Intención del Papa Francisco para junio 2021: la belleza del matrimonio

La belleza del matrimonio

¿Es cierto eso que dicen algunos, que los jóvenes no quieren casarse, especialmente en estos tiempos tan duros?
Casarse y compartir la vida es algo hermoso.
Es un viaje comprometido, a veces difícil, a veces complicado, pero vale la pena animarse. Y en este viaje de toda la vida, la esposa y el esposo no están solos; los acompaña Jesús.
El matrimonio no es solo un acto «social»; es una vocación que nace del corazón, es una decisión consciente para toda la vida que necesita una preparación específica.
Por favor, no lo olviden nunca. Dios tiene un sueño para nosotros, el amor, y nos pide que lo hagamos nuestro.
Hagamos nuestro el amor que es el sueño de Dios.

Y recemos por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana: para que crezcan en el amor, que crezcan en el amor con generosidad, fidelidad y paciencia. Porque para amar hace falta mucha paciencia. Pero vale la pena, ¿eh?

En las fiestas de Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús y de María

Recordamos la homilía del Papa Francisco con motivo de Corpus Christi

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana.  Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa.  que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

Francisco: miremos con confianza al Sagrado Corazón de Jesús

Celebramos la Solemnidad del Corazón de Jesús: el Santo Padre nos invita, en un tweet, a “mirar con confianza al Sagrado Corazón de Jesús y a repetir con frecuencia, especialmente durante este mes de junio: Jesús manso y humilde de corazón, transforma nuestro corazón y enséñanos a amar a Dios y al prójimo con generosidad”.

Nuevo Capítulo de CONTAGIOSOS, nº 9

La productora INFINITO+1 nos facilita un nuevo capítulo como testimonio para contagiar nuestra fe.

Era PUNK y alérgico a las normas. Con tan solo 16 años, ALEXIS se fue de casa, empezó a delinquir y a traficar con drogas. La adicción a la cocaína y otras sustancias, le hicieron descender a los infiernos durante varios años, hasta que un día no pudo más y, estando al borde del suicidio, pidió auxilo desesperado a sus padres.

Con la ayuda de su familia pudo conocer la Comunidad Cenáculo. Allí, encontró la medicina que necesitaba: el amor de Dios y de sus hermanos en la Comunidad.

Hoy, Alexis, es padre de 3 hijos, está felizmente casado y es un maravilloso ejemplo de superación y de esperanza.

Dominique Dawes buscaba la felicidad en el deporte y la encontró en Cristo

Dominique Dawes, fue la primera mujer afroamericana en ganar una medalla en su disciplina, y con 24 años ya tenía tres medallas olímpicas.

Dominique Dawes nació en 1976 en Maryland.Desde su niñez entregó su vida a la gimnasia artística, sufriendo la soledad en medio de la “cultura tóxica” del deporte. La madre de Dominique era maestra en una escuela dominical bautista. La gimnasta detalla la importancia “de esa semilla que plantó mi madre en mí. El Espíritu Santo me ha protegido a lo largo de mi vida y me ha mantenido lejos de personas y situaciones que no eran las más recomendables”.

Cuando tenía 9 años, Dominique se fue a vivir con su entrenador para dedicarse a la gimnasia, donde permaneció aferrada a la fe. Mientras compaginaba su entrenamiento con sus estudios, se despertaba a las 5 de la mañana para entrenar dos horas antes de la escuela, y después seguía durante cinco horas más.  

A jornada completa, desde niña Dominique comenzó a cosechar sus primeros éxitos nacionales en un mundo que para ella era exigente, solitario, y sobre todo, tóxico.

En ese nivel “sacrificas toda tu infancia, especialmente si entrenas para los Juegos Olímpicos”, explica. “En mi caso, entrenaba más de treinta horas a la semana. Eso es un trabajo a tiempo completo, con la rutina física, emocional, social y psicológica de cada día que esto conlleva”.

“Mi madre hizo lo mejor que pudo conmigo y mi entrenador fue etiquetado muchas veces como una figura materna para mí, pero ninguno de ellos era verdaderamente feliz”, añade.

Dawes recuerda que pese a que entrenaba con sus compañeros de equipo, ninguno de ellos entrenaba a su nivel y se encontraba sola. “Sentía que necesitaba encontrar una madre que fuese feliz, con esos brazos amorosos en los que puedes encontrar ese consuelo y amor que nunca sentí cuando era niña. Hablaba mucho con Cristo, y le pedía y suplicaba ayuda”, explica.

“Me despertaba en medio de la noche y me arrodillaba, porque aunque amaba el deporte, tenía pasión por Cristo, me identificaba con Él y percibía que el deporte estaba infestado de una cultura tóxica. Era normal que te criticaran, ridiculizaran y te dijeran que no eras lo suficientemente bueno”. Conforme creció, Dawes comenzó a asistir a una Iglesia Interdenominacional Cristiana, donde participó en estudios bíblicos y conferencias religiosas, “en busca de la paz, alegría y felicidad”.

Con 20 años compitió con el equipo estadounidense de Las siete magníficas en los Juegos Olímpicos de Atlanta. “50.000 personas mirando en la `Cúpula de Georgia´, 3.400 millones de personas observando… me rompí emocionalmente. Era demasiado para mí”.  

Entonces la capitana de su equipo, Amanda Borden, se arrodilló a su lado y rezaron juntas. Dominique supo que no estaba sola “porque Él es quien me fortalece. Cuando me levanté, me sentí libre, ligera y salimos juntas. Hicimos historia”. Aquel día, `Las siete Magníficas´ ganaron el oro en Atlanta, quedando Rusia y Rumanía en segundo y tercer puesto.

La trayectoria de Dominique fue imparable. Obtuvo una medalla de bronce individual en suelo, y un nuevo bronce con su equipo en Sídney el año 2000. En los campeonatos mundiales fue tres veces plata y una vez bronce, y en los campeonatos estadounidenses sumó 15 medallas de oro individuales, 2 de plata y 2 de bronce entre 1991 (con quince años) y 1996. Sin embargo, cuenta que nunca sintió “que eso me completara”. Desde sus primeros años de éxito siempre estuvo “en búsqueda de la plenitud” hasta que, tras su retirada en el año 2000, comenzó a sentirse atraída por visitar una iglesia católica de Rockville, en Washington.

 “Fui y me senté en esa iglesia sabiendo muy poco sobre la fe católica, pero me sentía llamada a estar allí. Me encantó la sensación de paz y silencio”. Dominique se inscribió en el programa de Iniciación Cristiana para Adultos (RICA) y se enamoró profundamente de la fe católica, especialmente de la Virgen María.

En 2013 Dominique se convirtió a la fe católica y se casó con Jeff Thompson, un profesor católico a quien había conocido un año antes. Tuvieron cuatro hijos: Dakota, Quinn, Kateri y Lincoln Thompson. Tras su conversión, Dominique descubrió que sus entre sus familiares lejanos, no solo tenía una antepasada católica, sino que de hecho, esta era la primera santa nativa americana, Kateri Tekakwitha. Nació en el actual Nueva York en 1656, y fue canonizada con el nombre católico de Catalina Tekakwitha el 21 de octubre de 2012 por Benedicto XVI.

Dominique Dawes, dando clases en su propia academia de gimnasia. 

Enseña gimnasia de forma positiva.

Actualmente, la campeona del mundo dirige su propia academia de gimnasia en Washington (https://www.dominiquedawesgymnasticsacademy.com/), donde quiere transmitir una cultura del deporte “marcadamente distinta” a la que ella recibió. Allí, Dominique pretende “que todas las niñas que crucen estas puertas se den cuenta de que tienen todo lo que necesitan en su interior para tener éxito y que son más que aptos de lo que les enseña el actual deporte”.  “La gimnasia no es un deporte tóxico o corrupto. Es la cultura, y la cultura determina a la gente”, explicó tras recordar la presión y las críticas recibidas en sus

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” menciona Dawes citando su versículo favorito. “Tengo que recordármelo frecuentemente, necesito recordarme que no estoy sola, que no hice gimnasia sola, ni me forme sola en el vientre de mi madre. Siempre que tengo miedo o ansiedad, me recuerdo que Él está a mi lado”.

La alegría de las familias numerosas

NO EXCLUYE QUE LAS DEMÁS FAMILIAS NO TENGAN ALEGRíA. ES UN BENEFICIO CUANDO SON NUMEROSAS.

Ejemplo es Rosa Pich-Aguilera viuda con 15 hijos. Rosa tuvo en realidad 18 hijos, pero 3 de ellos fallecieron por una malformación congénita en el corazón. Su marido murió hace pocos años de un cáncer fulminante y ha dejado 15 hijos. Todos los encargos de la casa se los reparten, los mayores ayudan a los más pequeños. Todo se comparte.

Domingo de la Divina Misericordia

El Papa celebra la Misa en el Santuario de la Divina Misericordia en Roma.

Homilía:

Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.

1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv.22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.

2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.

Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.

17 abril a las 10 am. hora española. La familia luz en la oscuridad del mundo XI Congreso de Familias y Docentes Católicos

XI Congreso de Familias y Docentes Católicos

Para que su luz no se apague, para que brille con más fuerza en este año de la familia, Educatio Servanda ha organizado un CONGRESO DE FAMILIAS Y DOCENTES que podrás seguir online desde tu casa o, desde donde lo desees, gratuitamente.

El congreso está dirigido a familias, a educadores en el sentido más amplio y, por supuesto, a quienes, como tú, estáis interesados en conocer el alcance de unas leyes que agreden, no solo los derechos y libertades básicas de la familia, sino también los de una sociedad que se resiste a aceptar que el Estado interfiera incluso en los ámbitos más íntimos del ser humano. Leyes que parecen querer imponernos cómo hemos de vivir, e incluso cuándo y cómo hemos de morir.

Es el momento de decirle a nuestros gobernantes y a toda la sociedad lo que es verdaderamente la familia:

“La familia, luz en la oscuridad del mundo”

Emilio Calatayud, Monseñor Argüello, Alicia Delibes, Manuel Martínez-Sellés, Gregorio Luri, Monseñor Reig Plá, entre otros, forman parte de las ponencias y mesas donde se combinarán fundamentos con enfoques prácticos para conocer cómo nos afectan a nosotros como padres y a nuestros hijos el conjunto de leyes y proyectos de ley que, de manera directa o indirecta inciden ya en la vida cotidiana de las familias.

Nos hemos esforzado mucho, así que esperamos que lo disfrutes y te resulte del máximo interés, también para saber abordar situaciones concretas que te afectarán a ti y a tu familia.

Puedes informarte e inscribirte ya pinchando en este link:

http://educadorescatolicos.org/?utm_content=Educaci%C3%B3n%2C%20Eutanasia%2C%20Genero%2C%20Infancia%2C%20las%20leyes%20que%20apagan%20la%20luz%20de%20la%20familia&utm_campaign

Esperanza en la conversión

Testimonio de

Ángel López Berlanga es un español de a pie. Cuenta en primera persona que se metió en el mundo de la droga, se hizo traficante, ganaba dinero, quería más, necesitaba más dinero para llevar ese tren de vida… hasta que un día lo detuvieron.

En Perú se vio con una condena de 12 años, en una cárcel donde cada día era posible morir. Pero ahí dentro, delincuente rodeado de delincuentes, un día se vio inmerso en una procesión. Y la imagen de la Cruz resonó en su alma. La Cruz fue perdón y liberación.

Su conversión le dio la libertad interior y le sanó las heridas hasta el punto de reconciliarse con los que más quería: su familia.

Contado por él mismo, este cambio en su vida es ahora el testimonio que da la ACdP para animar a todos a volver a Dios, que siempre nos busca (a cada uno en su cárcel).

Un ladrón junto a Jesús

«Ten esperanza: un ladrón se salvó» es el lema. Y es que la historia de Ángel recuerda, cómo no, a san Dimas, el buen ladrón que se arrepintió en el último momento, clavado junto a la Cruz de Jesús.

El vídeo busca a los ladrones, a los que están alejados, pero al verlo uno percibe que el protagonista es Cristo y su misericordia infinita. Y en ella cabemos todos. Todos somos el buen ladrón que nos damos cuenta de nuestra miseria y, si dejamos actuar a Dios en nuestra alma, nos acogemos al perdón de Dios. Todos necesitamos de Él.

Marquesina de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) en España

ACDP

La campaña se ha difundido por más de 40 ciudades españolas, con un cartel en las marquesinas que incluye un código QR. Escanéandolo, en el tiempo que viene el autobús o llegas a la parada del metro, se puede ver el vídeo con el testimonio de Ángel.

Además, la ACdP ha planteado un viacrucis en las calles de la ciudad de Málaga. Así, este año en el que no pueden celebrarse procesiones en la calle a causa de la pandemia, quien quiera puede hacer su propio recorrido y vivir espiritualmente la Semana Santa.

Se hace una película sobre la reacción de los discípulos tras la crucifixión

Nunca se había hecho un tipo de película así, porque empieza en la crucifixión. Ofrece un mensaje de esperanza durante la pandemia.