Esperanza en la conversión

Testimonio de

Ángel López Berlanga es un español de a pie. Cuenta en primera persona que se metió en el mundo de la droga, se hizo traficante, ganaba dinero, quería más, necesitaba más dinero para llevar ese tren de vida… hasta que un día lo detuvieron.

En Perú se vio con una condena de 12 años, en una cárcel donde cada día era posible morir. Pero ahí dentro, delincuente rodeado de delincuentes, un día se vio inmerso en una procesión. Y la imagen de la Cruz resonó en su alma. La Cruz fue perdón y liberación.

Su conversión le dio la libertad interior y le sanó las heridas hasta el punto de reconciliarse con los que más quería: su familia.

Contado por él mismo, este cambio en su vida es ahora el testimonio que da la ACdP para animar a todos a volver a Dios, que siempre nos busca (a cada uno en su cárcel).

Un ladrón junto a Jesús

«Ten esperanza: un ladrón se salvó» es el lema. Y es que la historia de Ángel recuerda, cómo no, a san Dimas, el buen ladrón que se arrepintió en el último momento, clavado junto a la Cruz de Jesús.

El vídeo busca a los ladrones, a los que están alejados, pero al verlo uno percibe que el protagonista es Cristo y su misericordia infinita. Y en ella cabemos todos. Todos somos el buen ladrón que nos damos cuenta de nuestra miseria y, si dejamos actuar a Dios en nuestra alma, nos acogemos al perdón de Dios. Todos necesitamos de Él.

Marquesina de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) en España

ACDP

La campaña se ha difundido por más de 40 ciudades españolas, con un cartel en las marquesinas que incluye un código QR. Escanéandolo, en el tiempo que viene el autobús o llegas a la parada del metro, se puede ver el vídeo con el testimonio de Ángel.

Además, la ACdP ha planteado un viacrucis en las calles de la ciudad de Málaga. Así, este año en el que no pueden celebrarse procesiones en la calle a causa de la pandemia, quien quiera puede hacer su propio recorrido y vivir espiritualmente la Semana Santa.

El Papa explica el sentido del Triduo Pascual

Queridos hermanos y hermanas:

Ya inmersos en el clima espiritual de la Semana Santa, estamos en la vigilia del Triduo pascual. Desde mañana y hasta el domingo viviremos los días centrales del Año litúrgico, celebrando el misterio de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Y este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fuéramos al Calvario —es lo mismo— para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual.

Jueves Santo

La tarde del Jueves Santo, entrando en el Triduo pascual, reviviremos la Misa que se llama in Coena Domini, es decir la Misa donde se conmemora la Última cena, lo que sucedió allí, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne.

Cada vez que se celebra la Eucaristía, como dije al principio, se renueva este misterio de la redención. En este Sacramento, Jesús sustituyó la víctima del sacrificio —el cordero pascual— consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvación de la esclavitud del pecado y de la muerte.

La salvación de toda esclavitud está ahí. Es la tarde en la que Él nos pide que nos amemos haciéndonos siervos los unos de los otros, como hizo Él lavando los pies a los discípulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblación en la cruz. Y de hecho el Maestro y Señor morirá el día después para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus discípulos. Ha sido una oblación de servicio a todos nosotros, porque con ese servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos.

Viernes Santo

El Viernes Santo es día de penitencia, de ayuno y de oración. A través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo.

En la intensidad del rito de la Acción litúrgica se nos presentará el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación. Llevaremos en la mente y en el corazón los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los “corderos inmolados” víctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos…

Delante de la imagen de Dios crucificado llevaremos, en la oración, los muchos, demasiados crucificados de hoy, que solo desde Él pueden recibir el consuelo y el sentido de su sufrimiento. Y hoy hay muchos: no olvidar a los crucificados de hoy, que son la imagen del Jesús Crucificado, y en ellos está Jesús.

Desde que Jesús tomó sobre sí las llagas de la humanidad y la misma muerte, el amor de Dios ha regado nuestros desiertos, ha iluminado nuestras tinieblas. Porque el mundo está en las tinieblas. Hagamos una lista de todas las guerras que se están combatiendo en este momento; de todos los niños que mueren de hambre; de los niños que no tienen educación; de pueblos enteros destruidos por las guerras, el terrorismo. De tanta, tanta gente que para sentirse un poco mejor necesita de la droga, de la industria de la droga que mata… ¡Es una calamidad, es un desierto!

Hay pequeñas “islas” del pueblo de Dios, tanto cristiano como de cualquier otra fe, que conservan en el corazón las ganas de ser mejores. Pero digámonos la realidad: en este Calvario de muerte, es Jesús quien sufre en sus discípulos.

Durante su ministerio, el Hijo de Dios había derramado generosamente la vida, sanando, perdonando, resucitando… Ahora, en la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo, para redimir y transformar. Y también para liberarnos a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados por Dios.

Y esto, solo el amor de Dios puede hacerlo. Por sus llagas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24), dice el apóstol Pedro, de su muerte hemos sido regenerados, todos nosotros. Y gracias a Él, abandonado en la cruz, nunca nadie está solo en la oscuridad de la muerte. Nunca, Él está siempre al lado: solo hay que abrir el corazón y dejarse mirar por Él.

Sábado Santo

El Sábado Santo es el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús.

Mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios.

Este sábado es también el día de María: también ella lo vive en el llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jesús había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos.

Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros.

Vigilia Pascual

En las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Será el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo. ¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado!

Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto.

El Resucitado es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados. Los discípulos dudaban, no creían. La primera en creer y ver fue María Magdalena, fue la apóstola de la resurrección que fue a contar que había visto a Jesús, que la había llamado por su nombre. Y después, todos los discípulos le han visto.

Pero, yo quisiera detenerme sobre esto: los guardias, los soldados, que estaban en el sepulcro para no dejar que vinieran los discípulos y llevarse el cuerpo, le han visto: le han visto vivo y resucitado. Los enemigos le han visto, y después han fingido que no le habían visto. ¿Por qué? Porque fueron pagados. Aquí está el verdadero misterio de lo que Jesús dijo una vez: “Hay dos señores en el mundo, dos, no más: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”. Y aquí está el dinero que hizo cambiar la realidad. Habían visto la maravilla de la resurrección, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la práctica la resurrección de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos.

Queridos hermanos y hermanas, también este año viviremos las celebraciones pascuales en el contexto de la pandemia. En muchas situaciones de sufrimiento, especialmente cuando quienes las sufren son personas, familias y poblaciones ya probadas por la pobreza, calamidades o conflictos, la Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todavía en el mar tempestuoso.

La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y nos dice que ni siquiera una lágrima, ni siquiera un lamento se pierden en el diseño de salvación de Dios. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de servirle y de reconocerle y de no dejarnos pagar para olvidarle.

Se hace una película sobre la reacción de los discípulos tras la crucifixión

Nunca se había hecho un tipo de película así, porque empieza en la crucifixión. Ofrece un mensaje de esperanza durante la pandemia.

#unSantoConCorbata

«Se me ha ido al Cielo antes de lo previsto»

Su mujer Lucía Capapé: “Se me ha ido al Cielo antes de lo previsto”. Cuando le diagnosticaron a Miguel Pérez, ex director del colegio Tabladilla, afirmó: «Me voy a morir y veo todo de otra manera”. Familiares y amigos rinden homenaje a un abanderado de la lucha contra el ELA.

Lucía Capapé y Miguel Pérez.

Miguel, falleció el pasado miércoles 24 de marzo a los 40 años de edad por ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Llevaba 3 años luchando con esta enfermedad. Deja huérfanos a cinco hijos varones, los pequeños acababan de hacer su primera confesión. 

Los testimonios de afecto y fe en Instagram son sobrecogedores, tanto de su mujer como de sus familiares y amigos. Diarios de Sevilla le rinden homenaje por su coraje y fortaleza.

El periodista Carlos Navarro Antolín le dedicaba un texto emotivo en el Diario de Sevilla, en el que describía la fuerza de la fe de Miguel: “Un día alguien tiene el ingenio de llamarte «superman» por el notorio parecido de tu rostro, el peinado y las gafas con los del inolvidable Clark Kent. Y al otro resulta que de verdad eres un ser de una fuerza anímica que por momentos parece sobrehumana. Te diagnostican la ELA, tu mundo se derrumba en pocos meses, pero brota al mismo tiempo una energía que te permite reinterpretar el entorno, reordenar tus prioridades, tomar conciencia de la caducidad real de las cosas y no separarte de un crucifijo. Nada de eso sería posible, o cuando menos sería muy distinto, sin una educación en valores cristianos». 

Esposo enamorado y fiel 

Miguel Pérez García. Un nombre tan común; un hombre extraordinario. Esposo enamorado y fiel. Padre de cinco hijos varones. Más ejemplo de líder en casa que en lo profesional. Además de cumplirse el conocido adagio: «Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer»; añadiría: «detrás de este gran hombre hay mucha, mucha fe». Cristiano ejemplar, un católico 10. Hombre lleno de Dios, un verdadero Opus Dei. Ingeniero. Trabajador. Alegre. Divertido. Desenfadado. Deportista. Estratega. Claro, como el agua. Apasionado de la educación. Impulsor de una enseñanza de prestigio. Siempre buscó aunar la exigencia: calidad, esfuerzo e innovación, con la sabiduría del formador, que sabe querer poniendo el foco en cada persona y, como en un puzzle, a cada uno en su sitio ideal». 

«Me voy a morir y veo todo de otra manera» 

En una de sus últimas entrevistas en ABC Sevilla, Miguel decía: “Con esta enfermedad he descubierto algo que todos sabemos, pero que no pensamos, y es que nos vamos a morir. Desde que me dijeron que tenía fecha de caducidad he aprendido a vivir sabiendo que me voy a morir y veo todo de otra manera. Hay gente que muere de repente, yo he tenido la suerte de ser avisado y así poder prepararme (…). He tenido la bendición de entender mejor muchas cosas, de sentir la cercanía de Dios, de ver el poder de la oración y de sentir que todo lo de este mundo es temporal y caduco. Creo que todos deberíamos pasar por algo parecido para valorar todo y acercarnos a Dios: amor puro y que llena el corazón”.

Ignacio, un antiguo alumno de Tabladilla aporta este testimonio a Religión Confidencial: 

«Cuando me mudé de Alicante a Sevilla, me acogió de manera especial. Nos dimos una vuelta y me enseñó el colegio personalmente. No olvidaré una vez que no estaba pasando por un buen momento. Y le dije que quería hablar con él. Estaba suspendiendo e iba a repetir por segunda vez. En esos cinco minutos que pasamos en silencio entre los dos, recibió casi más de 20 llamadas. Pero descolgó todos los teléfonos. Me dedicó su tiempo. Me dijo: nunca te rindas. Se dedicaba por entero a los demás y sus alumnos. No infravaloraba a ninguno de ellos. No le olvidaré». 

«Esto me llena de esperanza»

Lucía Capapé se queda al frente de sus cinco hijos, pero no está sola: las muestras de cariño de familiares y amigos son incontables. Y a pesar del dolor, tiene palabras de esperanza para con sus hijos: «A veces descubro en mis hijos frutos positivos de la situación que están viviendo. Y esto me llena de esperanza: aunque se me rompa el corazón al verlos sufrir, tengo la seguridad de que ese sufrimiento será ocasión de crecimiento personal en cada uno de ellos». 

Lucía Capapé y Miguel Pérez con sus hijos.

Tres años después del diagnóstico médico, Miguel Pérez no ha podido superar por más tiempo el vertiginoso desarrollo de su grave padecimiento y ha dicho adiós entre el amor de los suyos y la pesadumbre y las condolencias de sus antiguos alumnos y de quienes le conocieron.

Que sirva este artículo en homenaje a Miguel Pérez y a su mujer e hijos. Muchas gracias.

Proyecto «El buen samaritano» en Irak une a cristianos y musulmanes contra la pobreza

La parábola del Buen Samaritano se reproduce una y otra vez en Basora, al sur de Irak, donde los cristianos ayudan a los musulmanes.

P. ARAM PANO
Cofradía Ecuménica “El Buen Samaritano”
“Los cristianos siempre muestran a Jesucristo en sus vidas, y son pacientes porque tienen esperanza. Los musulmanes dicen a los cristianos: ‘Tú eres Cristo’. Eso es lo que les dicen en mi ciudad: ‘Tú eres Cristo’. Eso significa que tenemos que ser como la sal en la tierra, como la luz en la oscuridad”.

En 2008, el padre Aram, caldeo, junto a un representante de la iglesia ortodoxa y otro de la latina, fundaron “El Buen Samaritano”. Una cofradía ecuménica con la misión de atender las necesidades de los más vulnerables de la ciudad.

Eso incluye visitar a los enfermos y ancianos… la distribución de alimentos … y la visita a niños con cáncer en un hospital infantil.

P. ARAM PANO
Cofradía Ecuménica “El Buen Samaritano”
“La cofradía ha estado trabajando para unir a las Iglesias y hacer que Jesús se manifieste a través de la caridad, no sólo con palabras”.

“Cada día vemos que hay muchos musulmanes empobrecidos, más que nosotros los cristianos. Vimos que había que mostrar la misericordia de Jesús también a ellos. Los voluntarios son musulmanes y cristianos. Creo que es una gracia de Dios. También hay mucha gente que quiere ayudar cuando se entera del trabajo que hace la fraternidad”.

Estos hombres y mujeres de Basora encarnaran la misericordia mostrada por el Buen Samaritano del Evangelio, que no se lo pensó dos veces a la hora de ayudar a un extraño herido en su camino.

Y aunque Basora no haya formado parte del viaje del Papa a Irak, el padre Aram confía en que su visita al país haya traído fuerza, esperanza y valor a los cristianos iraquíes.

Aram Pano es un sacerdote iraquí que estudia Comunicación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma. Regresará a su país en julio. Haciendo referencia al viaje del Papa a Irak comentó: «Todo el mundo allí, incluidos mis familiares y amigos, están esperando al Papa, y creen que Francisco va a ser un verdadero mensajero de la paz para un pueblo que lo necesita tanto». La visita es especialmente significativa para los cristianos, «que llevan siglos perseguidos y aún hoy están siendo perseguidos en el país». Ante esta situación, Pano se mostró convencido de que el viaje del Santo Padre «va a traer paz y fraternidad a Irak». Y así ha sido.

El padre Ignacio María Doñoro y su Hogar Nazaret (en Amazonia-Perú)

El padre Ignacio María Doñoro es un loco de la providencia. Este sacerdote vasco que era capellán militar y más tarde de la Guardia Civil en el País Vasco (España) en los años más duros de ETA (terrorismo) acabó dejando todo tras descubrir la llamada dentro de la llamada que recibía incesantemente de Dios. Tenía que rescatar a los «niños crucificados». Y así lo hizo.

El Páter Doñoro y la Providencia con sus «niños crucificados»: «Llegan ayudas difíciles de explicar»

Acompañado por una fuerza asombrosa y una tenacidad que afirma que le provienen de la Eucaristía y de la Virgen María, el padre Doñoro fundó en el Amazonas peruano su Hogar Nazaret, una casa que actualmente tiene más de 300 niños y que sigue creciendo.

Muchas son las dificultades y retos. También los peligros. Pero la providencia lo acompaña. Algunas impresionantes historias de cómo Dios actúa literalmente para dar de comer a estos niños que arrastran terribles historias las cuenta en su libro El fuego de María, editado por Nueva Eva. En este libro este sacerdote relata su vida porque para comprender por qué acabó creando este Hogar Nazaret es importante conocer de dónde venía. Sus difíciles años como seminarista en Bilbao, sus historias como capellán en misiones internacionales y finalmente los momentos clave con experiencias casi místicas que le han ido ocurriendo durante estos años le convencieron de que no debía seguir su voluntad sino la de Dios. Y todo pasaba por servir a estos niños.

Anotamos la entrevista que le hicieron al padre Doñoro para intentar comprender a un sacerdote que rompe moldes y que está profundamente enamorado de Dios, y que ve al mismo Cristo en cada uno de los niños que recoge de la calle:

– ¿Cómo fueron sus años como capellán en el País Vasco y anteriormente en el Ejército? ¿Era feliz en medio de una situación tan complicada y peligrosa?

– Era feliz y, a la vez, sufría mucho. La alegría no es incompatible con el dolor. Fueron unos años de mi vida en que me sentí muy querido. Al mismo tiempo, teníamos que enfrentarnos a situaciones durísimas. En el libro cuento algunas de ellas, pero hubo muchas más que darían para otro libro. Lo positivo era que hacíamos una piña contra la adversidad, la violencia y la crueldad, y tratábamos de salir adelante haciendo lo que era nuestro deber. Eso une mucho.

el-fuego-de-maria

Puede comprar el libro del padre Doñoro pinchando AQUÍ

– Habla usted de “niños crucificados”, un término duro, para definir a sus niños del Hogar… ¿por qué su misión se ha enfocado en los menores?

– Todo empezó en El Salvador, donde acudí como comisionado para supervisar el destino de unos fondos de ayuda económica de una ONG. Allí salvé a un niño a quien sus padres habían decidido vender por 26 dólares para tráfico de órganos, porque estaba muy enfermo y ya no sabían qué hacer con él, y tenían otras cuatro hijas que alimentar. Cuando me di cuenta de la indefensión de los más pequeños en los países de extrema pobreza, comprendí que aquella era mi vocación, mi llamada dentro de la llamada, como lo llamaría la Madre Teresa: salvar la vida y devolver la dignidad a los últimos de la tierra, a los que nadie quiere.

-¿Cuál es la realidad que encuentra cuando llegan a sus puertas?

– Cuando esos descartados, como dice el Papa Francisco, llaman a mi puerta, vienen rotos por fuera y por dentro, llenos de heridas purulentas, de parásitos, de enfermedades, de miedos… A pesar de que lo que llama la atención es lo destrozados y enfermos que están, eso no es nada comparado con el dolor con el que cargan, y por eso los llamo “mis niños crucificados”. La salud la pueden recobrar en seis meses, un año o dos, pero sanar las heridas del alma lleva bastante más tiempo.

 – El ahora cardenal Sarah tuvo un papel fundamental en su vida y en el Hogar Nazaret. Hizo una especie de profecía hacia usted, ¿no es así?

– Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barajas de vuelta de un viaje a Mozambique cuando un amigo que vive en Roma me avisó de que me habían conseguido una entrevista con Moneñor Robert Sarah, que entonces era el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. La cuestión era que habían fijado la entrevista al día siguiente a las doce de la mañana. Todavía no sé cómo me las arreglé, pero el caso es que un cuarto de hora antes de las doce estaba delante de la puerta del entonces obispo Robert Sarah…

Cuando me recibió, me habló en un italiano muy cerrado. Yo no domino el italiano y tuve que recurrir al intérprete para entender lo que me decía. Me pidió que sacara adelante la obra del Hogar Nazaret, que el Papa (Benedicto XVI) lo quería. Y antes de que me marchara, me miró a los ojos y me dijo: “No olvide que sus ángeles” —se refería a los de los niños que íbamos a rescatar— “en el cielo están contemplando el rostro de nuestro Dios. Que no se pierda ni uno solo”. Y lo repitió. Aquella frase se me quedó grabada en el alma.

hogar-nazaret

– Conociéndole hay dos palabras que bajo mi punto de vista definen todo el libro y por tanto su vida: loco, “un loco de Dios” y Providencia…

-Sé que muchas personas consideran que estoy loco y no me molesta en absoluto, pero si estoy loco no es porque haya perdido la cabeza, sino porque estoy loco de amor por Jesús. ¡Y Él está todavía más loco de amor que yo! Me ama tanto que se fía de mí. Dios, fiándose de un ser humano para llevar a cabo su obra en la tierra… ¡Eso sí es estar loco!

En cuanto a la Providencia, es algo muy natural y real en la historia del Hogar Nazaret. Nunca me ha gustado considerar la asistencia de Dios como algo extraño o sobrenatural. Yo creo que Dios cuida de sus hijos y está pendiente de las necesidades de mis niños de un modo que muchas veces conmueve, pero eso no es algo exclusivo del Hogar Nazaret. Lo que pasa es que hay que saber mirar esas ayudas y el cuidado amoroso de Dios con ojos de fe. Si en el Hogar Nazaret se nota de un modo más palpable es porque en la selva del Amazonas carecemos de muchas cosas y de repente nos llegan ayudas que a veces son difíciles de explicar. 

– En el libro habla de numerosas situaciones límite: amenazas, una paliza que le dejó moribundo, el vivir al día para dar de comer a tantos niños… ¿Cómo ha podido aguantar tanto? ¿Cuál es su secreto?

-Mi secreto es, sin duda, la Eucaristía. La Santa Misa es mi vida. Desde que me despierto por la mañana, empiezo a pensar cómo será la Misa de ese día. Así va creciendo mi deseo-necesidad de Jesús, acompañado por la certeza de que el Corazón de Dios lo desea aún más. Como un padre que espera el nacimiento de su hijo y se muere de ganas de tenerlo entre sus brazos, así me explota a mí el pecho de amor al pensar que de nuevo podré traer a Dios a la tierra y tenerlo entre mis manos, mirándole como si Él fuera solo para mí y yo para Él.

Cada día le pido al Señor que pueda cargar con el dolor de los niños crucificados y aguantar lo que venga, pero que nunca me falte traerlo a la tierra y gozar físicamente de su amor. Si me faltara la Misa, moriría de pena. No hay nada comparable a estar físicamente con Jesús.

hogar-nazaret2

– Usted en muchos aspectos rompe moldes, pero hay uno que destroza completamente. Es amante de la liturgia y la tradición, y vive dando la vida por los últimos. En usted se da la evangelización y lo social no como algo separado sino como completamente inseparable…

Es que hay una relación muy estrecha entre servir a los más pobres y la presencia del Señor en la Eucaristía. Es todo uno. Igual que puedo abrazar a un niño, en la Eucaristía puedo abrazar con mis manos a Jesús. Cuando saco el copón del sagrario, aprovecho y le doy un beso, y cuando lo guardo le doy otro. El beso que le doy a un niño es el mismo beso que le doy a Jesús, porque Jesús está en ellos. Es lo mismo.

Los más pobres son los preferidos de Jesús, y si son niños, todavía más; y si encima son niños crucificados, ahí estás viendo directamente el rostro de Dios… Para mí, servirles, lavarles los pies y atenderles es una necesidad de amor. Servir es convertirse en pesebre. Yo me imagino el pesebre de Belén no con ángeles cantando, sino como un lugar maloliente donde comían los animales. Mis niños llegan externamente e internamente destrozados. Eso es el pesebre, eso es lavar los pies. Y después, cobra todo su sentido celebrar la Misa para traer al mismo Dios a la tierra y hacerse uno con Él, para formar parte de Dios y que Dios forme parte de nosotros. Es un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Se trata de lavar los pies desde abajo para levantar a cada niño y que luego en la Eucaristía sea Dios quien desde arriba se anonade hasta abajo para que le comamos.

– Su vida no puede entenderse sin la Virgen María, que además da título a su libro. ¿Qué ha supuesto Ella para usted?

-La Virgen María me ha acompañado desde pequeño todos los días de mi vida y me lleva de la mano sin soltarme ni un minuto. El rezo del rosario y la devoción a nuestra Madre han sido dos constantes en mi vida. Mis primeros recuerdos de la infancia están asociados a santuarios de la Virgen, especialmente Lourdes y Fátima, y al rosario, que rezaba con naturalidad desde que tenía cinco años. Mis padres me pusieron de nombre Ignacio María; Ignacio significa «nacido del fuego» y la Virgen María es la que ha sabido mantener siempre ese fuego encendido. Ella es la que me sostiene cada día y mi afán como sacerdote es difundir su devoción.

hogar-nazaret3

– Un aspecto llamativo del Hogar Nazaret son las construcciones  que forman este Hogar. No se parecen al resto de las que hay en el Amazonas sino que se inspiran en santuarios españoles tanto en estética como en calidad…

-Hay personas que, al ver los edificios del Hogar Nazaret piensan que son exagerados, como si fueran demasiado para los pobres y no los merecieran. Tampoco entienden que se pueda construir un edificio para que dure cientos de años. En la selva el concepto de vivienda se aplica a construcciones de adobe de baja calidad que ante cualquier movimiento sísmico o inundación se hunden. Como mucho, aguantan treinta o cuarenta años, no más.

En la selva no hay obras de arte como tales; es más, el propio concepto de arte escapa a la comprensión de muchas de estas personas. Pero si en todas las casas en las que he estado me he esforzado siempre porque hubiera un sagrario lo más bello posible para el Señor, ¿cómo no voy a preparar para estos niños un sagrario? En ellos está Jesús, ellos son Jesús. Es Jesús quien viene a mi puerta y no le puedo poner debajo de la escalera. ¡A Jesús quiero darle la mejor habitación de la casa! Ese es el doble sentido de los edificios del Hogar Nazaret: que sean seguros y aguanten muchos años en pie, y que alberguen a los niños, sagrarios vivos en los que mora Jesús.

En el Hogar de Nuestra Señora del Rocío hay una cruz cuya elaboración ha durado dos años. Es una versión de la cruz de Almonte. Tiene dos coronas de espinas en el centro, con un total de cuatrocientas espinas. Dentro de las espinas está el Corazón de Jesús. Y es curioso que la cruz del Rocío de la Amazonía tenga ese corazón, porque la de Almonte no lo tiene. El sentido de que en esta cruz hayamos puesto el corazón de Cristo es porque Él es el que está salvando a los niños del Hogar Nazaret. Es un Corazón rodeado de espinas, que son todos los impedimentos que ponemos los hombres a Dios, todos nuestros pecados. Es el propio Cristo quien asume esas espinas. En la parte de arriba, en vez de poner INRI, hemos puesto HN (Hogar Nazaret), porque Hogar Nazaret es el grito de Cristo en la cruz, que reclama un hombre nuevo. Jesús grita porque Él no quiere el horror de los niños crucificados.

– Dos preguntas más para acabar, ¿cuál ha sido su mejor experiencia en el Hogar Nazaret estos años? ¿Y la peor?

– Mi mejor experiencia es ver feliz a Jesús en cada uno de mis niños. Eso me hace feliz, porque la felicidad consiste en el gozo de Dios. No sabría aislar una experiencia concreta por encima de otras, como tampoco sabría seleccionar la peor, porque la peor sucede cada vez que llega un niño al que nadie quiere. ¿Cómo se puede no querer a un niño? ¿Cómo es posible no querer a Jesús, al que es Amor? Eso me destroza.

El grafitero que se convirtió en un famoso pediatra

Dr. Juan Tapia-Mendoza: De pequeño tuvo una vida muy difícil. Su padre les dejó, su madre trabajaba de la noche a la mañana, y él deambulaba por las calles saltándose las clases. Entró en una banda, pero no quiso llegar a las drogas. Su ilusión, ser médico, le llevó a dar lo que no había tenido a los niños necesitados de la zona más pobre de New York y a fomentar la profesión de médico entre ellos.

Juan Tapia-Mendoza nació en la República Dominicana. Su papá abandonó a su mamá cuando él tenía 2 años «y no lo volví a ver hasta que cumplí los 14». Emigraron a Estados Unidos y se instalaron en la ciudad de Nueva York. No podía imaginar entonces que iba a ser un famoso grafitero y posteriormente médico.

«Mi madre tenía que trabajar todo el día»

El niño creció entre otros migrantes: «Desde sexto curso comencé a faltar a la escuela. Nos quedábamos en casa de algún amigo y nuestras madres trabajaban todo el día. Mi madre se levantaba a las 5 o las 6 de la mañana y se iba a trabajar. Yo regresaba a casa cuando ella volvía del trabajo a las 11 de la noche».

Con la pandilla comenzó a ser grafitero

Juan recuerda que «en aquella época Nueva York era una ciudad muy violenta». Se introdujo, con los muchachos del barrio, en una pandilla del Alto Manhattan. Su «ganga», como él la llama, era la de los «Sauvage Nomads». Y él a su vez descubrió que le gustaba el grafiti: iba a ser «C.A.T. 87«.

Sin pretenderlo, Juan se convirtió en un chico respetado en los otros barrios por los grafitis que había ido dejando en Nueva York: en las paredes, en los vagones del metro neoyorquinoPEDIATRICS2000

Un prestigioso pediatra de la comunidad hispana

Al no ir a la escuela, era casi analfabeto, pero soñaba con ser médico. Y ocurrió que, aunque no disponía de historial académico, hacer grafitis hizo que se le considerara un joven altamente motivado y aquello le dio la posibilidad de acceder a la Universidad Central del Este, en Santo Domingo. Hoy es uno de los médicos pediatras más importantes de Nueva York. Fundó Pediatrics 2000, una clínica para niños desde la que ayuda a la comunidad hispana.

«Es importante que las mamás cuenten con médicos que hablan en su mismo idioma y conozcan su cultura», afirma el doctor.

Pediatrics 2000 tiene un aspecto singular: sus paredes están llenas de grafitis, porque él sabe bien que «es un modo de apartar a los muchachos de la droga y la cárcel». Él lo sabe bien: vio morir a más de diez amigos en la calle.

Su amigo Hugo Martínez fue quien promovió que a los jóvenes grafiteros se les considerara «muchachos altamente motivados que merecían atención porque querían hacer algo con su vida». Por eso emprendió con él un proyecto que unía la medicina con el arte.

La clínica, así, es también una galería de arte, un núcleo de convivenciasana en el barrio.

Su héroe es su madre

Tapia-Mendoza tiene hoy fama y prestigio, pero no olvida quién es su héroe: «Se lo debo todo a mi madre. Todos necesitamos un héroe, y ella es mi héroe».

En un documental de 14 minutos que lleva por título «El grafitero que se convirtió en médico», el hoy doctor Tapia-Mendoza explica cómo fueron aquellos duros comienzos como migrante en Nueva York y la bendición que supuso para él el mundo del grafiti. También habla de su madre, que llegó a hipotecar en dos ocasiones su casa para que Juan lograra sus sueños. «Siempre se ha sacrificado por sacar adelante la familia», afirma con agradecimiento.

Una vida lograda

Hoy el doctor Tapia-Mendoza es feliz viendo cómo puede ayudar a una comunidad tan grande de niños hispanos y a sus familias en Nueva York, y no solo cura la parte física de sus pacientes.

«El mayor orgullo que yo tengo -explica- es ver que niños que vinieron a la clínica son hoy médicos, ingenieros, abogados, maestros…» que dejaron de hacer cosas malas y tienen una vida lograda «y veo la satisfacción de los padres, que se sienten una comunidad».

El doctor Tapia forma parte de la red de médicos SOMOS, que atiende a las personas más vulnerables de Nueva York.

Concluye: «Cada noche, cuando me acuesto, le doy gracias a Dios y lo que digo es: ‘¡Sí, lo logré otra vez’!»

Una propuesta para Cuaresma: confesarse y convertirse

Hace años, el Papa Francisco obsequió a los fieles en la Plaza de San Pedro un folleto especial titulado “Custodia el corazón”, que fue entregado por varios indigentes de Roma y que tiene una serie de importantes recursos para el camino de conversión hacia la Semana Santa.

El Papa: “El centro de la confesión no son los pecados, sino el amor que  recibimos” - Vatican News

Entre los distintos recursos planteados por el Santo Padre está un examen de conciencia de 30 preguntas para hacer una buena confesión, así como una breve explicación sobre las razones para acudir al sacramento.

A la pregunta ¿por qué confesarse?, el folleto contesta: “¡porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios”.

Para confesarse, prosigue el texto, es necesario comenzar “por la escucha de la voz de Dios” seguido del “examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada”.

CONFESIÓN Y PERDÓN DE LOS PECADOS

Por qué confesarse

¡Porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios. Puesto que el pecado de uno solo daña al cuerpo de Cristo que es la Iglesia, el sacramento tiene también como efecto la reconciliación con los hermanos.

Cómo confesarse

No es siempre fácil confesarse: no se sabe que decir, se cree que no es necesario dirigirse al sacerdote…Tampoco es fácil confesarse bien: hoy como ayer, la dificultad más grande es la exigencia de orientar de nuevo nuestros pensamientos, palabras y acciones que, por nuestra culpa, nos distancian del evangelio. Es necesario «un camino de auténtica conversión, que lleva consigo un aspecto “negativo” de liberación del pecado, y otro aspecto “positivo” de elección del bien enseñado por el Evangelio de Jesús. Este es el contexto para la digna celebración del sacramento de la Penitencia. El camino a recorrer, comienza por la escucha de la voz de Dios y prosigue con el examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada.

Qué confesar

«El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves que no ha confesado aún y de los que se acuerde, tras examinar cuidadosamente su
conciencia. La confesión de las faltas veniales, está recomendada vivamente por la Iglesia». (Catecismo de la Iglesia Católica, 1493)

La confesión, «un sacramento incomprendido»

El examen de conciencia propuesto por el Papa Francisco

En relación a Dios

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? ¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? ¿Me revelo contra los designios de Dios? ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

En relación al prójimo

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? ¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? ¿Soy envidioso, colérico, o parcial? ¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos? ¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? ¿Incito a otros a hacer el mal? ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? ¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? ¿Honoro a mis padres? ¿He rechazado la vida recién concebida? ¿He colaborado a hacerlo? ¿Respeto el medio ambiente?

En relación a mí mismo

¿Soy un poco mundano y un poco creyente? ¿Cómo, bebo, fumo o me divierto en exceso? ¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? ¿Cómo utilizo mi tiempo? ¿Soy perezoso? ¿Me gusta ser servido? ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? ¿Nutro venganzas, alimento rencores? ¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

Acto de contrición

Jesús, mi Señor y Redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar y confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis pecados, y me has de llevar a la vida eterna.

8 aspectos aprendidos durante el confinamiento: Viktor Küppers

8Covid VK 600x600 - 8 enseñanzas que me ha dejado el coronavirus, por Víktor Küppers

1) La vida no siempre es divertida:

florian van duyn zE6ivbPzPGU unsplash 300x200 - 8 enseñanzas que me ha dejado el coronavirus, por Víktor Küppers

Aunque estemos en un momento especialmente duro, tenemos que conseguir no perder la esperanza. Porque esto también pasará.

»Esto es un túnel, no un pozo. Y de los túneles se sale, aunque no sepamos cuándo ni en qué condiciones», Víktor Küppers.

2) Hay que vivir siendo más consciente:

»A veces necesitamos una bofetada para darnos cuenta de lo frágiles y vulnerables que somos». No somos nada, pero con Dios lo somos todo.

»Lo ordinario es extraordinario», Víktor Küppers.

3) Toca aprender a »estar parado»

Tu agenda ha saltado por los aires, se acabaron las seguridades terrenas, y ahora solo cuenta el hoy y ahora. No dejes de invertirlo en estar más cerca de Dios

4) Es momento de aprender a convivir

A estar bien con uno mismo, para poder darnos a los demás. Reconquistar a nuestra propia familia. Cuidar a los que están más cerca sin olvidarnos de los que están lejos pasándolo peor.

pablo merchan montes wYOPqmtDD0w unsplash 300x200 - 8 enseñanzas que me ha dejado el coronavirus, por Víktor Küppers

»Si no vas a decir nada bueno, cállate», Víktor Küppers.

5) Intentar quejarme menos

»Los que estamos en casa no podemos quejarnos». Estos días se leía en redes la frase »A nuestros abuelos les pidieron ir a la guerra, a nosotros solo que nos quedemos en casa». No parece tan complicado, ¿no?

6) Lo más importante son las personas que queremos

Querer mucho a las personas y decírselo.

7) Estamos aquí para ayudarnos unos a otros

Necesitábamos esto para volvernos sensibles con el dolor ajeno.

»Hemos descubierto que ayudar a los demás es gratificante», Víktor Küppers.

8) Todo lo que está pasando lo recordaremos

¿Cómo quieres que te recuerden? Enfadado, sonriendo, ayudando.. ¡Está en tu mano!

Ojalá salgamos:

  • Más humanos
  • Más sensibles al sufrimiento
  • Con las prioridades más claras

El Papa Francisco celebró el día de la Epifanía tras salir del hospital por haber ingresado por una dolorosa ciática

Pope at Mass on Epiphany: Let’s set aside complaints and cast off dictatorship of the self

Homilía del Papa Francisco en el día de la Epifanía:

El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos, no hay un punto intermedio, o Dios o los ídolos, para usar las palabras de un autor francés: ‘quien no adora a Dios, adora al diablo’ y en vez de creyente se volverá idólatra. Y esto es así.

En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor. Se ha pedido un poco el sentido de la adoración debemos retomarlo, sea comunitariamente que en la propia vida espiritual. 

Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor en serio.

De la liturgia de la Palabra de hoy entresacamos tres expresiones, que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor. Estas expresiones son: “levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”.

La primera expresión, levantar la vista, nos la ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, que acababa de volver del exilio y estaba abatida a causa de tantas dificultades, el profeta les dirige este fuerte llamado: «Levanta la vista en torno, mira» (60,4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de las limitaciones de una perspectiva estrecha, a liberarse de la dictadura del propio yo, siempre inclinado a replegarse sobre sí mismo y sus propias preocupaciones. 

Para adorar al Señor es necesario ante todo “levantar la vista”, es decir, no dejarse atrapar por los fantasmas interiores que apagan la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia. Eso no significa que neguemos la realidad, fingiendo o creyendo que todo está bien. Se trata más bien de mirar de un modo nuevo los problemas y las angustias, sabiendo que el Señor conoce nuestras situaciones difíciles, escucha atentamente nuestras súplicas y no es indiferente a las lágrimas que derramamos.

Esta mirada que, a pesar de las vicisitudes de la vida, permanece confiada en el Señor, genera la gratitud filial. Cuando esto sucede, el corazón se abre a la adoración. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en los problemas, rechazando alzar los ojos a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la rabia, al desconcierto, a la angustia y a la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto ocurre, es necesario tener la valentía de romper el círculo de nuestras conclusiones obvias, con la conciencia de que la realidad es más grande que nuestros pensamientos. Levanta la vista en torno, mira: el Señor nos invita sobre todo a confiar en Él, porque cuida realmente de todos. Por tanto, si Dios viste tan bien la hierba, que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿cuánto más hará por nosotros? (cf. Lc 12,28). Si alzamos la mirada hacia el Señor, y contemplamos la realidad a su luz, descubriremos que Él no nos abandona jamás: «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) y permanece siempre con nosotros, todos los días, siempre (cf. Mt 28,20).

Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo. Siempre yo al centro. La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

La segunda expresión que nos puede ayudar es ponerse en camino. Antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los magos tuvieron que hacer un largo viaje. Escribe Mateo: «Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”» (Mt 2,1-2). El viaje implica siempre una trasformación, un cambio. Después del viaje ya no somos como antes. En el que ha realizado un camino siempre hay algo nuevo: sus conocimientos se han ampliado, ha visto personas y cosas nuevas, ha experimentado el fortalecimiento de su voluntad al enfrentar las dificultades y los riesgos del trayecto. No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.

Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando —dice san Pablo—, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor. 

Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona. Además, con el paso del tiempo, las pruebas y las fatigas de la vida —vividas en la fe— contribuyen a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más dispuesto a abrirse a Dios. También los pecados, la conciencia de ser pecadores… si tú lo recibes con fe, con contricción, te ayudará… en este viaje con el Señor para adorarlo mejor.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús. La vida no es una demostración de habilidades, sino un viaje hacia Aquel que nos ama. Nosotros no debemos mostrar en cada paso de la vida la tarjeta de las virtudes que tenemos. Con humildad debemos dirigirnos hacia el Señor. Mirando al Señor, encontraremos la fuerza para seguir adelante con alegría renovada.

Y llegamos a la tercera expresión: ver. El evangelista escribe: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). La adoración era el homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, en efecto, adoraron a Aquel que sabían que era el rey de los judíos (cf. Mt 2,2). Pero, de hecho, ¿qué fue lo que vieron? Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano. Es decir, fueron capaces de “ver” más allá de la apariencia. Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones.

Para adorar al Señor es necesario “ver” más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanidad, perennemente esclava de la apariencia, ven y no saben ver, no digo ven y no creen, es demasiado, no, no saben ver, porque su capacidad es exclava de la apariencia, están en busca de entretenimiento. La mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales, a las cosas que llaman la atención de la masa. En cambio, en los magos vemos una actitud distinta, que podríamos definir como realismo teologal. Una palabra demasiado alta, pero podemos decirlo así, realismo teologal. Este percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación. El Señor está en la humildad. El Señor es como aquel niño que huye de la ostentación, producto de la mundanidad. 

Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca el Señor. Nosotros, por eso, como escribe el apóstol Pablo, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18).

Que el Señor Jesús nos haga verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor, que abraza a toda la humanidad. Pidamos la gracia para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia de aprender a adorar, de continuar a adorar, la oración de adoración, que solo Dios es adorado.