RESUMEN DEL VIAJE DEL PAPA FRANCISCO A ESLOVAQUIA

Un viaje histórico. El primero después de su operación, donde al Papa Francisco se le vió bien físicamente y anímicamente todavía mejor.

El Papa, esta mañana en Eslovaquia
Se despidió de Eslovaquia exhortando a «una fe que nos hace solidarios con quien pasa necesidad»

En un clima de auténtica fiesta familiar, el Papa Francisco este miércoles, se ha despedido de Eslovaquia con una misa multitudinaria en el Santuario nacional de la Virgen de los Siete Dolores, patrona del país, a una hora de automóvil al norte de Bratislava. El Santo Padre ha resistido muy bien cuatro días de agenda agotadora para cualquiera, y más para una persona de 84 años, todavía convaleciente de una extirpación parcial de colon.

El Papa ha exhortado a todos a «vencer la tentación de una fe estática, que se contenta con cualquier rito o tradición antigua», y a que «no se puede reducir la fe a azúcar que endulza la vida», pues «Jesús es signo de contradicción. Ha venido a llevar la luz a donde hay tinieblas».

Es el viaje apostólico número 34 del Papa Francisco, y también visitó Budapest (Hungría) donde llegó el 12 de septiembre para clausurar el 52 Congreso Eucarístico Internacional. Luego realizó un viaje apostólico en Eslovaquia, donde visitó las ciudades de Bratislava, Košice y Prešov. Este viaje apostólico concluyó el 15 de septiembre con la celebración de la Santa Misa en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de los Dolores en Šaštin, Patrona de Eslovaquia. Francisco ha sido el segundo Pontífice en realizar un viaje apostólico a estos países. San Juan Pablo II visitó Hungría en 1991 y 1996, y Eslovaquia en 1990, 1995 y 2003.

1.- Eslovaquia recibe al Papa con repique de campanas

El Papa Francisco llegó a Bratislava, capital de Eslovaquia, el 12 de septiembre después de clausurar el 52 Congreso Eucarístico Internacional que se llevó a cabo en Budapest (Hungría). A su llegada, las campanas de todas las iglesias en la ciudad empezaron a sonar como una señal de fiesta y un mensaje de bienvenida al Santo Padre. En el aeropuerto fue recibido calurosamente por un gran grupo de fieles, donde unos pequeños le regalaron flores, pan y sal.

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El Papa con los jóvenes:

En las fiestas de Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús y de María

Recordamos la homilía del Papa Francisco con motivo de Corpus Christi

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana.  Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa.  que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

Francisco: miremos con confianza al Sagrado Corazón de Jesús

Celebramos la Solemnidad del Corazón de Jesús: el Santo Padre nos invita, en un tweet, a “mirar con confianza al Sagrado Corazón de Jesús y a repetir con frecuencia, especialmente durante este mes de junio: Jesús manso y humilde de corazón, transforma nuestro corazón y enséñanos a amar a Dios y al prójimo con generosidad”.

Partida de los hijos. El deber de crear su propia vida, dejando a los padres…

LIDIAR CON LA PARTIDA DE LOS HIJOS DEL HOGAR NO ES FÁCIL, ES POR ESO TE INVITAMOS A LEER: MAMÁ, ME TENGO QUE IR. ¡NO OLVIDES COMPARTIR!

No importa lo que haga, no importa donde esté, tú siempre serás la base de todo. Pero necesito crecer, mamá, es hora de que me vaya. Tal vez tardes en entender, tal vez llores incontables noches al ver el nido vacío; tal vez me llames con esa voz quebrada, dolida, de quien guarda un mundo de nostalgia en un nudo en la garganta. Pero mamá, me tengo que ir.

MAMÁ 1

¿Por qué dejar a mamá?

Tengo que aprender a separar la ropa por colores para lavarla bien. Debo descubrir que los platos se quedan en el fregadero al día siguiente, que el agradable olor del baño limpia después de haberlo limpiado. Tengo que aprender a cocinar más allá de los macarrones con salchicha, cuento con que internet me ayudará con eso. Debo aprender que mi sueldo necesita durarme 30 días y que bailar y tomar cerveza no son las necesidades más básicas. Tengo que sentirme solo. Tengo que decirle a los demás: «Mi mamá siempre dice que…» y sentir orgullo de los innumerables consejos que me has dado en la vida y que no siempre valoré como toca. Tengo que identificar las malas amistades, algo que hacías antes tú por mí. Tengo que ser fuerte y aguantarme ese insulto que mi jefe se merecía. Tú me enseñaste que un profesional serio no se descontrola tan fácilmente. Tengo que crear mis propios rituales de sábado por la tarde, que antes eran hacer pasteles y bailar contigo en la cocina. También tengo que quitarme el pijama los domingos, hacer la comida, hacer la cena y no simplemente leer un libro mientras espero que tú lo hagas todo por mí. Tengo que ver esa película increíble sin compañía y no tener a nadie con quién llorar tímidamente conmigo. Además tengo que sentir la falta del abrazo que era la fortaleza que necesitaba en un mal día y la sinceridad que me enseñaba a ser un ser humano mejor todos los días.

MAMÁ 2

Nunca es fácil

No pienses que es fácil para mí. Me va a doler todos los días de mi vida no regresar a casa y ver tu sonrisa tranquila, poder contarte cada detalle del día y no sentir una mínima señal de aburrimiento en tu rostro. Voy a sentir añoranza incluso cuando tenga dos hijos, incluso cuando tenga ochenta años, incluso si escribiera el mejor libro de la historia. Necesito irme, mamá, pero te llevo siempre conmigo…

MAMÁ 5

https://es.aleteia.org/2020/06/29/mama-me-tengo-que-ir/

https://es.aleteia.org/2015/04/09/los-hijos-se-van-y-ahora-que/

Domingo de la Divina Misericordia

El Papa celebra la Misa en el Santuario de la Divina Misericordia en Roma.

Homilía:

Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.

1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv.22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.

2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.

Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.

Se hace una película sobre la reacción de los discípulos tras la crucifixión

Nunca se había hecho un tipo de película así, porque empieza en la crucifixión. Ofrece un mensaje de esperanza durante la pandemia.

Ocho años desde la elección del Papa Francisco

El Papa Francisco y los jóvenes. Jornada Mundial de la Juventud en Panamá 2019

El 13 de marzo de 2013, Jorge Mario Bergoglio fue elegido como Sucesor de Pedro, primer Papa jesuita y americano y el primero con el nombre de Francisco. Estos ocho años de Pontificado se han caracterizado por iniciativas y reformas para implicar a todos los cristianos en un nuevo impulso misionero con el objetivo de llevar el amor de Jesús a toda la humanidad

Sexto Domingo de San José

1. SEXTO domingo de san José: La vida de san José no estuvo libre de dificultades, grandes y pequeñas. Cuando el ángel le dice: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13), sufre, se asusta y más siendo entre sueños en medio de la oscuridad de la noche. ¿Por qué un varón tan justo tenía que pasar por estos y otros momentos difíciles? ¿Por qué alguien que procura hacer las cosas con tanta delicadeza y honradez a veces puede parecer que experimenta incluso más dificultades que los demás? Al contemplar los problemas por los que pasó san José, como encontrar techo para Jesús o tener que vivir como forastero, muchas veces «nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre»

Sexto dolor y gozo de san José
Sextos dolores y gozos de san José – Torreciudad

2. SEXTOS Dolores y Gozos : Sexto dolor: El se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 21-22). Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).

COMENTARIOS  punto 6 de Patris corde:  Padre en la sombra: José es considerado para Jesús , la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta de su lado para seguir sus pasos. Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad, para hacerlo capaz de elegir, de ser libre. San José también es calificado como castísimo: en razón de ser libre del afán de poseer, en un amor verdadero. “La lógica del amor es siempre una lógica de libertad y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo descentrarse para poner a María y Jesús en el centro de su vida. La felicidad de José no está en la lógica del auto sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe él la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. “El mundo rechaza a quienes quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío, rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo,… caridad con asistencialismo. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio y si no alcanza esa madurez de la entrega de sí, deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio se convierte en infelicidad, tristeza y frustración.  Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión sino como en José, la confianza de su cuidado.

Aspectos a meditar: – ¿Me doy a los demás con generosidad, sin quejas? – ¿Es mi sacrificio silencioso? O por el contrario ¿cuando hago algún sacrificio se han de enterar los de mi alrededor? ¿Exijo que me den las gracias? -Considero a mis hijos o familiares como posesión mía? ¿Incluso a personas amigas? ¿la ayuda  que presto a mis amistades es posesiva? ¿Quiero que hagan las cosas según m i criterio o por el contrario por su propio bien?

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica Patris corde, para conmemorar el 150 aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Universal, propone una oración para rezar a San José. La oración, está especialmente dirigida para pedir a San José por la conversión. En ella se pide al “bienaventurado José”: “Muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida”.

Ángelus del Papa Francisco, 2 Domingo Cuaresma, Transfiguración

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Hoy, el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17, 1).

La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: «Escúchenlo» (v. 5).

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas.

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor.

¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana.

Dirijámonos ahora a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a «bajar» con la caridad fraterna.

El grafitero que se convirtió en un famoso pediatra

Dr. Juan Tapia-Mendoza: De pequeño tuvo una vida muy difícil. Su padre les dejó, su madre trabajaba de la noche a la mañana, y él deambulaba por las calles saltándose las clases. Entró en una banda, pero no quiso llegar a las drogas. Su ilusión, ser médico, le llevó a dar lo que no había tenido a los niños necesitados de la zona más pobre de New York y a fomentar la profesión de médico entre ellos.

Juan Tapia-Mendoza nació en la República Dominicana. Su papá abandonó a su mamá cuando él tenía 2 años «y no lo volví a ver hasta que cumplí los 14». Emigraron a Estados Unidos y se instalaron en la ciudad de Nueva York. No podía imaginar entonces que iba a ser un famoso grafitero y posteriormente médico.

«Mi madre tenía que trabajar todo el día»

El niño creció entre otros migrantes: «Desde sexto curso comencé a faltar a la escuela. Nos quedábamos en casa de algún amigo y nuestras madres trabajaban todo el día. Mi madre se levantaba a las 5 o las 6 de la mañana y se iba a trabajar. Yo regresaba a casa cuando ella volvía del trabajo a las 11 de la noche».

Con la pandilla comenzó a ser grafitero

Juan recuerda que «en aquella época Nueva York era una ciudad muy violenta». Se introdujo, con los muchachos del barrio, en una pandilla del Alto Manhattan. Su «ganga», como él la llama, era la de los «Sauvage Nomads». Y él a su vez descubrió que le gustaba el grafiti: iba a ser «C.A.T. 87«.

Sin pretenderlo, Juan se convirtió en un chico respetado en los otros barrios por los grafitis que había ido dejando en Nueva York: en las paredes, en los vagones del metro neoyorquinoPEDIATRICS2000

Un prestigioso pediatra de la comunidad hispana

Al no ir a la escuela, era casi analfabeto, pero soñaba con ser médico. Y ocurrió que, aunque no disponía de historial académico, hacer grafitis hizo que se le considerara un joven altamente motivado y aquello le dio la posibilidad de acceder a la Universidad Central del Este, en Santo Domingo. Hoy es uno de los médicos pediatras más importantes de Nueva York. Fundó Pediatrics 2000, una clínica para niños desde la que ayuda a la comunidad hispana.

«Es importante que las mamás cuenten con médicos que hablan en su mismo idioma y conozcan su cultura», afirma el doctor.

Pediatrics 2000 tiene un aspecto singular: sus paredes están llenas de grafitis, porque él sabe bien que «es un modo de apartar a los muchachos de la droga y la cárcel». Él lo sabe bien: vio morir a más de diez amigos en la calle.

Su amigo Hugo Martínez fue quien promovió que a los jóvenes grafiteros se les considerara «muchachos altamente motivados que merecían atención porque querían hacer algo con su vida». Por eso emprendió con él un proyecto que unía la medicina con el arte.

La clínica, así, es también una galería de arte, un núcleo de convivenciasana en el barrio.

Su héroe es su madre

Tapia-Mendoza tiene hoy fama y prestigio, pero no olvida quién es su héroe: «Se lo debo todo a mi madre. Todos necesitamos un héroe, y ella es mi héroe».

En un documental de 14 minutos que lleva por título «El grafitero que se convirtió en médico», el hoy doctor Tapia-Mendoza explica cómo fueron aquellos duros comienzos como migrante en Nueva York y la bendición que supuso para él el mundo del grafiti. También habla de su madre, que llegó a hipotecar en dos ocasiones su casa para que Juan lograra sus sueños. «Siempre se ha sacrificado por sacar adelante la familia», afirma con agradecimiento.

Una vida lograda

Hoy el doctor Tapia-Mendoza es feliz viendo cómo puede ayudar a una comunidad tan grande de niños hispanos y a sus familias en Nueva York, y no solo cura la parte física de sus pacientes.

«El mayor orgullo que yo tengo -explica- es ver que niños que vinieron a la clínica son hoy médicos, ingenieros, abogados, maestros…» que dejaron de hacer cosas malas y tienen una vida lograda «y veo la satisfacción de los padres, que se sienten una comunidad».

El doctor Tapia forma parte de la red de médicos SOMOS, que atiende a las personas más vulnerables de Nueva York.

Concluye: «Cada noche, cuando me acuesto, le doy gracias a Dios y lo que digo es: ‘¡Sí, lo logré otra vez’!»