POR TODAS LAS PERSONAS QUE SUFREN DISCRIMINACIÓN Y PERSECUCIÓN RELIGIOSA: INTENCIÓN DE ORACIÓN PARA ENERO 2022

Religious discrimination and persecution: We pray for all those suffering from religious discrimination and persecution; may their own rights and dignity be recognized, which originate from being brothers and sisters in the human family.

Recemos para que todas las personas que sufren discriminación y persecución religiosa encuentren en las sociedades en las que viven el reconocimiento de sus derechos y la dignidad que proviene de ser hermanos y hermanas.

¿Cómo puede ser que actualmente muchas minorías religiosas sufran discriminaciones o persecuciones?
¿Cómo permitimos en esta sociedad tan civilizada que haya personas que sean perseguidas simplemente por profesar públicamente su fe? No solo es inaceptable, es inhumano, es una locura.
La libertad religiosa no se limita a la libertad de culto, es decir a que puedan tener un culto el día prescrito por sus libros sagrados, sino que nos hace valorar al otro en su diferencia y reconocer en él a un verdadero hermano.
Como seres humanos tenemos tantas cosas en común que podamos convivir acogiendo las diferencias con la alegría de ser hermanos.
Y que una pequeña diferencia, o una sustancial diferencia como es la religiosa, no opaque la gran unidad de ser hermanos.
Elijamos el camino de la fraternidad. Porque o somos hermanos, o perdemos todos.
Recemos para que las personas que sufren discriminación y que sufren persecución religiosa encuentren en las sociedades en las que viven el reconocimiento y la dignidad que proviene de ser hermanos y hermanas.

6 años del pontificado de Francisco

Papa Francisco, 13 de marzo 2013

Papa Francisco: seis años de Pontificado con la fuerza del Espíritu

En este aniversario, repasemos juntos los aspectos espirituales del Magisterio del Papa Francisco, a veces silenciados por la dimensión social amplificada por los medios de comunicación: del cristocentrismo de la fe en el poder de la oración, de la santidad de la vida cotidiana a la dimensión mariana

Sergio Centofanti – Ciudad del Vaticano

Han pasado seis años desde aquel 13 de marzo de 2013, cuando fue elegido el primer Papa del continente americano, el primer jesuita, el primero con el nombre de Pobre de Asís. Más allá de los acontecimientos y de los hechos más famosos de estos 2191 días con el Papa Francisco, 265º Sucesor de Pedro, podemos subrayar 10 puntos de su pontificado, más específicamente espirituales, que no siempre aparecen en las crónicas.

1. Vivir la fe es encontrarse con Jesús

En el centro del magisterio del Papa Francisco está el misterio del encuentro con el Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, del que brota el primer anuncio, el «kerygma»: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo, a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (Evangelii gaudium, 164). La fe no es una ideología -las ideas dividen y levantan muros- sino un encuentro concreto con nuestro Salvador que nos mueve a encontrarnos con los demás, cambiando nuestras vidas para siempre: de este encuentro de amor nace el deseo de llevar la alegría del Evangelio al mundo. Es la fuerza del amor de Jesús, vivido en primera persona, lo que nos impulsa a decir la buena nueva, que es para todos: los cristianos no son más que pobres mensajeros que tienen que decir algo infinitamente más alto que ellos mismos.

2. Oración: Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos y hermanas

La oración -dice el Papa Francisco- es la base de la vida cristiana: sustancialmente, más allá de las palabras, significa estar con Dios, confiarse al Padre. La verdadera oración es una relación viva, una experiencia cotidiana, hecha de escucha y diálogo, de consuelo y liberación, pero también de cólera: «Esto también es oración. Le gusta cuando te enfadas y le dices en su cara lo que sientes, porque es un Padre».  En la prueba -observa- la oración del «por qué» puede fluir de nuestros corazones: un grito lanzado en las tinieblas de la tribulación, porque nadie puede entender plenamente el dolor. Orar -afirma Francisco- es comprender que somos hijos de un único Padre que no nos abandona y nos hace descubrir hermanos más allá de nuestras pequeñas fronteras. Orar es salir al encuentro del otro, un misterio de amor que siempre ha estado en la mente de su Creador.

3. El Espíritu Santo está perturbando

Un aspecto fuerte de este pontificado es la invitación a dejarse cambiar por el Espíritu Santo. La vida del cristiano -repite a menudo el Papa- es una conversión continua, un éxodo diario del yo hacia ti, del cierre a la salida, de la defensa a la recepción: es una necesidad de profunda renovación espiritual que choca con nuestra resistencia a no dejarnos transformar por la caridad, tal vez en nombre de una verdad que queremos poseer como un paquete de doctrinas que no dejan lugar a dudas. En cambio, subraya el Papa, el Espíritu «perturba» con sus sorpresas, avanza con sus fuerzas, hace crecer en la fe con su sabiduría, pero también con sus dudas: «En un sentido positivo», las dudas «son un signo de que queremos conocer mejor a Jesús y el misterio de su amor por nosotros. El Espíritu Santo nos hace verdaderos evangelizadores: no buscadores de prosélitos para adoctrinar y encerrar en una secta, sino simples portadores de la Verdad hecha persona, que no se impone sino que nos hace libres.

4. Una Iglesia con puertas abiertas

La Iglesia es un sacramento de salvación y por eso -dice el Papa- «está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre». Aunque puede suceder que «actuemos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del padre donde hay lugar para cada uno con su vida cansada». «Ni siquiera las puertas de los sacramentos deben estar cerradas por ninguna razón. Inventamos el octavo sacramento, dice, el de las costumbres pastorales. Así pues, «la Eucaristía, aunque constituye la plenitud de la vida sacramental, no es una recompensa para el perfecto, sino un generoso remedio y alimento para el débil. Estas convicciones – observa el Papa Francisco – tienen también consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia». La comunidad cristiana está llamada a convertirse en un buen samaritano para inclinarse sobre los hermanos y hermanas heridos que quedan a un lado del camino. Pero es necesario no encerrar a Jesús en los templos: está llamando a la puerta para salir y dar vida.

5. Una continua renovación espiritual

La Iglesia, pueblo de Dios -dice el Papa-, está llamada a renovarse constantemente para ser cada vez más fiel a Cristo. Es un dinamismo interior movido por el Espíritu que hace comprender mejor las verdades cristianas y hace crecer la comprensión de la fe: es ese desarrollo de la doctrina el que puede escandalizar, pero que en 2000 años de historia ha dado muchos pasos que hoy nos parece que se dan por sentados. El peligro es absolutizar un momento histórico dado y cristalizarlo en una forma particular, perdiendo la perspectiva de un viaje. Es una Iglesia que se deja purificar en las pruebas, como el escándalo de los abusos, «una Iglesia pobre para los pobres» que existe para servir y saber caminar juntos, clero, religiosos y laicos, hombres y mujeres, más allá de cualquier tentación de clericalismo. Es la perversión mundana del sacerdocio: de ser una fuerza vital de salvación, se convierte en una mano depredadora que roba y devasta. El Papa hizo un fuerte llamamiento a los pastores para que no sean príncipes, sino pastores que compartan la alegría y el sufrimiento de la comunidad. En la conciencia de que somos un «no pueblo» y sólo Dios nos hace su «pueblo».

6. La verdadera fe nos pone en crisis

El Papa Francisco ha puesto tanto de nuestro cristianismo en crisis. Al hacerlo, Jesús espoleó a los así llamados vecinos, luego fueron escribas y fariseos, y lanzó puentes hacia los así llamados lejanos. Obligó, con un lenguaje a menudo fuerte y colorido, a tomar posición sobre sus palabras: podemos aceptarlas con humildad dejándonos corregir o rechazarlas con indignación ofendida. «Una fe que no nos pone en crisis -dijo- es una fe en crisis; una fe que no nos hace crecer es una fe que debe crecer; una fe que no nos cuestiona es una fe sobre la que debemos cuestionarnos; una fe que no nos anima es una fe que debe animarnos; una fe que no nos molesta es una fe que debe ser molestada». Porque Dios, que se hace hombre y muere, crucificado por nosotros y resucita, no puede dejar de molestar. Los fariseos tenían todo claro acerca de la fe, así que la poseían como un objeto y podían manejarla, preservando la seguridad de su poder; y podían engañar a Dios. En cambio, Jesús nos llama a seguirlo en sus caminos que no son nuestros caminos. A veces el lenguaje de Francisco puede no gustarle, puede parecer duro, pero es un estímulo para repensar siempre la propia fe porque no la damos por sentada y no caemos en un riesgo fácil para los que se consideran cercanos: la hipocresía.

7. La caridad por encima de todo

La esencia del cristianismo -repite el Papa- es la caridad. Podemos anunciar al mundo las verdades más grandes de la fe dando incluso vida, haciendo maravillas y cazando demonios, pero sin amor no somos nada. La caridad no es una abstracción. Francisco no se cansa de recordar que al final de nuestras vidas seremos juzgados por algo muy concreto. Y cita a menudo el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a visitarme». En esta continua llamada a la atención de los pobres, de los migrantes y de los sufrimientos de todo tipo, a quienes quiere abrazar por primera vez en las audiencias, a veces no se entiende al Papa, se le acusa de hacer prevalecer el aspecto social sobre el trascendente. Todo lo contrario. Este llamamiento tiene una raíz escatológica profunda: pensar en el juicio final. En la tarde de la vida será nuestro amor concreto en esta vida el que nos juzgará. Si no reconocemos a Cristo en el rostro de los pobres, no reconoceremos a Jesús cuando lo veamos cara a cara.

8. La santidad es la misericordia de la vida cotidiana

Este es el tiempo de la misericordia. Es otra frase de Francisco a menudo malentendida, como si cayera en la bondad relativista. La misericordia del Señor, repite el Papa, es infinita, pero si no la aceptamos tomamos la llamada ira de Dios. Es el infierno, el rechazo del amor de Dios. El Todopoderoso sólo se detiene ante una cosa: nuestra libertad. Por eso el Papa hace la distinción entre pecadores y corruptos. Todos somos pecadores, y Francisco se pone en primera línea, pero los corruptos son los que se sienten justos y no quieren aceptar el perdón de Dios. Los santos, en cambio, son los que aceptan la misericordia divina en su debilidad y la derraman sobre los demás. Son pecadores que se dejan elevar continuamente por el amor gratuito de Dios, que les da la fuerza para gastar su vida por los demás, en el silencio de la vida cotidiana.

9. El cristiano está en el mundo, pero no en el mundo

Francisco da un fuerte sentido espiritual a sus palabras y, en línea con toda tradición, ve al cristiano comprometido en el mundo, pero con los ojos del cielo. La invocación «ven a tu reino» es trabajar en esta tierra para construir ya desde aquí el reino del amor de Dios. El cristiano no es aquel que se encierra en su propio intimismo religioso, sino que trae su ladrillito para construir la paz, la justicia y la fraternidad en la sociedad. De ahí las denuncias del Papa contra los mercaderes de la muerte que ganan en las guerras, contra una economía que mata y descarta a los más débiles, contra colonizaciones ideológicas, como la teoría del género, que atacan la vida, la familia, la libertad de educación y la conciencia. Francisco escribió una encíclica sobre el cuidado de la creación, no porque sea un «Papa verde», como algunos lo han definido, sino porque cuidar de la casa común es administrar un bien que Dios nos ha confiado para el bien de todos. Al no cuidar el medio ambiente en el que nos encontramos, hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres más pobres, sin calcular el daño para las generaciones futuras. La llamada del Papa Francisco a los cristianos no es a alejarse del mundo, sino a comprometerse con las cosas del mundo de una manera cristiana.

10. La ayuda de María y la lucha contra el diablo

Francisco cita a menudo al diablo. No se avergüenza de aparecer como alguien que habla de cosas consideradas medievales por muchos. «El diablo también existe en el siglo XXI», dijo. Detrás del mal que hace el hombre está Satanás. Dice esto no para menospreciar las responsabilidades del hombre, sino para dejar claro que la mayor lucha es en el nivel espiritual. El diablo es el que divide: quiere dividirnos de Dios y de nuestros hermanos y hermanas, divide a los pueblos, a las comunidades, a la Iglesia, a las familias. Dice mentiras, acusa, es un enemigo, mata. Francisco siempre apela a María en esta lucha. Se confía a la Madre de Dios, como lo hace al principio y al final de cada viaje internacional, cuando se dirige a Santa Maria Maggiore para rezar ante el icono del Salus Populi Romani. El Papa exhortó a los fieles a seguir rezando el Rosario todos los días, a pedir por intercesión de María y de San Miguel Arcángel la protección de la Iglesia de los ataques del diablo. El Rosario, dice, es su oración del corazón. Francisco nos invita a creer en la fuerza de la oración y al final de cada discurso hace esta petición, que ahora nos es familiar: «No olviden orar por mí». Y de vez en cuando añade: «¡Lo necesito!».

Algunos datos sobre el pontificado

En los seis años de su pontificado, Francisco ha pronunciado más de 1000 homilías, de las cuales más de 670 en las Misas de Santa Marta, ejemplo de vívida lectio divina a braccio. Más de 1200 discursos públicos, 264 catequesis en la audiencia general el miércoles (sobre los siguientes temas: Año de la fe, en particular el Credo, los Sacramentos, los dones del Espíritu Santo, la Iglesia, la familia, la misericordia, la esperanza cristiana, la Santa Misa, el Bautismo, la Confirmación, los Mandamientos, la oración del Padre Nuestro). Y también: 342 pequeñas catequesis sobre el Evangelio del domingo y los días festivos con ocasión del Ángelus y Regina Caeli; dos Encíclicas (Lumen fidei, completando lo que comenzó Benedicto XVI, y Laudato si’); tres Exhortaciones apostólicas (Evangelii gaudium, texto programático del pontificado y fundamental para comprenderlo en su amplitud, y luego Amoris laetitia y Gaudete et exsultate); 36 Constituciones apostólicas (Episcopalis communio, Veritatis gaudium y Vultum Dei quaerere); 27 Motu proprio; una Bula para la proclamación del Jubileo de la Misericordia (Misericordiae Vultus). El Papa presidió tres Sínodos, dos sobre la familia y uno sobre los jóvenes, realizó 27 viajes internacionales con 41 países visitados (de todos los continentes excepto Oceanía) y 24 viajes a Italia. Entre las numerosas canonizaciones recordamos a los tres Papas, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, y luego a la Madre Teresa de Calcuta, Monseñor Romero, a los dos hijos pastores de Fátima Jacinta y Francisco Marto, a los padres de Santa Teresa del Niño Jesús, a las dos místicas Ángela da Foligno e Isabel de la Trinidad. Finalmente, tiene una cuenta en Twitter en 9 idiomas (@pontifex), con 48 millones de seguidores, y en Instagram (Franciscus) tiene casi 6 millones de seguidores.

Puedes ver también el siguiente link:
https://opusdei.org/es-es/article/especial-un-nuevo-papa-para-la-iglesia/

Audiencia del Papa Francisco: 24 octubre

Love is without reserve, not only when “it is convenient”

Sobre el sexto mandamiento:

Inauguración del Sínodo de los jóvenes del 3 al 28 octubre

Podrás encontrar todo en el link: http://www.synod2018.va/content/synod2018/es

Homilía del Papa Francisco durante la Misa de inauguración del Sínodo de los Obispos de los jóvenes

«El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14,26).

De esta forma tan sencilla, Jesús les ofrece a sus discípulos la garantía que acompañará toda la obra misionera que les será encomendada: el Espíritu Santo será el primero en custodiar y mantener siempre viva y actuante la memoria del Maestro en el corazón de los discípulos. Él es quien hace que la riqueza y hermosura del Evangelio sea fuente de constante alegría y novedad.

Al iniciar este momento de gracia para toda la Iglesia, en sintonía con la Palabra de Dios, pedimos con insistencia al Paráclito que nos ayude a hacer memoria y a reavivar esas palabras del Señor que hacían arder nuestro corazón (cf. Lc 24,32). Ardor y pasión evangélica que engendra el ardor y la pasión por Jesús. Memoria que despierte y renueve en nosotros la capacidad de soñar y esperar. Porque sabemos que nuestros jóvenes serán capaces de profecía y de visión en la medida que nosotros, ya mayores o ancianos, seamos capaces de soñar y así contagiar y compartir esos sueños y esperanzas que anidan en el corazón (cf. Jl 3,1).

Que el Espíritu nos dé la gracia de ser Padres sinodales ungidos con el don de los sueños y de la esperanza para que podamos, a su vez, ungir a nuestros jóvenes con el don de la profecía y la visión; que nos dé la gracia de ser memoria operante, viva, eficaz, que de generación en generación no se deja asfixiar ni aplastar por los profetas de calamidades y desventuras ni por nuestros propios límites, errores y pecados, sino que es capaz de encontrar espacios para encender el corazón y discernir los caminos del Espíritu. Con esta actitud de dócil escucha de la voz del Espíritu, hemos venido de todas partes del mundo. Hoy, por primera vez, están también aquí con nosotros dos hermanos obispos de China Continental. Démosles nuestra afectuosa bienvenida: gracias a su presencia, la comunión de todo el Episcopado con el Sucesor de Pedro es aún más visible.

Ungidos en la esperanza comenzamos un nuevo encuentro eclesial capaz de ensanchar horizontes, dilatar el corazón y transformar aquellas estructuras que hoy nos paralizan, nos apartan y alejan de nuestros jóvenes, dejándolos a la intemperie y huérfanos de una comunidad de fe que los sostenga, de un horizonte de sentido y de vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49).

La esperanza nos interpela, moviliza y rompe el conformismo del «siempre se hizo así» y nos pide levantarnos para mirar de frente el rostro de nuestros jóvenes y las situaciones en las que se encuentran. La misma esperanza nos pide trabajar para revertir las situaciones de precariedad, exclusión y violencia a las que están expuestos nuestros muchachos.

Nuestros jóvenes, fruto de muchas de las decisiones que se han tomado en el pasado, nos invitan a asumir junto a ellos el presente con mayor compromiso y luchar contra todas las formas que obstaculizan sus vidas para que se desarrollen con dignidad. Ellos nos piden y reclaman una entrega creativa, una dinámica inteligente, entusiasta y esperanzadora, y que no los dejemos solos en manos de tantos mercaderes de muerte que oprimen sus vidas y oscurecen su visión.

Esta capacidad de soñar juntos que el Señor hoy nos regala como Iglesia, reclama, como nos decía san Pablo en la primera lectura, desarrollar entre nosotros una actitud definida: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2,4). E inclusive apunta más alto al pedir que con humildad consideremos estimar a los demás superiores a nosotros mismos (cf. v. 3). Con este espíritu intentaremos ponernos a la escucha los unos de los otros para discernir juntos lo que el Señor le está pidiendo a su Iglesia. Y esto nos exige estar alertas y velar para que no domine la lógica de autopreservación y autorreferencialidad que termina convirtiendo en importante lo superfluo y haciendo superfluo lo importante. El amor por el Evangelio y por el pueblo que nos fue confiado nos pide ampliar la mirada y no perder de vista la misión a la que nos convoca para apuntar a un bien mayor que nos beneficiará a todos. Sin esta actitud, vanos serán todos nuestros esfuerzos.

El don de la escucha sincera, orante y con el menor número de prejuicios y presupuestos nos permitirá entrar en comunión con las diferentes situaciones que vive el Pueblo de Dios. Escuchar a Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; escuchar al pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama (cf. Discurso durante el encuentro para la familia, 4 octubre 2014).

Esta actitud nos defiende de la tentación de caer en posturas «eticistas» o elitistas, así como de la fascinación por ideologías abstractas que nunca coinciden con la realidad de nuestros pueblos (cf. J. M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, 45-46).

Hermanos y hermanas: Pongamos este tiempo bajo la materna protección de la Virgen María. Que ella, mujer de la escucha y la memoria, nos acompañe a reconocer las huellas del Espíritu para que, «sin demora» (cf. Lc 1,39), entre los sueños y esperanzas, acompañemos y estimulemos a nuestros jóvenes para que no dejen de profetizar.

Padres sinodales:

Muchos de nosotros éramos jóvenes o comenzábamos los primeros pasos en la vida religiosa al finalizar el Concilio Vaticano II. A los jóvenes de aquellos años les fue dirigido el último mensaje de los padres conciliares. Lo que escuchamos de jóvenes nos hará bien volverlo repasar en el corazón recordando las palabras del poeta: «Que el hombre mantenga lo que de niño prometió» (F. Hölderlin).

Así nos hablaron los Padres conciliares: «La Iglesia, durante cuatro años, ha trabajado para rejuvenecer su rostro, para responder mejor a los designios de su fundador, el gran viviente, Cristo, eternamente joven. Al final de esa impresionante “reforma de vida” se vuelve a vosotros. Es para vosotros los jóvenes, sobre todo para vosotros, porque la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir. La Iglesia está preocupada porque esa sociedad que vais a constituir respete la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, y esas personas son las vuestras […]

En el nombre de este Dios y de su hijo, Jesús, os exhortamos a ensanchar vuestros corazones a las dimensiones del mundo, a escuchar la llamada de vuestros hermanos y a poner ardorosamente a su servicio vuestras energías. Luchad contra todo egoísmo. Negaos a dar libre curso a los instintos de violencia y de odio, que engendran las guerras y su cortejo de males. Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edificad con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores» (Pablo VI, Mensaje a los jóvenes, con ocasión de la clausura del Concilio Vaticano II, 8 diciembre 1965).

Padres sinodales: la Iglesia los mira con confianza y amor.

 

Fuente: Sala de Prensa de la Santa Sede

[01528-ES.02] [Texto original: Italiano]

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Catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa, centrada en el Padre Nuestro

Miércoles 14 de marzo 2018

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con la catequesis sobre la santa misa. En la Última Cena, después de que Jesús tomó el pan y el cáliz del vino, y dio gracias a Dios, sabemos que «partió el pan». A esta acción corresponde, en la Liturgia Eucarística de la misa, la fracción del Pan, precedida por la oración que el Señor nos ha enseñado, es decir, por el «Padre Nuestro».

Y así comenzamos los ritos de la Comunión, prolongando la alabanza y la súplica de la Oración eucarística con el rezo comunitario del «Padre Nuestro». Esta no es una de las muchas oraciones cristianas, sino que es la oración de los hijos de Dios: es la gran oración que nos enseñó Jesús. De hecho, entregado el día de nuestro bautismo, el «Padre Nuestro» nos hace resonar en nosotros esos mismos sentimientos que estaban en Cristo Jesús. Cuando nosotros rezamos el «Padre Nuestro», rezamos como rezaba Jesús. Es la oración que hizo Jesús, y nos la enseñó a nosotros; cuando los discípulos le dijeron: «Maestro, enséñanos a rezar como tú rezas. Y Jesús rezaba así. ¡Es muy hermoso rezar como Jesús! Formados en su divina enseñanza, osamos dirigirnos a Dios llamándolo «Padre» porque hemos renacido como sus hijos a través del agua y el Espíritu Santo (cf. Efesios 1, 5). Ninguno, en realidad, podría llamarlo familiarmente «Abbà» —«Padre»— sin haber sido generado por Dios, sin la inspiración del Espíritu, como enseña san Pablo (cf. Romanos 8, 15). Debemos pensar: nadie puede llamarlo «Padre» sin la inspiración del Espíritu. Cuántas veces hay gente que dice «Padre Nuestro», pero no sabe qué dice. Porque sí, es el Padre, ¿pero tú sientes que cuando dices «Padre» Él es el Padre, tu Padre, el Padre de la humanidad, el Padre de Jesucristo? ¿Tú tienes una relación con ese Padre? Cuando rezamos el «Padre Nuestro», nos conectamos con el Padre que nos ama, pero es el Espíritu quien nos da ese vínculo, ese sentimiento de ser hijos de Dios. ¿Qué oración mejor que la enseñada por Jesús puede disponernos a la Comunión sacramental con Él? Más allá de en la misa, el «Padre Nuestro» debe rezarse por la mañana y por la noche, en los Laudes y en las Vísperas; de tal modo, el comportamiento filial hacia Dios y de fraternidad con el prójimo contribuyen a dar forma cristiana a nuestros días.

En la oración del Señor —en el «Padre nuestro»— pidamos el «pan cotidiano», en el que vemos una referencia particular al Pan Eucarístico, que necesitamos para vivir como hijos de Dios. Imploramos también el «perdón de nuestras ofensas» y para ser dignos de recibir el perdón de Dios nos comprometemos a perdonar a quien nos ha ofendido. Y esto no es fácil. Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que debemos pedir: «Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado». Es una gracia. Con nuestras fuerzas nosotros no podemos: es una gracia del Espíritu Santo perdonar. Así, mientras nos abre el corazón a Dios, el «Padre nuestro» nos dispone también al amor fraternal. Finalmente, le pedimos nuevamente a Dios que nos «libre del mal» que nos separa de Él y nos separa de nuestros hermanos. Entendemos bien que estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos para la Sagrada Comunión (cf. Instrucción General del Misal Romano, 81). De hecho, lo que pedimos en el «Padre nuestro» se prolonga con la oración del sacerdote que, en nombre de todos, suplica: «Líbranos, Señor, de todos los males, danos la paz en nuestros días». Y luego recibe una especie de sello en el rito de la paz: lo primero, se invoca por Cristo que el don de su paz (cf. Juan 14, 27) —tan diversa de la paz del mundo— haga crecer a la Iglesia en la unidad y en la paz, según su voluntad; por lo tanto, con el gesto concreto intercambiado entre nosotros, expresamos «la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental» (IGMR, 82). En el rito romano, el intercambio de la señal de paz, situado desde la antigüedad antes de la comunión, está encaminado a la comunión eucarística. Según la advertencia de san Pablo, no es posible comunicarse con el único pan que nos hace un solo cuerpo en Cristo, sin reconocerse a sí mismos pacificados por el amor fraterno (cf. 1 Corintios 10, 16-17; 11, 29). La paz de Cristo no puede arraigarse en un corazón incapaz de vivir la fraternidad y de recomponerla después de haberla herido. La paz la da el Señor: Él nos da la gracia de perdonar a aquellos que nos han ofendido.

El gesto de la paz va seguido de la fracción del Pan, que desde el tiempo apostólico dio nombre a la entera celebración de la Eucaristía (cf. IGMR, 83; Catequismo de la Iglesia Católica, 1329). Cumplido por Jesús durante la Última Cena, el partir el Pan es el gesto revelador que permitió a los discípulos reconocerlo después de su resurrección. Recordemos a los discípulos de Emaús, los que, hablando del encuentro con el Resucitado, cuentan «cómo le habían conocido en la fracción del pan» (cf. Lucas 24, 30-31.35).

La fracción del Pan eucarístico está acompañada por la invocación del «Cordero de Dios», figura con la que Juan Bautista indicó en Jesús al «que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). La imagen bíblica del cordero habla de la redención (cf. Esdras 12, 1-14; Isaías 53, 7; 1 Pedro 1, 19; Apocalipsis 7, 14). En el Pan eucarístico, partido por la vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, es decir, el Cristo redentor y le suplica: «ten piedad de nosotros… danos la paz».

«Ten piedad de nosotros», «danos la paz» son invocaciones que, de la oración del «Padre nuestro» a la fracción del Pan, nos ayudan a disponer el ánimo a participar en el banquete eucarístico, fuente de comunión con Dios y con los hermanos. No olvidemos la gran oración: lo que Jesús enseñó, y que es la oración con la cual Él rezaba al Padre. Y esta oración nos prepara para la comunión.

 

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española provenientes de España y América Latina, en particular al grupo de la Fundación “Líderes Globales para el Fomento de los Gobiernos Locales”. En nuestro camino cuaresmal de preparación para la Pascua del Señor, pidamos a la Virgen María que no deje de mirarnos con amor para que, con la ayuda del Espíritu Santo, haga fecundos nuestros propósitos de una mayor entrega y generosidad en nuestra vida cristiana. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

10 consejos para empezar bien el curso – 10 tips to start the school year well

 “Cuesta de septiembre”, “estrés postvacacional”… El inicio del curso académico puede ser una pesadilla o una oportunidad para empezar de nuevo y sacar lo mejor de nosotros mismos. Para los que optan por lo segundo, san Josemaría tiene estos diez consejos de bolsillo.

10 consejos de san Josemaría para empezar bien el curso

1. No dejes tu trabajo para mañana. Camino, n. 15

2. Evita siempre la queja, la crítica, las murmuraciones… Surco, n. 918

3. (…) Deja tu afición a las primeras piedras y pon la última en uno solo de tus proyectos Camino, n. 42

4. Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional… Camino, n. 359

5. Cuando distribuyas tu tiempo, has de pensar también en qué emplearás los espacios libres que se presenten a horas imprevistas. Surco, n. 513

6. (…) Haz lo que debes y está en lo que haces. Camino, n. 815

7. (…) A veces hace falta tener al lado caras sonrientes Surco, n. 57

8. La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor. (Apuntes de la predicación (AGP, P10, n. 25), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Rialp, Madrid 2013, vol. II, p. 295.)

9. Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida. Surco, n. 63

10. (…) Recuérdalo bien y siempre: aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, ¡no se viene abajo nada!, porque Dios no pierde batallas. Forja, n. 332

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Fuente: http://opusdei.es/es-es/article/10-consejos-de-san-josemaria-para-empezar-bien-el-curso-escolar/

Ejemplo de misericordia: En los Talleres de Marangatú (Luján, Argentina) se ofrece capacitación laboral para mujeres

Marangatú: poder en las manos de las mujeres de Luján

En casi 30 años de existencia, más de 4.000 inscritas han aprendido una ocupación y han gozado de la amistad.

Desde hace 28 años, en Marangatú se ofrecen talleres de capacitación en oficios para mujeres que viven en la zona. Se desea facilitarles así una mejor salida laboral, contribuyendo con el desarrollo de la comunidad. El objetivo principal es capacitar a las mujeres de pocos recursos de Luján a través de una formación integral: en lo profesional, cultural, humano y espiritual.

Ya son miles de mujeres las que han egresado de los talleres de Marangatú. Recientemente, el 7 de junio de 2017, algunas de ellas acudieron, emocionadas y agradecidas, al evento en el que se inauguró la calle que lindera los talleres con el nombre «Beato Álvaro del Portillo».

Así lo cuenta Maria Eugenia, una de las asistentes: «10:30 de la mañana y todo parece listo en Marangatú. Empieza el acto. Rodeando el monolito con la inscripción del nombre del beato se encuentran el arzobispo de Mercedes-Luján, Mons. Agustín Radrizzani; la Secretaria de Políticas Sociales de la Municipalidad de Luján, Mónica Issouribehere; la Coordinadora de Talleres Marangatú, Zunilda Cavasin; Silvia D’Imperio, representante de la asociación ICIED; el vicario del Opus Dei en Buenos Aires, padre Fabricio Melchiori; el padre Diego Piccardo, y un grupo de alumnas y profesoras.

Comienza a hablar el padre Fabricio, y recuerda que un día de otoño como este, precisamente un 12 de junio de 1974, llegaban en romería a Luján san Josemaría y el beato Álvaro para honrar a la Madre de Jesús: “En ese entonces, san Josemaría decía ‘Cuando me vaya me quedaré a los pies de Santa María de Luján, ahí dejo mi corazón’. Y así fue. Aquí se quedó entre nosotros”.

No sólo dejó su corazón en Luján, sino que transformó el de miles de argentinos y argentinas que, por el impulso de la vida y las palabras de san Josemaría y del beato Álvaro, se sintieron movilizados a poner en marcha iniciativas sociales, educativas y de capacitación profesional, que pudieran resolver de manera concreta las necesidades de la gente, especialmente de los pobres y de los enfermos, de los que más sufren. Una de ellas fue Talleres de Marangatú.

«Damos gracias a Dios -continúa el padre Fabrizio-porque son cerca de 4.000 las mujeres que ya recibieron cursos y capacitación sobre arte, técnicas de tejido artesanal, gastronomía, acompañamiento de personas y corte y confección».

«Qué alegría escucharlas cuando nos cuentan que pudieron sacar adelante un emprendimiento personal, que sus familias se sienten orgullosas de ellas; qué emocionante descubrir que cada una, en su ambiente, se convierte a la vez en transmisora, compartiendo con otras lo que aprendió en los Talleres de Marangatú”, finaliza el padre Fabricio, a lo que le sigue una serie de aplausos que transmiten la emoción y la alegría de formar parte del proyecto.

La Coordinadora de los Talleres, Zunilda Cavasin, participa en este proyecto desde los inicios en 1989 y cuenta que profesoras y alumnas trabajan en un clima de amistad y compañerismo que las une como un lazo invisible, y agrega: “El objetivo de los Talleres es que cada una se convierta en formadora y transformadora del lugar en donde se encuentra”.

Los Talleres Marangatú son iniciativa de ICIED, una asociación que surgió hace más de 30 años con una destacada impronta social: “Trabajamos con absoluta seguridad de que la promoción de la mujer no solo la beneficia a ella sino también a todos los que comparten su vida, su familia y la comunidad”, afirma Silvia D’imperio, representante de la Comisión Directiva.

Recordó también algunas otras iniciativas que lleva adelante ICIED como el Centro de Salud, Nutrición y Desarrollo Social en González Catán (partido de La Matanza); el CECAM, un centro de educación y capacitación para la mujer en Derqui (partido de Pilar); Impulso Social, organización destinada a coordinar al capacitación y acción de estudiantes y jóvenes profesionales en voluntariado social, entre otras.

Finalmente, Mons. Radrizzani descubre la placa que dice: “Beato Álvaro del Portillo, Obispo, sirvió a la Iglesia difundiendo el mensaje de la santificación del trabajo que aprendió del fundador del Opus Dei” y da la bendición diciendo:

“Oh Dios, que a través del Beato Álvaro nos animaste a repetir muchas veces ‘Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro’, te pedimos que sepamos acudir siempre a Nuestra Santísima Madre, particularmente aquí en Luján y que nos guíes hacia Jesús, principio y fin de todo lo bueno, y nos ayudes a perseverar hasta el final en el camino comenzado”, reza el prelado.

De esta manera se cierra el acto y, con un café y un alfajor de chocolate en la mano, entramos a conocer los Talleres de Marangatú.

En el taller de pintura está Mercedes. Le pregunto por lo que está haciendo y nos ponemos a charlar. Me cuenta que pinta cuadros y que algunos los vende: “Así que a pesar de tener la edad que tengo, y cobrar una jubilación, es algo que me ayuda económicamente también».

Mi curiosidad quiere saber qué es lo que le gusta de estos talleres, qué encuentra aquí que la motiva a venir… Su respuesta es profunda, me dice que a lo largo de su vida hizo muchos talleres, pero que esto es diferente: “Cada una de nosotras venimos con nuestras mochilitas, hasta la profe, y más allá de compartir el lugarcito y la pintura y la pasión por lo que nos gusta hacer, compartimos nuestras vivencias, nuestras felicidades y errores, compartimos todo”.

Sigue la charla y comenta, con una mezcla de dolor y alegría a la vez, que después de que falleció su marido, uno de sus hijos estuvo 23 días en coma inducido por un problema de salud: “El respeto, el cariño, y la contención que recibí de parte de todas, fue lo que me ayudó a no caer”.

Se hace un silencio, y sigue: “Yo encuentro en Marangatú contención y ganas de seguir adelante, muchas ganas de seguir adelante...». Me vienen a la mente ese «Vayan para adelante», que el Papa propuso a los jóvenes en Río de Janeiro y se me ocurre que Mercedes es un ejemplo y que al Papa seguro le gustaría conocerla y escuchar su historia.

13:30. Me voy de Marangatú. Busco en mi libreta las palabras que dijo hace unas horas el padre Fabricio y leo: “El beato Álvaro nos animaba a no ser indiferentes, a ser siempre signo más, signo de amor y de entrega”. Me quedo pensando… Signo más: eso es Mercedes, eso es Marangatú».

Fuente: http://opusdei.es/es-es/article/marangatu-iniciativa-social-argentina-beato-alvaro/

 

Las mejores imágenes del viaje del Papa a Colombia – Libro electrónico: El Papa Francisco en Colombia

The best images from the pope’s trip to Colombia

Intervenciones del Papa Francisco durante su viaje a Colombia (6-11 de septiembre de 2017).

 

Papa Francisco: Quejarse a Dios es también un modo de rezar – audiencia miércoles 28 de diciembre 2016

El Papa ha llegado a la audiencia general algunos minutos antes de lo habitual, para poder detenerse con algunos peregrinos. 

Uno de ellos, emocionado, ha conmovido a Francisco con su historia.

También el Papa se ha detenido con los recién casados y ha bendecido a una de esas parejas que ya está esperando su primer hijo.

«A los recién casados yo les llamo los valientes, porque hace falta coraje para casarse, sobre todo para toda la vida”.  «No acabéis ningún día sin hacer las paces”. 

Durante la audiencia general ha actuado un circo navideño el Golden Circus de Liana Morfei, que está de paso por Roma. Han conseguido sorprender al Papa con juegos de magia y con sus exóticos papagayos.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abraham, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza. De él el apóstol escribe: «Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones»; “esperando contra toda esperanza”: es duro esto, ¿eh? Esto es fuerte: no hay esperanza, pero yo espero. Y así nuestro padre Abraham. San Pablo se está refiriendo a la fe con la cual Abraham creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo. Pero de verdad era confiarse esperando “contra toda esperanza”, era tan imposible aquello que el Señor le estaba anunciando, porque él era anciano – tenía casi cien años – y su mujer era estéril. No lo ha logrado. Pero lo ha dicho Dios, y lui creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: y él cree.

Confiando en esta promesa, Abraham se pone en camino, acepta dejar su tierra y hacerse extranjero, esperando en este “imposible” hijo que Dios habría debido donarle no obstante el vientre de Sara fuese como si estuviera muerto. Abrahán cree, su fe se abre a una esperanza aparentemente irracional; esta es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que es normalmente considerado sentido común, para creer en lo imposible. La esperanza abre nuevos horizontes, hace capaz de soñar lo que no es ni siquiera imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es bella la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para ir en la vida.

Pero es un camino difícil. Y llega el momento, también para Abraham, de la crisis de desaliento. Ha confiado, ha dejado su casa, su tierra y sus amigos. Todo. Y ha salido, ha llegado al país que Dios le había indicado, el tiempo ha pasado. En aquel tiempo hacer un viaje así no era como ahora, con los aviones – en 12 o 15 horas se hace –; se necesitaban meses, años. El tiempo ha pasado, pero el hijo no llega, el vientre de Sara permanece cerrado en su esterilidad.

Y Abraham, no digo que pierde la paciencia, sino se queja ante el Señor. Y esto aprendemos de nuestro padre Abraham: quejarnos ante el Señor es un modo de orar. A veces yo escucho, cuando confieso: “Me he quejado con el Señor…” y yo respondo: “No te quejes Él es Padre”. Y este es un modo de orar: quejarme ante el Señor, esto es bueno. Se queja ante el Señor y Abraham dice así: «Señor, respondió Abraham, […] yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco (Eliezer era quien gobernaba todas las cosas). Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”. Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación» (Gen 15,2-6).

La escena se desarrolla de noche, afuera esta oscuro, pero también en el corazón de Abraham esta la oscuridad de la desilusión, del desánimo, de la dificultad de continuar esperando en algo imposible. Ahora el patriarca es demasiado avanzado en los años, parece que no hay más tiempo para un hijo, y será un siervo el que entrará a heredar todo.

Abrahán se está dirigiendo al Señor, pero Dios, aunque este ahí presente y habla con él, es como si se hubiera alejado, como si no hubiese cumplido su palabra. Abraham se siente solo, esta viejo y cansado, la muerte se acerca. ¿Cómo continuar confiando?

Y además, ya este reclamo suyo es una forma de fe, es una oración. A pesar de todo, Abraham continúa creyendo en Dios y esperando en algo que todavía podría suceder. Al contrario, ¿para qué interpelar al Señor, quejándose ante Él, reclamando sus promesas? La fe no es solo silencio que acepta todo sin reclamar, la esperanza no es la certeza que te da seguridad ante las dudas y las perplejidades. Pero muchas veces, la esperanza es oscura; pero está ahí, la esperanza… que te lleva adelante. Fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin “pías” apariencias. “Me he molestado con Dios y le he dicho esto, esto, esto” Pero Él es Padre, Él te ha entendido: ve en paz. ¡Tengamos esta valentía! Y esto es la esperanza. Y la esperanza es también no tener miedo de ver la realidad por aquello que es y aceptar las contradicciones.

Abraham pues, en la fe, se dirige a Dios para que lo ayude a continuar esperando. Es curioso, no pide un hijo. Pide: “Ayúdame a continuar esperando”, la oración de tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su improbable promesa: no será un siervo el heredero, sino un hijo, nacido de Abraham, generado por él. Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él continúa afirmando aquello que había dicho, y no ofrece puntos de apoyo a Abraham, para sentirse seguro. Su única seguridad es confiar en la palabra del Señor y continuar esperando.

Y aquel signo que Dios dona a Abraham es una invocación a continuar creyendo y esperando: «Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas […] Así será tu descendencia». Es todavía una promesa, es todavía algo de esperar para el futuro. Dios saca afuera de la carpa a Abrahán, en realidad de sus visiones restringidas, y le muestra las estrellas. Para creer, es necesario saber ver con los ojos de la fe; no solo estrellas, que todos podemos ver, sino para Abrahán deben convertirse en el signo de la fidelidad de Dios.

Es esta la fe, este el camino de la esperanza que cada uno de nosotros debe recorrer. Si también a nosotros nos queda como única posibilidad mirar las estrellas, entonces es tiempo de confiar en Dios. No hay una cosa más bella. La esperanza no defrauda. Gracias.