo tiene. El sentido de que en esta cruz hayamos puesto el corazón de Cristo es porque Él es el que está salvando a los niños del Hogar Nazaret. Es un Corazón rodeado de espinas, que son todos los impedimentos que ponemos los hombres a Dios, todos nuestros pecados. Es el propio Cristo quien asume esas espinas. En la parte de arriba, en vez de poner INRI, hemos puesto HN (Hogar Nazaret), porque Hogar Nazaret es el grito de Cristo en la cruz, que reclama un hombre nuevo. Jesús grita porque Él no quiere el horror de los niños crucificados.

– Dos preguntas más para acabar, ¿cuál ha sido su mejor experiencia en el Hogar Nazaret estos años? ¿Y la peor?

– Mi mejor experiencia es ver feliz a Jesús en cada uno de mis niños. Eso me hace feliz, porque la felicidad consiste en el gozo de Dios. No sabría aislar una experiencia concreta por encima de otras, como tampoco sabría seleccionar la peor, porque la peor sucede cada vez que llega un niño al que nadie quiere. ¿Cómo se puede no querer a un niño? ¿Cómo es posible no querer a Jesús, al que es Amor? Eso me destroza.

Sexto Domingo de San José

1. SEXTO domingo de san José: La vida de san José no estuvo libre de dificultades, grandes y pequeñas. Cuando el ángel le dice: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13), sufre, se asusta y más siendo entre sueños en medio de la oscuridad de la noche. ¿Por qué un varón tan justo tenía que pasar por estos y otros momentos difíciles? ¿Por qué alguien que procura hacer las cosas con tanta delicadeza y honradez a veces puede parecer que experimenta incluso más dificultades que los demás? Al contemplar los problemas por los que pasó san José, como encontrar techo para Jesús o tener que vivir como forastero, muchas veces «nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre»

Sexto dolor y gozo de san José
Sextos dolores y gozos de san José – Torreciudad

2. SEXTOS Dolores y Gozos : Sexto dolor: El se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 21-22). Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).

COMENTARIOS  punto 6 de Patris corde:  Padre en la sombra: José es considerado para Jesús , la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta de su lado para seguir sus pasos. Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad, para hacerlo capaz de elegir, de ser libre. San José también es calificado como castísimo: en razón de ser libre del afán de poseer, en un amor verdadero. “La lógica del amor es siempre una lógica de libertad y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo descentrarse para poner a María y Jesús en el centro de su vida. La felicidad de José no está en la lógica del auto sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe él la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. “El mundo rechaza a quienes quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío, rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo,… caridad con asistencialismo. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio y si no alcanza esa madurez de la entrega de sí, deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio se convierte en infelicidad, tristeza y frustración.  Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión sino como en José, la confianza de su cuidado.

Aspectos a meditar: – ¿Me doy a los demás con generosidad, sin quejas? – ¿Es mi sacrificio silencioso? O por el contrario ¿cuando hago algún sacrificio se han de enterar los de mi alrededor? ¿Exijo que me den las gracias? -Considero a mis hijos o familiares como posesión mía? ¿Incluso a personas amigas? ¿la ayuda  que presto a mis amistades es posesiva? ¿Quiero que hagan las cosas según m i criterio o por el contrario por su propio bien?

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica Patris corde, para conmemorar el 150 aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Universal, propone una oración para rezar a San José. La oración, está especialmente dirigida para pedir a San José por la conversión. En ella se pide al “bienaventurado José”: “Muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida”.

Ángelus del Papa Francisco, 2 Domingo Cuaresma, Transfiguración

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Hoy, el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17, 1).

La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: «Escúchenlo» (v. 5).

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas.

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor.

¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana.

Dirijámonos ahora a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a «bajar» con la caridad fraterna.

El grafitero que se convirtió en un famoso pediatra

Dr. Juan Tapia-Mendoza: De pequeño tuvo una vida muy difícil. Su padre les dejó, su madre trabajaba de la noche a la mañana, y él deambulaba por las calles saltándose las clases. Entró en una banda, pero no quiso llegar a las drogas. Su ilusión, ser médico, le llevó a dar lo que no había tenido a los niños necesitados de la zona más pobre de New York y a fomentar la profesión de médico entre ellos.

Juan Tapia-Mendoza nació en la República Dominicana. Su papá abandonó a su mamá cuando él tenía 2 años «y no lo volví a ver hasta que cumplí los 14». Emigraron a Estados Unidos y se instalaron en la ciudad de Nueva York. No podía imaginar entonces que iba a ser un famoso grafitero y posteriormente médico.

«Mi madre tenía que trabajar todo el día»

El niño creció entre otros migrantes: «Desde sexto curso comencé a faltar a la escuela. Nos quedábamos en casa de algún amigo y nuestras madres trabajaban todo el día. Mi madre se levantaba a las 5 o las 6 de la mañana y se iba a trabajar. Yo regresaba a casa cuando ella volvía del trabajo a las 11 de la noche».

Con la pandilla comenzó a ser grafitero

Juan recuerda que «en aquella época Nueva York era una ciudad muy violenta». Se introdujo, con los muchachos del barrio, en una pandilla del Alto Manhattan. Su «ganga», como él la llama, era la de los «Sauvage Nomads». Y él a su vez descubrió que le gustaba el grafiti: iba a ser «C.A.T. 87«.

Sin pretenderlo, Juan se convirtió en un chico respetado en los otros barrios por los grafitis que había ido dejando en Nueva York: en las paredes, en los vagones del metro neoyorquinoPEDIATRICS2000

Un prestigioso pediatra de la comunidad hispana

Al no ir a la escuela, era casi analfabeto, pero soñaba con ser médico. Y ocurrió que, aunque no disponía de historial académico, hacer grafitis hizo que se le considerara un joven altamente motivado y aquello le dio la posibilidad de acceder a la Universidad Central del Este, en Santo Domingo. Hoy es uno de los médicos pediatras más importantes de Nueva York. Fundó Pediatrics 2000, una clínica para niños desde la que ayuda a la comunidad hispana.

«Es importante que las mamás cuenten con médicos que hablan en su mismo idioma y conozcan su cultura», afirma el doctor.

Pediatrics 2000 tiene un aspecto singular: sus paredes están llenas de grafitis, porque él sabe bien que «es un modo de apartar a los muchachos de la droga y la cárcel». Él lo sabe bien: vio morir a más de diez amigos en la calle.

Su amigo Hugo Martínez fue quien promovió que a los jóvenes grafiteros se les considerara «muchachos altamente motivados que merecían atención porque querían hacer algo con su vida». Por eso emprendió con él un proyecto que unía la medicina con el arte.

La clínica, así, es también una galería de arte, un núcleo de convivenciasana en el barrio.

Su héroe es su madre

Tapia-Mendoza tiene hoy fama y prestigio, pero no olvida quién es su héroe: «Se lo debo todo a mi madre. Todos necesitamos un héroe, y ella es mi héroe».

En un documental de 14 minutos que lleva por título «El grafitero que se convirtió en médico», el hoy doctor Tapia-Mendoza explica cómo fueron aquellos duros comienzos como migrante en Nueva York y la bendición que supuso para él el mundo del grafiti. También habla de su madre, que llegó a hipotecar en dos ocasiones su casa para que Juan lograra sus sueños. «Siempre se ha sacrificado por sacar adelante la familia», afirma con agradecimiento.

Una vida lograda

Hoy el doctor Tapia-Mendoza es feliz viendo cómo puede ayudar a una comunidad tan grande de niños hispanos y a sus familias en Nueva York, y no solo cura la parte física de sus pacientes.

«El mayor orgullo que yo tengo -explica- es ver que niños que vinieron a la clínica son hoy médicos, ingenieros, abogados, maestros…» que dejaron de hacer cosas malas y tienen una vida lograda «y veo la satisfacción de los padres, que se sienten una comunidad».

El doctor Tapia forma parte de la red de médicos SOMOS, que atiende a las personas más vulnerables de Nueva York.

Concluye: «Cada noche, cuando me acuesto, le doy gracias a Dios y lo que digo es: ‘¡Sí, lo logré otra vez’!»