MEDITACIONES PARA SEMANA SANTA- Reflections for Holy Week

JUEVES SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Jueves Santo

«LA VÍSPERA de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). «Algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso (…). Comencemos –nos sugiere san Josemaría– por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo». Esta actitud atenta hace que hoy recordemos el elocuente gesto que tuvo Jesús lavando los pies a sus apóstoles. En la Última Cena, en la inminencia de la Pasión, la atmósfera era de amor, de intimidad, de recogimiento. «Como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secarlos con la toalla que se había puesto a la cintura» (Jn 12,3-5). Para los apóstoles debió de ser muy impactante ver a Jesús realizar este gesto que estaba reservado al siervo del lugar. Seguramente lo habrán comprendido pasado el tiempo. Incluso hoy a nosotros nos puede resultar sorprendente imaginar a Dios en esa posición, limpiando con sus manos el polvo del camino. Dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos hacemos puros, limpios, o santos. «Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos (…). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva». Esta es la paradoja cristiana: es Dios quien se adelanta; es él quien toma la iniciativa. Por eso es tan importante, antes de emprender cualquier tarea apostólica, aprender a recibir lo que Dios nos quiere dar, aprender a dejarnos limpiar una y otra vez por su mano.

SI NUNCA dejaremos de sorprendernos de aquel gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles, su amor y su humildad tocan alturas infinitas cuando, durante la cena, «tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”» (1 Cor 11,23-25). El Señor «instituyó este sacramento como memorial perpetuo de su pasión, como realización de las antiguas figuras, como el mayor milagro que había hecho y el mayor consuelo para aquellos que dejaría tristes con su ausencia». Se nos da Él mismo: convertido en pan y en vino para nosotros, es, a la vez, una muestra de sobreabundancia de amor y la mayor expresión que cabe de humildad. El Sacramento Eucarístico nos permite la identificación con el amado, ser una misma cosa, fundirnos, compenetrarnos con Dios. San Josemaría señalaba que «nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y –en lo que nos es posible entender– porque, movido por su amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre». No salimos de nuestro asombro. Por mucho que nos imaginemos todo lo que Dios Padre nos ha regalado, nunca acertaremos a comprenderlo: «Es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para vivir en Jesucristo para siempre». No merecemos tanto cuidado, tanto cariño, tanta atención. Tratamos de corresponder, pero incluso para hacerlo necesitamos su ayuda. Por eso, «lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo (…). Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da».

EN LAS PALABRAS del sacerdote antes de la consagración –«dando gracias, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo…»– percibimos la disposición agradecida del corazón de Jesús de frente a Dios Padre. Nosotros queremos tener la misma actitud de Cristo en esta víspera santa. Del agradecimiento es fácil que brote la generosidad para extender esa vida nueva que hemos recibido. Trataremos de amar a los que él ama y como él los ama: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Por Cristo, con Él y en Él, somos capaces de amar hasta el extremo. Como Jesús, nos arrodillamos ante los hombres para limpiarles los pies. Comprendemos sus miserias y las cargamos sobre nuestros hombros. Desaparecen los juicios, las envidias y comparaciones, que se transforman en intercesión, alegría y agradecimiento a Dios por las maravillas que hace en los demás. «En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo». De ahí sacamos fuerza y vida para llevarla hasta el último rincón de la tierra, hasta el corazón de cada persona que nos rodea. Podemos aprovechar este día en que Dios regaló a su Iglesia este sacramento para rezar también por la santidad de los sacerdotes, para que sirvan cada día a la Iglesia con el mismo amor del Señor. Con nuestra oración podemos ayudarles a hacer realidad este deseo que les mueve como sacerdotes: «No elegimos nosotros qué hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente así: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio». Entre tanto don que recordamos hoy, sabemos que Jesús nos ha dado también a su Madre. A ella, testigo principal del sacrificio de Cristo, podemos acudir para, con su ayuda, tener una vida animada por el agradecimiento humilde de tantos dones recibidos.

HOLY THURSDAY

“‘NOW BEFORE the feast of the Passover, when Jesus knew that his hour had come to depart out of this world to the Father, having loved his own who were in the world, he loved them to the end.’ The reader of this verse from Saint John’s Gospel is brought to understand that a great event is about to take place. The introduction is full of tender affection … Let us begin,” Saint Josemaria advises us, “by asking the Holy Spirit, from this moment on, to give us the grace to understand every word and gesture of Christ.” Today, our eagerness to be attentive to all that our Lord does leads us to contemplate his eloquent gesture of washing his apostles’ feet. At the Last Supper, with the Passion now near, the atmosphere was one of love, intimacy and recollection. “Since Jesus knew that the Father had placed everything in his hands and that he had gone out from God and was returning to God, he rose from supper, took off his robe, took a towel and put it around his waist. Then he poured water into a basin, and began to wash the disciples’ feet and to wipe them with the towel which he had put around his waist” (Jn 12:3-5). The apostles would have been shocked to see Jesus doing something normally only carried out by a servant. But over time they would have come to understand what Jesus wanted to tell them. Even today we may find it difficult to imagine God putting himself in such a position, wiping the dust and dirt from his friends’ feet with his own hands. Letting Christ wash us means recognizing that we cannot purify, clean or sanctify ourselves. “This truth is hard to grasp: if I do not let the Lord serve me, wash me, strengthen me, forgive me, I will not enter the Kingdom of Heaven … God saved us by serving us. We often think we are the ones who serve God. No, he is the one who freely chose to serve us, for he loved us first. It is difficult to love and not be loved in return. And it is even more difficult to serve if we do not let ourselves be served by God.” This is the Christian paradox: it is God who acts first; it is He who takes the initiative. This is why, before undertaking any apostolic work, it is so important to learn to receive what God wants to give us, to let him cleanse us again and again.

THE SIGHT of Jesus washing his apostles’ feet should never cease to amaze us. But his love and humility go infinitely further during the supper: “He took bread, and when he had given thanks, he broke it and said, ‘This is my body, which is given for you; do this in remembrance of me.’ And in the same way, after supper, he took the cup, saying, ‘This cup is the new covenant in my blood; as often as you drink it, do this in remembrance of me’” (1 Cor 11:23-25). Our Lord “instituted this sacrament as a perpetual memorial of his Passion, as a fulfillment of the ancient figures, as the greatest miracle He had performed and the greatest consolation for those He would leave saddened by his absence.” Jesus gives himself to us; he becomes bread and wine for us. It is at once a sign of superabundant love and the greatest possible expression of humility. The Sacrament of the Eucharist enables us to identify ourselves with the Beloved, to become one and the same with Him, to be united as intimately as possible with God. Saint Josemaría said that “our Lord Jesus Christ, as though all the other proofs of his mercy were insufficient, institutes the Eucharist so that he can always be close to us. We can only understand up to a point that he does so because Love moves him, who needs nothing, not to want to be separated from us. The Blessed Trinity has fallen in love with man.” We cannot get over our astonishment. No matter how much we consider all that God the Father has given us, we will never be able to understand it: “It is the medicine of immortality, the antidote to death, the remedy enabling us to live in Christ forever.” We do not deserve such great care, affection and attention. We want to try to respond as well as possible, but to do so we need God’s help. “What comes first is not our effort, or moral capacity. Christianity is first and foremost a gift: God gives himself to us. He does not give something, but himself … This is why the central act of Christian life is the Eucharist: gratitude for having received his gifts, joy for the new life that he gives us.”

IN THE PRIEST’S WORDS before the consecration we see Jesus’ grateful attitude towards God the Father: “he took bread and, giving thanks, broke it, and gave it to his disciples, saying…”. We want to have the same attitude today, on the eve of the Passion. Generosity grows naturally from gratitude for the new life we have received, and we want to share it with others. We want to try to love those Jesus loves, as he loves them: “A new commandment I give to you, that you love one another. As I have loved you, so you also should love one another” (Jn 13:34). Through Christ, with Him and in Him, we are capable of loving to the end. Like Jesus, we kneel before people to clean their feet. We understand their miseries and carry them on our shoulders. Judgment, envy and comparisons disappear, transformed into petition, joy and gratitude to God for the wonders he works in others. “The Most Blessed Eucharist contains the entire spiritual good of the Church, that is, Christ himself, our Pasch and Living Bread, which by the action of the Holy Spirit through his very flesh gives life to men.” From there we draw the strength we need to bring Christ’s life to the hearts of the people around us, and to every corner of the world. Holy Thursday, the day God gave the Church the Sacrament of the Eucharist, is also a day to pray for the holiness of all priests, that they may always serve the Church with the same love our Lord had. With our prayer we can help them make a reality of the deepest desire that moves them as priests: “This practical aspect of service is important: that it is not we who choose what to do, but we are servants of Christ in the Church. We work as the Church tells us, where the Church calls us, and we try to be precisely this: servants who do not do their own will, but the will of the Lord. Let us truly be in the Church ambassadors for Christ and servants of the Gospel.” Among so many other gifts, during these days Jesus will also give us the gift of his Mother. We turn to our Lady, the principal witness of Christ’s Sacrifice, asking for help to live a life of humble gratitude for all we have received.

VIERNES SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Viernes Santo

«DIOS MÍO, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). «Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”». A Cristo, sobre todo, le aflige el sufrimiento que, fruto del pecado, experimentamos los hombres y mujeres de todas las épocas: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28). No hay dolor que haga desistir a Cristo de su propósito de salvarnos. «Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a Él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura». La liturgia del Viernes Santo arranca con el sacerdote postrado en tierra. Es la postura en la que se encontraba Jesús en el Huerto de los Olivos. Se le venían encima todos los pecados de los hombres, todos sus dolores y su soledad, los nuestros también, así que se dirige a Dios Padre para conseguir de Él la fuerza para afrontar ese paso decisivo. Jesús ha venido a la tierra para reparar el mal que nos hemos infligido a nosotros mismos y a los demás. Quiere devolvernos la libertad y la alegría. Su ilusión por nosotros no conoce límites, así que su «yugo es suave y su carga ligera» (Mt 11,30). Nuestros pecados no tienen la última palabra si dejamos hablar a Jesús, si le dejamos decir que nos ama y que no nos reprocha tanto sufrimiento. Hoy recordamos que «Jesús ha caído para que nosotros nos levantemos: una vez y siempre».

UNO DE LOS MOTIVOS del pecado es percibir, falsamente, que la voluntad de Dios es un riesgo para nuestra libertad. Le sucedió, por ejemplo, a Adán, nuestro primer padre. Sin embargo, la voluntad de Dios es que seamos felices, que nos dejemos querer por Él. «Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente “como Dios”, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de Él o negándolo. En el forcejeo de la oración en el Monte de los Olivos, Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad. Oremos al Señor para que nos adentre en este “sí” a la voluntad de Dios, haciéndonos verdaderamente libres». ¡Cuánto queremos agradecer al Señor su sacrificio, voluntariamente aceptado, para librarnos de la muerte! Jesucristo entra en agonía y llega a derramar sudor de sangre; pero la confianza en su Padre no desfallece, hace oración una y otra vez. «Se acerca a nosotros, que dormimos: levantaos, orad –nos repite–, para que no caigáis en la tentación». Horas después, la furia de los pecados de la humanidad entera descarga sus golpes sobre el cuerpo inocente de Jesucristo. La ingratitud de nuestros corazones rodea al Señor en su soledad. «Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo… despacio». «A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva».

LAS LLAGAS del Señor, por las que fluyó a raudales su sangre preciosísima, serán refugio sereno para nuestras heridas. En las llagas de Cristo estamos más seguros. Empapados en su sangre redentora, embriagados de Dios, nada hemos de temer. «Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus llagas (…). Necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas santísimas heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo». Y en esa contemplación, es fácil saborear la recia ternura con que canta hoy la Iglesia: «Dulce leño, dulces clavos, que sostienen tan dulce peso». Es «el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia Él, para llevarnos hasta Él»]. Esta es la verdad del Viernes Santo: en la cruz, Cristo, nuestro redentor, nos devolvió la dignidad que nos pertenece. Se afianzan nuestros deseos de clavarnos en la cruz gustosamente, de asociarnos a su redención, haciendo que nuestra debilidad sea lavada con la sangre que brota del cuerpo de Jesús. Al terminar este rato de oración, nuestra mirada se dirige al pie de la cruz, donde se halla la madre dolorosa acompañada de unas cuantas mujeres y de un adolescente. Quienes han pasado por ese trance saben que no hay dolor comparable. Cristo, en aquellos momentos, la necesitaba junto a Él y nosotros la necesitamos todavía más.

GOOD FRIDAY

Today we want to be with Christ on the Cross. I recall some words of St. Josemaría Escrivá one Good Friday. He invited us to personally relive the Passion, hour by hour, from the Agony in the Garden of Olives, the Scourging, and the Crowning with thorns to His death on the Cross: “His omnipotence bound by human hands, they lead my Jesus from place to place amidst the insults and blows of the people.” Each one of us must take our place in that crowd because our sins were the cause of the immense sorrow that afflicted the soul and body of Our Lord. Yes, each one of us drags Christ, an object of mockery, here and there. Because of our sins, we are the ones who cry out for his death. And He—perfect God and perfect man—allows us to do it. The prophet Isaiah had predicted it: “Mistreated, he opened not his mouth; like a lamb led to slaughter, like a sheep mute before its shearer.”

It is right that we feel responsible for our sins. It is logical that we be very grateful to Jesus. It is natural that we make reparation, for He responded to our lack of love by loving us totally. During this Holy Week, Our Lord seems closer to us, more like his fellow human beings. Let us reflect on these words of John Paul II: “Whoever believes in Jesus carries the Cross to victory, as an undeniable proof that God is Love…. But we must never take faith in Christ for granted. The Easter mystery, which we relive during Holy Week, is always present to us” (Homily, Mar. 24, 2002). This Holy Week let us ask Jesus to awaken in our souls the awareness of being men and women who are truly Christian, for we live face to face with God, and in Him with all people. We must not let Our Lord carry the Cross alone. Let us embrace with joy the small sacrifices of each day. Let us make use of the ability to love which God has given us in order to make specific resolutions, careful to avoid mere sentimentality. Let us tell Him sincerely: Lord, never again! Never again! With faith, we ask that we and everyone on earth might discover why we must hate the mortal sin and abhor the deliberate venial sins that caused our God to suffer so much.

How great is the power of the Cross! When Christ is the object of scorn and mockery for all the world; when He is there with no desire to be released from those nails; when no one would give even a penny for his life, the good thief—one with us—discovers the love of Christ in agony and asks for pardon. “Today you will be with me in Paradise.” See how powerful suffering is when it is accepted in union with Our Lord! It is able to draw from the most painful situations moments of glory and life. That man who spoke to Christ in his agony, finds remission of his sins and happiness forever. We have to do likewise. By losing our fear of the Cross and uniting ourselves to Christ on the Cross, we shall receive its grace, its power, its efficacy. And we shall be filled with peace. At the foot of the Cross we find Mary, Virgin most faithful. On this Good Friday, let us ask her to lend us her love and courage so that we too might know how to keep Jesus company. Let us speak to her in those words of St. Josemaría which have helped millions of people: “Tell her: My Mother—yours, because you belong to her on many counts—may your love bind me to the Cross of your Son; may my faith never fail, nor my valor, nor my daring, in fulfilling the will of our Jesus.”

SÁBADO SANTO

Opus Dei - Meditaciones: Sábado Santo

PUEDE SUCEDERNOS que el Sábado Santo sea «el día del Triduo pascual que más descuidamos, ansiosos por pasar de la cruz del viernes al aleluya del domingo»[1]. Para que esto no nos ocurra, podemos fijarnos en las mujeres que acompañaron a la Virgen en todo momento. «Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura. Pero en esta situación las mujeres no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad. Realizaron algo sencillo y extraordinario: prepararon en sus casas los perfumes para el cuerpo de Jesús. (…) Sin saberlo, esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del “primer día de la semana”, día que cambiaría la historia». Jesucristo yace hoy en el sepulcro. Manos amigas lo han colocado con cariño en aquel lugar, propiedad de José de Arimatea, cercano al Calvario. ¿Dónde están los apóstoles? Nada nos dicen los evangelios, pero tal vez al atardecer de aquel sábado fueron llegando uno a uno hasta el Cenáculo, donde días atrás se habían congregado con el Maestro. ¡Cuánto desánimo en sus conversaciones! Habían traicionado a Jesús. Hasta tal punto debió de llegar el desaliento que no faltó tal vez la idea de abandonarlo todo y volver a las cosas de antes, como si los últimos tres años hubieran sido tan solo un sueño. Sin embargo, «en el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo».

HAY ALGO diferente en las santas mujeres: han sido fieles hasta el último momento. Observaron atentamente cómo quedaba todo para, después del reposo del sábado, poder volver y terminar de embalsamar a Jesús. Es explicable el desaliento de unos y otros: todavía no eran testigos, ni los apóstoles ni ellas, de la resurrección de Cristo. A pesar de todo, no quieren dejar de prestar ese servicio. Su cariño es más fuerte que la muerte. Por otro lado, también nos gustaría ser tan valientes como José de Arimatea y como Nicodemo, que «en la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio… entonces dan la cara (…). Yo subiré con ellos –decía san Josemaría– al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor… lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones… lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar». Cuando casi nadie espera nada de Cristo, todos estos personajes de la Escritura no se encogen de hombros. No tienen nada que ganar, pueden perderlo todo, pero igualmente quieren ofrecer a Jesús su cariño. Por otro lado, el Sábado Santo no pudo ser para la Virgen un día triste, aunque sí doloroso. La fe, la esperanza, y el amor más tierno por su divino hijo le darían paz, le harían aguardar con un ansia serena la resurrección. Recordaría, entre tanto, las últimas palabras de Jesús: «Mujer, aquí tienes a tu hijo» (Jn 19,26); empezaría ya a ejercer su maternidad con aquellos hombres y aquellas mujeres que habían seguido a Cristo desde los primeros tiempos. María trataría de reanimar la fe y la esperanza de los apóstoles, recordándoles las palabras que poco tiempo atrás habían oído de labios del Señor: «Se burlarán de Él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará» (Mc 10,34). Bien claro había hablado el Señor para que, cuando llegasen los momentos de dificultad, supiesen agarrarse con fe a su palabra. Junto al recuerdo doloroso de los sufrimientos padecidos por Jesucristo, un alivio grande se apoderaría de su corazón de Madre al pensar que ya había pasado todo: «Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado».

JUNTO A LA VIRGEN, a la luz de su esperanza, se encenderían los corazones de cada uno. «¿Y si todo aquello fuese cierto?», pensaban, quizás, los apóstoles. «¿Y si de verdad resucitase Jesucristo, como había prometido?». Como en otros tiempos habían estado todos juntos alrededor del Hijo, ahora les gustaría estar cerca de la Madre. Seguramente María envió a unos y otros a buscar a los que quizá no habían aparecido al principio. Es posible que ella esperara encontrar a Tomás para consolar su corazón atemorizado. En el momento de la prueba supieron acudir a María, y «con Ella, ¡qué fácil!». Queremos apoyar nuestra fe en la suya: sobre todo cuando las cosas cuestan, cuando llegan las dificultades y los momentos de oscuridad. San Bernardo lo tenía bien experimentado: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María». Dios quiere que ella sea para nosotros abogada, madre, camino seguro para encontrar otra vez la luz en los momentos de oscuridad. Quien acude a la poderosa intercesión de santa María sabe que jamás se ha oído decir que, quienes en la Virgen confiaron, hayan quedado desamparados, por más que el momento fuese duro y grande la confusión de su alma. Podemos decirle a Jesús: «A pesar de la tristeza que podamos albergar, sentiremos que debemos esperar, porque contigo la cruz florece en resurrección, porque tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes». Junto a María, madre de la esperanza, volverá a crecer nuestra fe en los méritos de su hijo Jesús.

HOLY SATURDAY

Today the Church observes a day of silence. The body of Christ lies in the tomb, and the Church meditates in amazement about what we have done to Our Lord. She keeps silence in order to learn from the Master how to contemplate his shattered body. Each of us can and must join in this silence of the Church. And on considering that we are the ones responsible for his death, we will strive to keep our passions quiet, and also our rebellions—everything that separates us from God. But this is not mere passivity; it’s a grace God grants us when we ask for it in the presence of the dead body of his Son, determined to remove from our lives whatever distances us from Him. Holy Saturday is not a sad day. The Lord has conquered the devil and sin, and in a few hours He will also conquer death by means of his glorious Resurrection. He has reconciled us to the heavenly Father; now we are children of God! We must make resolutions that show our gratitude, certain that we can overcome all obstacles of every kind if we remain closely united to Jesus through prayer and the sacraments. The world is hungry for God, even without being aware of it. People are eager to have someone speak to them about the joyous reality of meeting the Lord, and as Christians that is our job. Let us have the courage of those two men—Nicodemus and Joseph of Arimathea—who let human respects influence them during Christ’s lifetime, but when the definitive moment came they dared to ask Pilate for the dead body of Jesus in order to bury it. Let us also have the courage of those holy women who bought the spices as soon as He died and went to embalm his body without fear of the soldiers who guarded the tomb.

At the hour of general confusion, when everyone considers it his right to insult, laugh, and scoff at Jesus, they say: Give us that body, for it is ours. With what care they take it down from the Cross, gazing in astonishment at those Wounds! Let us ask pardon, saying in the words of St. Josemaría Escrivá: “I will go with them to the foot of the Cross; I will press my arms tightly around the cold, dead body of Christ with the fire of my love. I will unnail it with my reparation and mortifications. I will wrap it in the new winding-sheet of my clean life. And I will bury it in the living rock of my breast, where no one can tear it away from me. There, Lord, take your rest!” (The Way of the Cross, xiv, 1). We can understand why they would place the dead body of the Son in the arms of the Mother before burying it. Mary alone was able to say that she understood perfectly his love for mankind, for she alone had not caused those sorrows. The most pure Virgin speaks for us; she speaks to make us react, so that we might experience her sorrow, which is conjoined to the sorrow of Christ. Let us draw from this resolutions of conversion and of apostolate, that we might identify ourselves more closely with Christ by being completely taken up with souls. Let us ask the Lord to transmit to us the salvific efficacy of his Passion and Death. Let us consider the panorama that opens before us: everyone around us is waiting for Christians to make known to them the wonders of encountering God. It is necessary that this Holy Week—and every day thereafter—be for us a qualitative leap, a decisive affirmation of the Lord that becomes the whole purpose of our lives. We have to communicate to many persons the new Life Jesus obtained by means of the Redemption. Let us go to Mary most holy, the Virgin of Solitude, the Mother of God and our Mother, “that she might help us understand”—as St. Josemaría put it—“that we must make of our lives the life and death of Christ. We must die through mortification and penance so that Christ might live in us by means of Love. Then we can follow in his footsteps with zeal to co-redeem all souls. Only if we give our lives for others can we live the life of Jesus Christ and become one with Him.”

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Opus Dei - Meditaciones: Domingo de Resurrección

AMANECE en Jerusalén. La oscuridad llenaba todo hasta que el sol empezó a iluminar las murallas, el Templo, las torres de la fortaleza… María Magdalena y otras mujeres caminan hacia el noroeste de la ciudad, hacia donde está el Calvario. Las calles están vacías. Ellas tienen la impresión de que la muerte de Jesús ha oscurecido la tierra para siempre: el sol ya no brillará como cuando su maestro estaba con ellas. Sin embargo, no les importa la falta de luz, ni la guardia apostada allí por el sanedrín, ni que Cristo lleve ya tres días muerto. No saben quién les quitará la piedra que cierra el sepulcro, pero no están dispuestas a quedarse en casa. Vuelven a pasar por los lugares por los que caminó Jesús; sus corazones se estremecen de nuevo, pero no ceden ante el miedo. «A mí me conmueve la fe de estas mujeres –decía san Josemaría–, y me trae a la memoria tantas cosas buenas de mi madre, como vosotros recordaréis también muchos detalles estupendos de la vuestra (…). Aquellas mujeres sabían de los soldados, sabían que el sepulcro estaba completamente cerrado: pero gastan su dinero, y al punto de la mañana van a ungir el cuerpo del Señor (…). ¡Hace falta ser valientes! (…). Cuando llegaron al sepulcro, repararon que la piedra estaba apartada. Esto pasa siempre. Cuando nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer, las dificultades se superan fácilmente».

Les pedimos a ellas ese amor a Jesús, más fuerte que el tremendo sufrimiento de la Pasión. En el corazón de aquellas mujeres, la hoguera que encendió el mismo Cristo no se había apagado del todo. Han madrugado y no ha sido en vano. Dios no puede resistirse a un amor así y les entrega la mejor noticia, la página definitiva en la que tienen cumplimiento todas las profecías: «“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz».

CORREN ALEGRES, aunque todavía un poco confusas, hasta el Cenáculo para anunciar a los apóstoles lo que han visto. A ellos les parece una locura lo que escuchan de labios de estas mujeres que llegan jadeantes por la carrera. Sus palabras están mezcladas con lágrimas y manifestaciones de alegría por la tensión del momento. Pedro y Juan quieren conocer todo lo referente a su maestro, aunque quizá no estén convencidos de lo que escuchan, así que salen a la carrera: «Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro» (Jn 12,4). Nosotros queremos correr con ellos y ganar incluso a Juan. ¿Y si fuera verdad lo que dicen las mujeres? ¿Y si Jesús ha cumplido lo que había prometido? Al cruzar las calles, mientras el día se abre paso, va creciendo la esperanza en los corazones de estos dos apóstoles. Podemos fijar nuestra mirada, por un momento, en san Pedro, que «no se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. (…). Este fue el comienzo de la “resurrección” de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla». Aunque, como Pedro, alguna vez hayamos negado a Jesús, también como Pedro queremos volver a estar cerca de Él: «Es el momento de renovarse, hijos míos –decía san Josemaría–; la santidad es esto: cada día renacer, cada día recomenzar. No os preocupen vuestros errores, si tenéis la buena voluntad de empezar de nuevo (…). Esos obstáculos que surgen en tu carrera, ponlos a los pies de Jesucristo, para que Él quede bien alto, para que triunfe: y tú, con Él. No te preocupes nunca, rectifica, vuelve a empezar, prueba una y otra vez, que al final, si tú no puedes, el Señor te ayudará a saltar el parapeto; el parapeto de la santidad. Este es también un modo de renovarse, es un modo de vencerse: cada día una resurrección, que sea la seguridad de que llegamos al fin de nuestro camino, que es el amor»

MARÍA, la madre de Jesús, no ha ido esta mañana al sepulcro. Se ha quedado en casa y quizá sonríe por dentro. Nadie, salvo ella, ha logrado aceptar realmente el plan de Dios Padre; los demás «no entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos» (Jn 12,10). María estaba acostumbrada a guardar las palabras de Jesús en su corazón: desde aquel viernes de dolor, ella había tratado de concentrarse en las maravillas que Jesús había dicho y hecho. Vendrían posiblemente a su corazón aquellas palabras misteriosas hablando de la resurrección al tercer día. A ella, ya nada de su Hijo le sorprendía. Para nosotros, a más de dos mil años de los sucesos que estamos contemplando, el Viernes Santo y la Resurrección de Jesús siguen dando fuerza y sentido a nuestra vida. Por eso, «las cosas todas de la tierra tienen la importancia que les queramos dar. Todo lo que pase aquí abajo, si estamos endiosados, no nos turbará. Cuando, a causa de nuestra flaqueza y de nuestros errores, damos categoría a esas pequeñeces y sufrimos, es porque queremos. Pegados al Señor, estamos seguros. Unidos a la Cruz de Cristo, a la gloria de la Resurrección y al fuego de Pentecostés, todo se supera». A san Josemaría le gustaba saberse muy cerca de la Virgen, especialmente durante la alegría pascual, «siempre seguros en la victoria de la Resurrección». Al rezar el Regina Coeli podremos arrancar muchas sonrisas de nuestra Madre, santamente orgullosa de sus hijos recién nacidos, renovados por la Pascua. «Gózate, Virgen María», le diremos, con la ilusión de unirnos a ese gozo, sabiendo que Jesús se ha quedado con nosotros para siempre.

EAESTER SUNDAY: “The Lord’s triumph”

Lumen Christi! The light of Christ! These are the words that the Church makes resound in our ears at the start of the Easter Vigil, which begins in the darkness of the night. Lumen Christi! This is repeated three times, while the candles of those participating in the liturgical celebration are being lit. The light of Christ opens up a path through the darkness of sin and death. Jesus has risen! This is the joyful message that we will soon receive once again. Over the past days we have been meditating on Jesus’ total self-giving for us, from the institution of the Eucharist at the Last Supper to his death on the Cross. Now we see that the darkness of Calvary is not the final word. The holy women, who had the strength to accompany our Lord in his Passion, lead the way towards the light of the Resurrection. Jesus rewards the love that moved them to want to embalm his Body, and makes them the first bearers of the joy of Easter.

The news of the Resurrection offers us, like the holy women, new light for our lives during this time, which is so painful for all humanity. Saint Paul reminds the Romans that we Christians are united to our Lord’s death “so that, just as Christ was raised from among the dead by the glory of the Father, so we too might walk in newness of life” (Rom 6:4). Easter announces to us that we are not tied down by our past sins, by the weight of our previous mistakes. Nor are we tied down by the limitations we can see in our lives, or by situations, however difficult, like those of the present time. And so the Apostle repeats again: “Consider yourselves dead to sin and alive to God in Christ Jesus” (Rom 6:11). As we commemorate the Resurrection of Jesus, we want to respond to this invitation of our Lord to “walk in newness of life.”

But what newness are we talking about? The rhythm of our lives is marked by the same things repeated over and over again: the same work, the same places, the same people. Perhaps we have noticed this even more clearly at this time, if we have been obliged to remain at home because of the pandemic. What is the sense of newness that Easter brings? It is the light of faith that illumines our lives, and that is enlivened by charity and sustained by hope. As Saint Josemaria said: “This certainty which the faith gives enables us to look at everything in a new light. And everything, while remaining exactly the same becomes different, because it is an expression of God’s love.” Yes, by faith we know that Jesus is walking at our side in our daily life, revealing to us its true meaning and value. Faith leads us to find Jesus waiting for us, perhaps in a request by someone in our family, or in a favor we can do for a neighbor, or in a call to someone who is feeling lonely…

Through faith we know that work done for love is always valuable, because it becomes an offering to our Father, God. Perhaps right now we realize that so many things are beyond our control, and that we cannot rely on our own strength alone to achieve our goals. Perhaps a temptation to discouragement is beginning to creep in. Remembering that the Risen Jesus is at our side will help us as we are struggling to work in trying circumstances, thinking of our family and the whole world. If we are working with Christ, all our efforts are meaningful, even when we do not achieve the results we were hoping for, because the echo of the deeds we do for love always reaches Heaven. After announcing the news of Jesus’ Resurrection to the holy women, the angel adds: “But go, tell his disciples and Peter that he is going ahead of you to Galilee; there you will see him, just as he told you” (Mk 16:7). The disciples are to return to Galilee, to the place where everything began, to the land through which they had daily travelled with the Master during the years of his preaching.

The same call is addressed to us: to go back to our Galilee, to our daily life, but bringing to it the light and the joy of Easter. Pope Francis reminded us of this a few years ago: “To return to Galilee means above all to return to that blazing light with which God’s grace touched me at the start of the journey. From that flame I can light a fire for today and every day, and bring heat and light to my brothers and sisters.” How much it helps us, in difficult moments, to remember the times when our Lord made his presence felt in our lives, and to renew our trust in Him. Let us accept our Lord’s invitation. Let us often consider the meaning of the joy of Easter – a joy that is compatible with suffering. And let us receive the light He wants to give us and share it with those around us. Like the holy women, let us announce joyfully the truth that Christ is alive. And may that conviction be reflected in our lives: in the serenity, the hope and the charity with which we want to imbue each of our days. To do so, let us turn to our Lady’s intercession. On the day of the Resurrection we see her radiant with joy at her Son’s return. That moment will also arrive for each of us, and by God’s power, if we are faithful, we will live forever in Christ Jesus.

Una propuesta para Cuaresma: confesarse y convertirse

Hace años, el Papa Francisco obsequió a los fieles en la Plaza de San Pedro un folleto especial titulado “Custodia el corazón”, que fue entregado por varios indigentes de Roma y que tiene una serie de importantes recursos para el camino de conversión hacia la Semana Santa.

El Papa: “El centro de la confesión no son los pecados, sino el amor que  recibimos” - Vatican News

Entre los distintos recursos planteados por el Santo Padre está un examen de conciencia de 30 preguntas para hacer una buena confesión, así como una breve explicación sobre las razones para acudir al sacramento.

A la pregunta ¿por qué confesarse?, el folleto contesta: “¡porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios”.

Para confesarse, prosigue el texto, es necesario comenzar “por la escucha de la voz de Dios” seguido del “examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada”.

CONFESIÓN Y PERDÓN DE LOS PECADOS

Por qué confesarse

¡Porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios. Puesto que el pecado de uno solo daña al cuerpo de Cristo que es la Iglesia, el sacramento tiene también como efecto la reconciliación con los hermanos.

Cómo confesarse

No es siempre fácil confesarse: no se sabe que decir, se cree que no es necesario dirigirse al sacerdote…Tampoco es fácil confesarse bien: hoy como ayer, la dificultad más grande es la exigencia de orientar de nuevo nuestros pensamientos, palabras y acciones que, por nuestra culpa, nos distancian del evangelio. Es necesario «un camino de auténtica conversión, que lleva consigo un aspecto “negativo” de liberación del pecado, y otro aspecto “positivo” de elección del bien enseñado por el Evangelio de Jesús. Este es el contexto para la digna celebración del sacramento de la Penitencia. El camino a recorrer, comienza por la escucha de la voz de Dios y prosigue con el examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada.

Qué confesar

«El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves que no ha confesado aún y de los que se acuerde, tras examinar cuidadosamente su
conciencia. La confesión de las faltas veniales, está recomendada vivamente por la Iglesia». (Catecismo de la Iglesia Católica, 1493)

La confesión, «un sacramento incomprendido»

El examen de conciencia propuesto por el Papa Francisco

En relación a Dios

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? ¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? ¿Me revelo contra los designios de Dios? ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

En relación al prójimo

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? ¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? ¿Soy envidioso, colérico, o parcial? ¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos? ¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? ¿Incito a otros a hacer el mal? ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? ¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? ¿Honoro a mis padres? ¿He rechazado la vida recién concebida? ¿He colaborado a hacerlo? ¿Respeto el medio ambiente?

En relación a mí mismo

¿Soy un poco mundano y un poco creyente? ¿Cómo, bebo, fumo o me divierto en exceso? ¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? ¿Cómo utilizo mi tiempo? ¿Soy perezoso? ¿Me gusta ser servido? ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? ¿Nutro venganzas, alimento rencores? ¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

Acto de contrición

Jesús, mi Señor y Redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar y confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis pecados, y me has de llevar a la vida eterna.

Cuaresma: intervenciones del Papa Francisco

Miércoles de ceniza 2021: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2021-02/papa-miercoles-cenizas-volvamos-al-padre-hijo-y-espiritu-santo.html

Mensaje para Cuaresma 2021: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2021/02/12/mens.html

https://press.vatican.va/content/salastampa/en/bollettino/pubblico/2021/02/12/210212a.html

Pasajes evangélicos de la Pasión y muerte del Señor

San Juan fue el único apóstol que acompañó al Señor en sus últimas horas. En el final de su Evangelio cuenta lo que vio. Ofrecemos esos pasajes evangélicos en audio: el prendimiento de Jesús; el juicio de Pilatos; la crucifixión y muerte de Jesús; y, la resurrección de Cristo.

Opus Dei - Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo

Prendimiento de Jesús

Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entró él con sus discípulos. Judas, el que le había de entregar, conocía el lugar, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos. Entonces Judas, tomando la cohorte y los servidores de los pontífices y de los fariseos, vino allí con linternas, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que le iba a ocurrir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús les contestó: Yo soy. Judas, el que le había de entregar, estaba con ellos. Cuando les dijo «yo soy», retrocedieron y cayeron por tierra. Les preguntó de nuevo: ¿A quién buscáis? Ellos respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús contestó: Os he dicho que yo soy; si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. Así se cumplió la palabra que había dicho: No he perdido ninguno de los que me diste.

Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, golpeó a un siervo del Pontífice y le cortó la oreja derecha. El nombre del siervo era Malco. Jesús dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina. ¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?

Entonces la cohorte, el tribuno y los servidores de los judíos prendieron a Jesús y le ataron.

Y le condujeron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, Sumo Pontífice aquel año. Caifás fue el que había aconsejado a los judíos: Conviene que un hombre muera por el pueblo.

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del Sumo Pontífice y entró con Jesús en el atrio del Sumo Pontífice. Pedro, sin embargo, estaba fuera a la puerta. Salió entonces el otro discípulo que era conocido del Sumo Pontífice, habló a la portera e introdujo a Pedro. La muchacha portera dijo a Pedro: ¿No eres también tú de los discípulos de este hombre? El respondió: No lo soy. Estaban allí los servidores y criados, que habían hecho fuego, pues hacía frío, y se calentaban. Pedro también estaba con ellos calentándose.

El Sumo Pontífice interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo he hablado abiertamente al mundo, he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde todos los judíos se reúnen, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me oyeron de qué les he hablado: ellos saben lo que he dicho. Al decir esto, uno de los servidores que estaba allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así respondes al Pontífice? Jesús le contestó: Si he hablado mal, declara ese mal; pero si bien, ¿por qué me pegas? Entonces Anás le envió atado a Caifás, el Sumo Pontífice.

Simón Pedro estaba calentándose y le dijeron: ¿No eres tú también de sus discípulos? El lo negó y dijo: No lo soy. Uno de los criados del Sumo Pontífice, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ¿Acaso no te vi yo en el huerto con él? Pedro negó de nuevo, e inmediatamente cantó el gallo.

Condujeron a Jesús de Caifás al pretorio. Era muy de mañana. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua.


Jucio de Pilatos

Entonces Pilato salió fuera donde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? Le respondieron: Si éste no fuera malhechor no te lo hubiéramos entregado. Les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le respondieron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie. Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho al señalar de qué muerte había de morir.

Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato respondió: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: ¿Luego, tú eres Rey? Jesús contestó: Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pilato le dijo: ¿Qué es la verdad? Dicho esto, se dirigió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Hay entre vosotros la costumbre de que os suelte uno por la Pascua, ¿queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces gritaron de nuevo: A éste no, a Barrabás. Barrabás era un ladrón.

Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura. Y se acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas.

Pilato salió de nuevo fuera y les dijo: He aquí que os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en él culpa alguna. Jesús, pues, salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: He aquí al hombre. Cuando le vieron los pontífices y los servidores, gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: Tomadlo vosotros y crucificadlo pues yo no encuentro culpa en él. Los judíos contestaron: Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios.

Cuando oyó Pilato estas palabras temió más. Y entró de nuevo en el pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna. Pilato le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte? Jesús respondió: No tendrías poder alguno contra mí, si no se te hubiera dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado. Desde entonces Pilato buscaba cómo soltarlo. Pero los judíos gritaban diciendo: Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César.

Pilato, al oír estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Era la Parasceve de la Pascua, hacia la hora sexta, y dijo a los judíos: He ahí a vuestro Rey. Pero ellos gritaron: Fuera, fuera, crucifícalo. Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey voy a crucificar? Los pontífices respondieron: No tenemos más rey que el César. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Crucifixión y muerte de Jesús

Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Los pontífices de los judíos decían a Pilato: No escribas el Rey de los judíos, sino que él dijo: Yo soy Rey de los judíos. Pilato contestó: Lo que he escrito, escrito está.

Los soldados, después de crucificar a Jesús, tomaron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y aparte la túnica; pues la túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces entre sí: No la rasguemos, sino echémosla a suerte a ver a quién le toca. Para que se cumpliera la Escritura que dice: Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica. Y así lo hicieron los soldados.

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrantarán ni un hueso. Y también otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor a los judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y retiró su cuerpo. Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, vino también trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido sepultado nadie. Como era la Parasceve de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.


Resurrección de Cristo

El día siguiente al sábado, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro; entonces echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos. Los discípulos se volvieron de nuevo a casa.

María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les respondió: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.

A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído.

Muchos otros milagros hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Estos, sin embargo, han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El Papa en Domingo de Ramos: ¡Ánimo! Abre el corazón a Dios y sentirás su consuelo

Pope on Palm Sunday: Don’t think about what you lack, but of the good you can do

En la Misa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano en este Domingo de Ramos, el Papa Francisco reconoció que ante el drama de la pandemia del coronavirus, COVID19, Jesús dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.

“Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: ‘Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene’”, alentó el Papa.

El Santo Padre presidió este 5 de abril la Eucaristía en el interior de la Basílica de San Pedro del Vaticano, y no en la Plaza como es tradicionalmente, debido a las medidas adoptadas por las autoridades italianas ante la pandemia del coronavirus, COVID19.

En esta ceremonia que dio inicio a la Semana Santa, el Papa Francisco caminó de la sacristía hasta el altar de la cátedra en donde se llevó a cabo el tradicional rito del Domingo de Ramos, allí, el Papa bendijo simbólicamente unos olivos en macetas que estaban colocados frente al altar, pero no se realizó ninguna procesión con ramos, ni hubo tampoco procesión en el ofertorio.

Además, el Santo Padre bendijo con el incienso las dos imágenes que estuvieron presentes en el momento extraordinario de la Bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo: el ícono bizantino de la Salus Populi Romani y el Crucifijo de San Marcelo.

Imitar ejemplo de servicio de Jesús

En su homilía, el Pontífice recordó que “el Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono” y añadió que “Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó”.

Por ello, el Santo Padre señaló que “cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, para decirte: ‘No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado’, indicó.

Verdaderos héroes que salen a la luz en estos días

Además, el Papa dirigió un mensaje especial a los jóvenes con ocasión de la 35º Jornada Mundial de la Juventud a nivel diocesano con el tema “¡Joven, a ti te digo, levántate!” (Lc 7,14) en que los animó a mirar “a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días” porque “no son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”.

“Siéntanse llamados a jugarse la vida. No tengan miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganarán! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Como lo hizo Jesús por nosotros”, expresó el Papa.

En esta línea, el Santo Padre invitó a reflexionar en “¿cómo nos sirvió el Señor?” ya que “dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio” y agregó que “su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal”.

“Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final”, afirmó.

Traición y abandono

Al referirse al relato del Evangelio de la pasión de Jesucristo, el Pontífice explicó que “el Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono”.

Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor”.

Por ello, animó a examinarnos interiormente porque “si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos”.

“El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas”.

En este sentido, el Papa animó a mirar el Crucifjo para meditar en que Jesús “nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: ‘Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome… Por eso, ¡sigo adelante!’”.

“Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece”, recordó Francisco.

Pedir la gracia de vivir para servir

Luego, el Santo Padre explicó -refiriéndose a la pandemia del coronavirus- que “el drama que estamos atravesando nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor.”

“De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer”, animó.

Por último, el Papa Francisco destacó que “el Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva la vida”, concluyó.

HERRAMIENTAS PARA VIVIR UNA BUENA SEMANA SANTA

Regala comida a los camioneros pese al cierre del restaurante

EL HACHO

Termos de café y leche, bebidas, bocadillos y dulces son el oasis de los transportistas después de miles de kilómetros sin encontrar un local abierto. Un bar de carretera decidió que, pese al confinamiento, seguiría sirviendo a quienes evitan que España se quede sin alimentos.

El Hacho es un hostal bar restaurante de carretera situado a la altura del kilómetro 110 en la A-2, en Lora de Estepa (Sevilla). Lo conocen bien los camioneros que hacen la ruta de norte a sur cruzando España. Lo fundó Jesús, el abuelo de la familia, hace unos 35 años.

El sábado día 14 el Gobierno español decretó el estado de emergencia y ordenó el cierre de todos los establecimientos de restauración como medida para frenar el contagio del coronavirus. A la familia que regenta El Hacho no le quedó más remedio que cumplir la ley.

“No los íbamos a dejar tirados ahora”

Pero no se conformaron con eso: “Son muchos años de atender a los camioneros, así que ahora no los íbamos a dejar tirados”, explica Jessica, miembro de la familia que regenta el negocio. Ella es parte del equipo que ha quedado al pie del cañón.

Autoservicio gratuito

Se les ocurrió colocar una camioneta tipo “food truck” frente al bar restaurante y llenarla de termos de café y leche caliente, dulces y bebidas en un refrigerador, agua para infusiones, patatas fritas… lo indispensable para dar comida a los camioneros. El servicio es gratuito.

EL HACHO
Los camioneros pueden servirse café caliente, leche o agua caliente para infusiones que el bar repone las 24 horas del día.

Saben que ahora los transportistas, en sus largas rutas, no encuentran ni un bar donde tomar un café o ir al baño. “Algunos vienen del norte de España o incluso del sur de Francia. Llevan muchas horas sin probar bocado y al menos aquí les servimos un tentempié. Cada uno puede servirse lo que quiere”. Un cartel lo dice claro: “No admitimos dinero. Gracias”.

EL HACHO
En la camioneta han instalado refrigerador y microondas.

Agradecimiento por parte de los camioneros

Los camioneros que se han encontrado este regalo, lo agradecen infinitamente. “Nos han dejado notas dando las gracias. Uno, por ejemplo, decía ‘Gracias, Jesús y familia’. Jesús era mi abuelo y fue el que fundó el bar. Emociona ver que esto es un servicio que les sostiene y les da un poquillo de descanso para seguir trabajando”.

“No puedo abrirles el baño -añade David Borrego, uno de los hermanos- porque está prohibido, pero al menos saben que estamos con ellos también en esta época tan difícil”. El primer día del estado de emergencia David veía a los camioneros que paraban y llamaban a los cristales pidiendo entrar. Se le rompió el corazón. Decidió entonces inventar el autoservicio desde la camioneta y en los cristales colocó carteles. Uno dice: «Estamos con los camioneros. Esta lucha es de todos. No podemos abrir, pero sí apoyar». En el otro se lee: «Autoservicio gratis. Coja lo que necesite. Estamos aquí las 24 horas».

EL HACHO
Carteles en los cristales: todo está preparado para servir desinteresadamente a los camioneros.

De 15 trabajadores a 4

“Nosotros éramos 15 personas trabajando en el restaurante y al tener que cerrar el restaurante ahora hemos quedado 4, pero nos turnamos para reponer la camioneta y que no falte nada la 24 horas del día”.

“Lo seguiremos haciendo el tiempo que haga falta“, afirma Jessica.

Entre las notas de agradecimiento, una estampa de la Virgen

Cuenta que “hace unos días, al reponer la camioneta, encontramos entre las notas también una estampita de la Virgen. Lee el pie de foto: ‘Hermandad Salesiana de Nuestro Padre Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén La Borriquita de La Palma del Río‘. Si una borriquita fue el transporte de Jesús el Domingo de Ramos y este año el paso no podrá salir en la procesión, viaja por las carreteras del país aportando lo que se necesita. “Aquí paran camiones de fruta, carne, verdura, medicamentos…”, dice Jessica. Y apostilla: “Estamos muy contentos de seguir haciéndolo cada día”.

HERMANDAD LA BORRIQUITA
Estampa de la Virgen de la Hermandad de La Borriquita, de la Palma del Río.

Al conocer la iniciativa de este restaurante, varias empresas de la zona han querido sumarse a esta ayuda y contribuyen con sus productos: Goloestepa les aporta patatas fritas, la confitería Camacho Romero los dulces, Aguas Danone sirve botellines y una pizzería también colabora.

Aunque el tráfico ha descendido, no paran de llegar camiones. Mucho de ellos tocan el claxon en señal de agradecimiento y al equipo de 4 eso le confirma que lo que están haciendo tiene todo el sentido del mundo.

Articulo de Dolors Massot; https://es.aleteia.org/2020/03/26/regala-comida-a-los-camioneros-pese-al-cierre-de-su-restaurante/

UN EXAMEN DE CONCIENCIA COMPLETO PARA JÓVENES

Algunos habéis pedido un examen de conciencia que sea completo para preparar bien la Cuaresma y la Semana Santa.

Resultado de imagen de jovenes con el papa

Está dirigido a jóvenes estudiantes o que trabajen, que aún no se han casado. En el caso de que estés casada o casado, se debería añadir la parte correspondiente a las obligaciones en un matrimonio que hacer referencia a esas relaciones en que ha de haber generosidad, amor y perdón. Además de estar abiertos a recibir nuevas vidas.

EXAMEN DE CONCIENCIA

1. ¿Creo todo lo que Dios ha revelado y nos enseña la Iglesia Católica? ¿He dudado o negado las verdades de la fe católica? ¿Doy testimonio de Él? ¿Tengo en El una fe y una confianza firme y completa?

2. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde mi última confesión bien hecha? ¿Olvidé confesar algún pecado grave?

3. ¿Me he desesperado, llegando a dudar de la bondad de Dios, de su justicia, de sus promesas y de su misericordia? ¿He tentado a Dios, o sea que lo he puesto a prueba, dudando de su palabra, o de su obra, o de su bondad, o de su omnipotencia, o de su amor o poder?

4. ¿He sido indiferente, despreciando la acción y la fuerza de Dios en mi vida? ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios? ¿Cuido de formarme para conocer mejor la fe? ¿Me acuerdo del Señor a lo largo del día? ¿Rezo en algún momento de la jornada? ¿He procurado ofrecerle el trabajo o estudio y darle gracias en oración al levantarme y al acostarme?
¿He hecho las cosas que requieren sacrificio, – con verdadero amor – y ofreciéndoselas al Señor?

5. ¿He tomado el nombre de Dios en vano o he blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad? ¿He mostrado falta de respeto por las personas, lugares o cosas santas? ¿He hecho espiritismo o he confiado en adivinos, supersticiones, hechicerías, etc.?

6. ¿He faltado voluntariamente a Misa algún domingo o día de precepto? ¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave? ¿He cumplido los días de ayuno y abstinencia?

¿Me he distraído voluntariamente durante la Eucaristía, y/o he asistido físicamente, pero con el “corazón y la mente en otro lugar”? ¿He guardado la disposición del ayuno una hora antes del momento de comulgar?

7. ¿Hay cosas de mi vida actual o pasada que me pesan y que nunca he querido confesar por temor o vergüenza?

8. ¿Manifiesto respeto y cariño a mis padres y familiares? ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida de familia? ¿Me he preocupado de la formación religiosa y moral de las personas que viven en mi casa o que dependen de mí? ¿He tenido un desordenado afán de independencia, que me lleva a recibir mal las indicaciones de mis padres, simplemente porque me lo mandan? ¿Me doy cuenta que esta reacción está causada por la soberbia?

9. ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿He tenido malas contestaciones, impaciencia o celos? ¿Me he enfadado? ¿He albergado rencores o he estado poco dispuesta a perdonar? ¿Les corrijo con cólera o injustamente?

10. ¿Contribuyo con mi palabra o mi silencio a las críticas y a la murmuración? ¿He hecho daño a otros de palabra o de obra? ¿He pedido perdón? ¿He juzgado sin tener suficientes datos sobre la actitud de la otra persona?

11. ¿Procuro trabajar/estudiar bien, con profesionalidad, buscando mi santidad? ¿Permito que mi trabajo o estudio ocupe tiempo y energías que corresponden a mi familia y/o amigos?

12 ¿Sé servir a los demás? ¿Cuido especialmente a los enfermos, mayores o más necesitados? ¿Doy de mi tiempo a otros cuando lo necesitan?

13. ¿Me he embriagado, bebido con exceso o tomado drogas? ¿He descuidado mi salud? ¿He sido imprudente en la conducción de vehículos?

14. ¿He sido perezoso en el cumplimiento de mis deberes? ¿Retraso con frecuencia el momento de levantarme, ponerme a estudiar o trabajar? ¿Tengo dependencia o adicción en el uso de las redes sociales o la televisión?. Antes de asistir a un espectáculo o de leer un libro, ¿procuro enterarme de su calificación moral?

15. ¿He consentido pensamientos o deseos impuros? ¿He faltado a la castidad por lujuria? (deseo o goce desordenado del placer sexual) ¿Por masturbación? ¿Por pornografía? (actores, comerciantes, publico)? ¿Hago uso de anticonceptivos?

16. ¿Me pongo en ocasión de ofender a Dios dejándome llevar por la curiosidad y la sensualidad al utilizar internet? ¿He sido causa de que otros pecasen por mi conversación, mi modo de vestir, mi asistencia a algún espectáculo? ¿He tratado de reparar el escándalo?

17. ¿Procuro rodearme de personas que no me inciten a ambientes impuros y a cometer actos impuros?

18. ¿He dicho siempre la verdad? ¿He dicho mentiras con la intención de engañar? ¿He dañado la reputación de alguien, con actitudes o palabras injustas? ¿He faltado contra la verdad por vanagloria o jactancia; o por ironía?

¿He escuchado conversaciones contra la voluntad de los que la mantenían? ¿He abierto o leído correspondencia u otros escritos contra la voluntad de sus dueños? ¿He hablado mal de los demás; con el pretexto de que me contaron o de que se dice por ahí?

19. ¿He robado o engañado a alguien? ¿En su caso, he restituido o reparado? ¿He malgastado el dinero innecesariamente? ¿Doy limosna según mi posición? ¿Cumplo las leyes y pago los impuestos?

20. ¿He codiciado o deseado enfermizamente los bienes ajenos? ¿He caído en la avaricia, o sea la pasión inmoderada por las riquezas materiales, y el poder sobre ellas?
¿He sentido envidia, o sea, he sentido como “tristeza” ante el bien o el triunfo de los demás, y un deseo desordenado de poseer u obtener lo mismo, aunque sea en forma indebida?

21. ¿Me preocupo de influir –con naturalidad y sin respetos humanos– para hacer más cristiano el ambiente a mi alrededor? ¿Sé defender a Cristo y a la doctrina de la Iglesia? ¿Hago el propósito de plantearme más en serio mi formación cristiana y mis relaciones con Dios?

«¿Cómo le gustaría a Dios que fuera Notre Dame?»

Cuando Fran vio arder la catedral de París pensó que debía hacer algo. Ahora, su diseño para la restauración de Notre Dame ha sido seleccionado entre los mejores del mundo. Es el único español que ha conseguido entrar en la selección final, que se resolverá el próximo verano.

Fran consiguió el Reddot Award 2018, considerado como un verdadero Óscar del diseño

Fran es ingeniero de Diseño Industrial y vive en Nules (Castellón). A pesar de su juventud -apenas tiene 30 años-, sus trabajos le han aupado ya a lo más alto del podio del diseño mundial.

Ha cosechado premios y nominaciones, el más codiciado de todos el Reddot Award 2018, considerado como un verdadero Óscar del diseño. El jurado se lo otorgó por la primera grifería solid surface fusionada con encimera del mismo material, que facilita la limpieza y elimina riesgos de averías. Su proyecto para la restauración de la Catedral Notre Dame de París ha sido seleccionado recientemente como uno de los mejores del mundo por la plataforma mundial de arquitectura GoArchitect.

Siendo niño ya apuntaba maneras, y ganó varios concursos de dibujo. Sorprendió a todos con una felicitación navideña en la que se le ocurrió pintar de memoria la fachada del templo de la Sagrada Familia de Gaudí, que acababa de visitar con sus padres.

Sin embargo, en el colegio no iba bien de notas hasta que un profesor acertó a orientarle: “a ti te iría bien una ingeniería de diseño”. Un mundo se abrió en su mente juvenil y todo cambió. Llegaron las buenas calificaciones.

Fran no es del Opus Dei pero está muy agradecido por lo que ha recibido a lo largo de su vida de esta institución: “Mi promoción era la más revoltosa que ha pasado por el colegio, y yo el peor. Pero supieron darnos una emoción y un porqué de las cosas, aunque entonces no nos dábamos cuenta. Ahora sí. La formación que recibí en el colegio Miralvent, la que me han dado mis padres, que son supernumerarios del Opus Dei, y la que ahora recibo yo en un Centro, me ayudan a dar sentido cristiano a mi actividad diaria… no hay dinero para pagar todo eso. Los que la hemos recibido y la seguimos recibiendo no sabemos lo que tenemos”.

De su padre, un médico cirujano conocido y querido en toda la comarca, y de su madre, resalta dos virtudes: se desviven por los demás, y nunca se quejan. “Viéndoles trabajar a todas horas para hacer favores (familiares, económicos, médicos…) a personas muy diversas, he aprendido que el trabajo tiene sentido si sirve para resolver problemas a la gente”.Sin embargo, en el colegio no iba bien de notas hasta que un profesor acertó a orientarle: “a ti te iría bien una ingeniería de diseño”Sin embargo, en el colegio no iba bien de notas hasta que un profesor acertó a orientarle: “a ti te iría bien una ingeniería de diseño”

“Mi padre ayuda tanto a la gente desde siempre que le han dedicado una calle, con el voto unánime de todos los partidos. Cuando se inauguró, con toda naturalidad explicó que ese enfoque del trabajo como servicio es lo que había aprendido en el Opus Dei. La gente le quiere mucho, porque además es risueño, sabe quitar hierro a los problemas, ayuda sin darse importancia”, considera Fran.

Nada más acabar la carrera, Fran comenzó a trabajar en una conocida industria cerámica de Castellón. Y pronto se independizó. “En casa aprendí que el trabajo sirve si resuelves problemas a los demás. Y eso lo aplico al diseño: busco hacer cosas que faciliten la vida y el trabajo a la gente, y además sean bonitas”.

El impacto de Notre Dame

“Para mí el incendio de Notre Dame fue como el 11-S. Me impactó. Como tantos otros tuve un cierto sentimiento de orfandad si aquello no se apagaba pronto y si no se recuperaba bien… Y me puse a darle vueltas a la posible restauración. Se había generado un problema, ¿y yo no podría hacer algo?”, rememora.

Ese mismo día comenzó a trazar líneas con posibles soluciones respetuosas con el significado original de la catedral, levantada en su día para honrar a la Virgen, con mucho arte y una sorprendente capacidad técnica para la época. “Quienes hicieron Notre Dame eran muy buenos profesionales, y además hombres de fe: entras en la catedral y te sientes elevado hacia Dios”, señala.Descargó planos, estudió a fondo la situación e ideó un diseño moderno, técnicamente viable y plenamente integrado con el estilo de la CatedralDescargó planos, estudió a fondo la situación e ideó un diseño moderno, técnicamente viable y plenamente integrado con el estilo de la Catedral

Cuando poco después el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, anunció que se abría un concurso para la restauración de Notre Dame, Fran no se lo pensó. Descargó planos, estudió a fondo la situación e ideó un diseño moderno, técnicamente viable y plenamente integrado con el estilo de la Catedral.

“El templo es un lugar de oración, y la oración requiere un ámbito recogido y sencillo, no admite extravagancias ni personalismos que distraigan de lo esencial, que es el culto divino -mantiene. No soy partidario de soluciones que rompan la armonía original de Notre Dame y que sólo busquen la notoriedad del nuevo diseñador”.

Fran ha recibido como un regalo del cielo que su proyecto haya sido seleccionado entre los mejores de entre los varios cientos que se presentaron. Quedó abrumado cuando empezaron a llamarle los medios de comunicación ante la noticia, porque además era el único español seleccionado.

“Eso ha sido ya un premio. Lo importante es estar en marcha, en ‘la parrilla de salida’, como dice el papa Francisco. Si ves un problema, intenta ayudar a solucionarlo, no te quedes parado. Eso lo he aprendido también en el Opus Dei: no es cristiano quedarse en casa cuando fuera hay un problema. Y Dios no nos pide éxitos, sólo que lo intentemos, que hagamos lo que podamos…”.

https://opusdei.org/es-es/article/proyecto-reconstruccion-notre-dame/

NAVIDAD 2019:Homilía del Papa Francisco en Misa de Nobebuena y Mensaje y Bendición Urbi et orbi

Homilía del Papa Francisco en Misa de Nobrebuena y Mensaje Urbi et orbe

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Esta profecía de la primera lectura se realizó en el Evangelio. De hecho, mientras los pastores velaban de noche en sus campos, «la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). En la noche de la tierra apareció una luz del cielo. ¿Qué significa esta luz surgida en la oscuridad? Nos lo sugiere el apóstol Pablo, que nos dijo: «Se ha manifestado la gracia de Dios». La gracia de Dios, «que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11), ha envuelto al mundo esta noche.

Pero, ¿qué es esta gracia? Es el amor divino, el amor que transforma la vida, renueva la historia, libera del mal, infunde paz y alegría. En esta noche, el amor de Dios se ha mostrado a nosotros: es Jesús. En Jesús, el Altísimo se hizo pequeño para ser amado por nosotros. En Jesús, Dios se hizo Niño, para dejarse abrazar por nosotros. Pero, podemos todavía preguntarnos, ¿por qué san Pablo llama “gracia” a la venida de Dios al mundo? Para decirnos que es completamente gratuita. Mientras que aquí en la tierra todo parece responder a la lógica de dar para tener, Dios llega gratis. Su amor no es negociable: no hemos hecho nada para merecerlo y nunca podremos recompensarlo.

Se ha manifestado la gracia de Dios. En esta noche nos damos cuenta de que, aunque no estábamos a la altura, Él se hizo pequeñez para nosotros; mientras andábamos ocupados en nuestros asuntos, Él vino entre nosotros. La Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre, incluso al peor. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”. Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente. Este es el regalo que encontramos en Navidad: descubrimos con asombro que el Señor es toda la gratuidad posible, toda la ternura posible. Su gloria no nos deslumbra, su presencia no nos asusta. Nació pobre de todo, para conquistarnos con la riqueza de su amor.

Se ha manifestado la gracia de Dios.Gracia es sinónimo de belleza. En esta noche, redescubrimos en la belleza del amor de Dios, también nuestra belleza, porque somos los amados de Dios. En el bien y en el mal, en la salud y en la enfermedad, felices o tristes, a sus ojos nos vemos hermosos: no por lo que hacemos sino por lo que somos. Hay en nosotros una belleza indeleble, intangible; una belleza irreprimible que es el núcleo de nuestro ser. Dios nos lo recuerda hoy, tomando con amor nuestra humanidad y haciéndola suya, “desposándose con ella” para siempre.

De hecho, la «gran alegría» anunciada a los pastores esta noche es «para todo el pueblo». En aquellos pastores, que ciertamente no eran santos, también estamos nosotros, con nuestras flaquezas y debilidades. Así como los llamó a ellos, Dios también nos llama a nosotros, porque nos ama. Y, en las noches de la vida, a nosotros como a ellos nos dice: «No temáis» (Lc 2,10). ¡Ánimo, no hay que perder la confianza, no hay que perder la esperanza, no hay que pensar que amar es tiempo perdido! En esta noche, el amor venció al miedo, apareció una nueva esperanza, la luz amable de Dios venció la oscuridad de la arrogancia humana. ¡Humanidad, Dios te ama, se hizo hombre por ti, ya no estás sola!

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué hacer ante esta gracia? Una sola cosa: acoger el don. Antes de ir en busca de Dios, dejémonos buscar por Él, porque Él nos busca primero. No partamos de nuestras capacidades, sino de su gracia, porque Él es Jesús, el Salvador. Pongamos nuestra mirada en el Niño y dejémonos envolver por su ternura. Ya no tendremos más excusas para no dejarnos amar por Él: Lo que sale mal en la vida, lo que no funciona en la Iglesia, lo que no va bien en el mundo ya no será una justificación. Pasará a un segundo plano, porque frente al amor excesivo de Jesús, que es todo mansedumbre y cercanía, no hay excusas. La pregunta que surge en Navidad es: “¿Me dejo amar por Dios? ¿Me abandono a su amor que viene a salvarme?”.

Un regalo así, tan grande, merece mucha gratitud. Acoger la gracia es saber agradecer. Pero nuestras vidas a menudo transcurren lejos de la gratitud. Hoy es el día adecuado para acercarse al sagrario, al belén, al pesebre, para agradecer. Acojamos el don que es Jesús, para luego transformarnos en don como Jesús. Convertirse en don es dar sentido a la vida y es la mejor manera de cambiar el mundo: cambiamos nosotros, cambia la Iglesia, cambia la historia cuando comenzamos a no querer cambiar a los otros, sino a nosotros mismos, haciendo de nuestra vida un don.

Jesús nos lo manifiesta esta noche. No cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Tampoco nosotros podemos esperar que el prójimo cambie para hacerle el bien, que la Iglesia sea perfecta para amarla, que los demás nos tengan consideración para servirlos. Empecemos nosotros. Así es como se acoge el don de la gracia. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad.

Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y le puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos.

Querido hermano, querida hermana: Si tus manos te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad.

El Papa Francisco impartió la tradicional Bendición “Urbi et Orbi” (a la ciudad de Roma y al mundo) con motivo de la celebración de la Navidad este miércoles 25 de diciembre.

El Padre Francisco antes de pronunciar el Mensaje de Navidad. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

En su mensaje, el Santo Padre pidió “que Cristo sea luz para tantos niños que sufren la guerra y los conflictos en Oriente Medio y en diversos países del mundo. Que sea consuelo para el amado pueblo sirio, que todavía no ve el final de las hostilidades que han desgarrado el país en este decenio. Que remueva las conciencias de los hombres de buena voluntad”.  

A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!

En el seno de la madre Iglesia, esta noche ha nacido nuevamente el Hijo de Dios hecho hombre. Su nombre es Jesús, que significa Dios salva. El Padre, Amor eterno e infinito, lo envió al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17).

El Padre lo dio con inmensa misericordia. Lo entregó para todos. Lo dio para siempre. Y Él nació como pequeña llama encendida en la oscuridad y en el frío de la noche.

Aquel Niño, nacido de la Virgen María, es la Palabra de Dios hecha carne. La Palabra que orientó el corazón y los pasos de Abrahán hacia la tierra prometida, y sigue atrayendo a quienes confían en las promesas de Dios. La Palabra que guio a los hebreos en el camino de la esclavitud a la libertad, y continúa llamando a los esclavos de todos los tiempos, también hoy, a salir de sus prisiones. Es Palabra, más luminosa que el sol, encarnada en un pequeño hijo del hombre, Jesús, luz del mundo.

Por esto el profeta exclama: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Sí, hay tinieblas en los corazones humanos, pero más grande es la luz de Cristo. Hay tinieblas en las relaciones personales, familiares, sociales, pero más grande es la luz de Cristo. Hay tinieblas en los conflictos económicos, geopolíticos y ecológicos, pero más grande es la luz de Cristo.

Que Cristo sea luz para tantos niños que sufren la guerra y los conflictos en Oriente Medio y en diversos países del mundo. Que sea consuelo para el amado pueblo sirio, que todavía no ve el final de las hostilidades que han desgarrado el país en este decenio. Que remueva las conciencias de los hombres de buena voluntad. Que inspire a los gobernantes y a la comunidad internacional para encontrar soluciones que garanticen la seguridad y la convivencia pacífica de los pueblos de la región y ponga fin a sus sufrimientos.

Que sea apoyo para el pueblo libanés, de este modo pueda salir de la crisis actual y descubra nuevamente su vocación de ser un mensaje de libertad y de armoniosa coexistencia para todos.

Que el Señor Jesús sea luz para la Tierra Santa donde Él nació, Salvador del mundo, y donde continúa la espera de tantos que, incluso en la fatiga, pero sin desesperarse, aguardan días de paz, de seguridad y de prosperidad. Que sea consolación para Irak, atravesado por tensiones sociales, y para Yemen, probado por una grave crisis humanitaria.

Que el pequeño Niño de Belén sea esperanza para todo el continente americano, donde diversas naciones están pasando un período de agitaciones sociales y políticas. Que reanime al querido pueblo venezolano, probado largamente por tensiones políticas y sociales, y no le haga faltar el auxilio que necesita. Que bendiga los esfuerzos de cuantos se están prodigando para favorecer la justicia y la reconciliación, y se desvelan para superar las diversas crisis y las numerosas formas de pobreza que ofenden la dignidad de cada persona.

Que el Redentor del mundo sea luz para la querida Ucrania, que aspira a soluciones concretas para alcanzar una paz duradera. Que el Señor recién nacido sea luz para los pueblos de África, donde perduran situaciones sociales y políticas que a menudo obligan a las personas a emigrar, privándolas de una casa y de una familia. Que haya paz para la población que vive en las regiones orientales de la República Democrática del Congo, martirizada por conflictos persistentes.

Que sea consuelo para cuantos son perseguidos a causa de su fe, especialmente los misioneros y los fieles secuestrados, y para cuantos caen víctimas de ataques por parte de grupos extremistas, sobre todo en Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria.

Que el Hijo de Dios, que bajó del cielo a la tierra, sea defensa y apoyo para cuantos, a causa de estas y otras injusticias, deben emigrar con la esperanza de una vida segura. La injusticia los obliga a atravesar desiertos y mares, transformados en cementerios. La injusticia los fuerza a sufrir abusos indecibles, esclavitudes de todo tipo y torturas en campos de detención inhumanos. La injusticia les niega lugares donde podrían tener la esperanza de una vida digna y les hace encontrar muros de indiferencia.

Que el Emmanuel sea luz para toda la humanidad herida. Que ablande nuestro corazón, a menudo endurecido y egoísta, y nos haga instrumentos de su amor. Que, a través de nuestros pobres rostros, regale su sonrisa a los niños de todo el mundo, especialmente a los abandonados y a los que han sufrido a causa de la violencia.

Que, a través de nuestros brazos débiles, vista a los pobres que no tienen con qué cubrirse, dé el pan a los hambrientos, cure a los enfermos. Que, por nuestra frágil compañía, esté cerca de las personas ancianas y solas, de los migrantes y de los marginados. Que, en este día de fiesta, conceda su ternura a todos, e ilumine las tinieblas de este mundo.