3 acciones que el Papa Francisco propone para esta Cuaresma: Detente, mira, vuelve

Homilia del Papa Francisco el miércoles de Ceniza:

El tiempo de Cuaresma es tiempo propicio para afinar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana y recibir la siempre nueva, alegre y esperanzadora noticia de la Pascua del Señor. La Iglesia en su maternal sabiduría nos propone prestarle especial atención a todo aquello que pueda enfriar y oxidar nuestro corazón creyente.

Las tentaciones a las que estamos expuestos son múltiples. Cada uno de nosotros conoce las dificultades que tiene que enfrentar. Y es triste constatar cómo, frente a las vicisitudes cotidianas, se alzan voces que, aprovechándose del dolor y la incertidumbre, lo único que saben es sembrar desconfianza. Y si el fruto de la fe es la caridad —como le gustaba repetir a la Madre Teresa de Calcuta—, el fruto de la desconfianza es la apatía y la resignación. Desconfianza, apatía y resignación: esos demonios que cauterizan y paralizan el alma del pueblo creyente.

La Cuaresma es tiempo rico para desenmascarar éstas y otras tentaciones y dejar que nuestro corazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús. Toda esta liturgia está impregnada con ese sentir y podríamos decir que se hace eco en tres palabras que se nos ofrecen para volver a «recalentar el corazón creyente»: Detente, mira y vuelve.

Detente un poco de esa agitación, y de correr sin sentido, que llena el alma con la amargura de sentir que nunca se llega a ningún lado.

Detente de ese mandamiento de vivir acelerado que dispersa, divide y termina destruyendo el tiempo de la familia, el tiempo de la amistad, el tiempo de los hijos, el tiempo de los abuelos, el tiempo de la gratuidad… el tiempo de Dios.

Detente un poco delante de la necesidad de aparecer y ser visto por todos, de estar continuamente en «cartelera», que hace olvidar el valor de la intimidad y el recogimiento.

Detente un poco ante la mirada altanera, el comentario fugaz y despreciante que nace del olvido de la ternura, de la piedad y la reverencia para encontrar a los otros, especialmente a quienes son vulnerables, heridos e incluso inmersos en el pecado y el error.

Detente un poco ante la compulsión de querer controlar todo, saberlo todo, devastar todo; que nace del olvido de la gratitud frente al don de la vida y a tanto bien recibido.

Detente un poco ante el ruido ensordecedor que atrofia y aturde nuestros oídos y nos hace olvidar del poder fecundo y creador del silencio.

Detente un poco ante la actitud de fomentar sentimientos estériles, infecundos, que brotan del encierro y la auto-compasión y llevan al olvido de ir al encuentro de los otros para compartir las cargas y sufrimientos.

Detente ante la vacuidad de lo instantáneo, momentáneo y fugaz que nos priva de las raíces, de los lazos, del valor de los procesos y de sabernos siempre en camino.

¡Detente para mirar y contemplar!

Mira los signos que impiden apagar la caridad, que mantienen viva la llama de la fe y la esperanza. Rostros vivos de la ternura y la bondad operante de Dios en medio nuestro.

Mira el rostro de nuestras familias que siguen apostando día a día, con mucho esfuerzo para sacar la vida adelante y, entre tantas premuras y penurias, no dejan todos los intentos de hacer de sus hogares una escuela de amor.

Mira el rostro interpelante de nuestros niños y jóvenes cargados de futuro y esperanza, cargados de mañana y posibilidad, que exigen dedicación y protección. Brotes vivientes del amor y de la vida que siempre se abren paso en medio de nuestros cálculos mezquinos y egoístas.

Mira el rostro surcado por el paso del tiempo de nuestros ancianos; rostros portadores de la memoria viva de nuestros pueblos. Rostros de la sabiduría operante de Dios.

Mira el rostro de nuestros enfermos y de tantos que se hacen cargo de ellos; rostros que en su vulnerabilidad y en el servicio nos recuerdan que el valor de cada persona no puede ser jamás reducido a una cuestión de cálculo o de utilidad.

Mira el rostro arrepentido de tantos que intentan revertir sus errores y equivocaciones y, desde sus miserias y dolores, luchan por transformar las situaciones y salir adelante.

Mira y contempla el rostro del Amor crucificado, que hoy desde la cruz sigue siendo portador de esperanza; mano tendida para aquellos que se sienten crucificados, que experimentan en su vida el peso de sus fracasos, desengaños y desilusión.

Mira y contempla el rostro concreto de Cristo crucificado por amor a todos y sin exclusión. ¿A todos? Sí, a todos. Mirar su rostro es la invitación esperanzadora de este tiempo de Cuaresma para vencer los demonios de la desconfianza, la apatía y la resignación. Rostro que nos invita a exclamar: ¡El Reino de Dios es posible!

Detente, mira y vuelve. Vuelve a la casa de tu Padre. ¡Vuelve!, sin miedo, a los brazos anhelantes y expectantes de tu Padre rico en misericordia (cf. Ef 2,4) que te espera.

¡Vuelve!, sin miedo, este es el tiempo oportuno para volver a casa; a la casa del Padre mío y Padre vuestro (cf. Jn 20,17). Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón… Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto y nuestro corazón bien lo sabe. Dios no se cansa ni se cansará de tender la mano (cf. Bula Misericordiae vultus, 19).

¡Vuelve!, sin miedo, a participar de la fiesta de los perdonados.

¡Vuelve!, sin miedo, a experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios. Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: «Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26).

¡Detente, mira y vuelve!

3 meses corriendo por una buena causa

Kyle Lang ha estado un mes y medio corriendo. De costa a costa por el Este de Estados Unidos. Salida: Washington. Meta: Nueva York. Objetivo: ayudar a tres ONG con los beneficios de la gesta. Y en medio del páramo y la soledad del corredor de fondo, un descubrimiento: la posibilidad de santificar cada zancada para cambiar el mundo de verdad.

Opus Dei - No es Forrest Gump
Kyle Lang ha estado un mes y medio corriendo. De costa a costa por el Este de Estados Unidos. Foto: Kyle Lang.

No es Forrest Gump.

Cada zancada tiene un sentido. Y desde Washington a Nueva York, corriendo, son unas cuentas…

Se llama Kyle Lang y es estudiante de Princeton. Le gustan los retos. Un día, así, abriendo horizontes, pensó la epopeya: correr de costa a costa de Estados Unidos aunando la pasión por el deporte con su ilusión por ayudar a tres organizaciones sin ánimo de lucro.

Polvo. Charcos. Cientos de buenas personas a los lados del camino. Saludos. Compañía. Ánimos. Portland. Oregón. Mineápolis.
Polvo. Charcos. Cientos de buenas personas a los lados del camino. Saludos. Compañía. Ánimos. Portland. Oregón. Mineápolis.

Con 23.000 dólares recaudados en la mochila, se puso las zapatillas sin mirar atrás. Un mes y medio de kilómetros traspasando estados, desde las Montañas Rocosas a las estériles planicies de Montana y Dakota. Desde los campos de maíz de Indiana y Ohio, hasta las colinas de Pensilvania.

Lang no es Forrest Gump. Mientras corre mirando al frente es consciente de que muchas personas están unidas a su causa, “rezando o alentándome” para que llegara a su meta atlántica. Familia y extraños, generosamente, se vuelcan con la aventura.

Milla a milla

¿Y ganas de tirar la toalla? Unas cuantas. Por supuesto. No siempre fue fácil. Días a 40 grados. Seis jornadas enteras de lluvias intensas. 12 horas corriendo y alguna pájara de agotamiento. Pero la meta estaba clara, y su propósito era conquistarla costara lo que costara. Milla a milla. Paso a paso.

Lang estudia Psicología y sabe. Allí, en su facultad, conoció el Opus Dei a través de un amigo runner. Le llamó la atención la posibilidad que refresca el espíritu de la Obra de ser santo en medio del mundo. Ahora, ahí, entre carreteras, trochas intransitables, veredas perdidas, paisajes de ensueño. Fe y deporte con las mismas zapatillas, gastadas, cada día más, por el esfuerzo.

Dice Lang: “Las palabras de san Josemaría sobre la vida ordinaria me hablaron. Ser capaz de encontrar significado a correr más allá de correr es algo a lo que quise aferrarme durante toda esa peripecia”.

Kyle Lang quiso poner también una intención para cada milla ofreciendo a Dios cada pedazo del trayecto por personas y causas concretas. Aquellas intenciones le tiraban para arriba. Vamos, campeón. Tú puedes.

Cuando arrecia el cansancio, zancadas por una persona que lucha contra el cáncer. Cuando no se puede más, zancadas por aquel amigo que lidia contra la soledad...
Cuando arrecia el cansancio, zancadas por una persona que lucha contra el cáncer. Cuando no se puede más, zancadas por aquel amigo que lidia contra la soledad…

Paradojas de la vida. Paradojas del deporte. Esfuerzo, superación, sacrificio, ilusión, metas, satisfacción. Cuando arrecia el cansancio, zancadas por una persona que lucha contra el cáncer. Cuando no se puede más, zancadas por aquel amigo que lidia contra la soledad. La paz en Oriente Medio. El sacrificio del deportista se une a la Cruz. En pantalones cortos, camiseta y dorsal, deporte y oración recorren, a veces, de la mano, un peculiar maratón de maratones.

El océano Pacífico queda ya muy atrás. Hoy, Nueva Jersey, río Hudson, puente George Washington. La madre de Lang se une a las últimas 24 horas de la epopeya. Campus de Columbia, Times Square, Chinatown, Broadway, Puente de Manhattan y, por fin, Coney Island. Brooklyn. Aplausos. Reto conseguido.

Lang con sus padres.
Lang con sus padres.

Según Lang, 500 personas han logrado esta muesca en su fusil. De costa a costa a pie. La mayoría han ido andando, sin prisas. Unas 20 personas han completado el circuito corriendo. Él, con las cosas que lleva en su cabeza y en su corazón, está en ese twenty top.

Ahora tiene otra locura en marcha. De momento es un deseo: recorrer el perímetro de Estados Unidos, bajando por la costa oeste, cruzando la frontera sur hasta la costa este y de regreso por el norte. Toda América, de norte a sur. 28.000 millas. Como quien se plantea una carrerita popular…

Deporte y fe

Kyle Lang no es famoso. De momento. Tampoco es un revolucionario al unir deporte y fe. Lo hemos visto en directo, por ejemplo, en 2016, durante los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Lang estudia Psicología y sabe. Allí, en su facultad, conoció el Opus Dei a través de un amigo runner.Lang estudia Psicología y sabe. Allí, en su facultad, conoció el Opus Dei a través de un amigo runner.

Allí, sobre los podios, conocimos las historias de Katie Ledecky, nadadora de oro en 200 y 400 metros estilo libre y su “la fe católica es muy importante para mí. Me ayuda a poner las cosas en perspectiva”.

La mítica gimnasta Simone Biles fue, quizás, la más mediática de todas las naturalidades. Con tres campeonatos mundiales consecutivos sobre sus hombros y una dura vida de retos superados, la deportista reina de las lonas artísticas convirtió el Rosario en icono de sus logros.

En Brasil conocimos también a Katharine Holmes y sus entrenamientos de esgrima en “conversación continua con Dios pidiendo consuelo y fuera para lograr la clasificación y seguir adelante”. Y a Thea LaFond, atleta, y su “todo lo que he estado haciendo es darle gracias a Dios, porque no podría haberlo hecho sin Él”. Y a la remera Amanda Folk, y a la atleta Sydney McLaughlin y su sonriente binomio entre fe cristiana y estímulo para la alta competición. Y Joe Maloy, maestro del triatlón, y su pasión por combinar fe e ideales “para hacer el mundo un poco mejor”. Y Steven López, y sus éxitos en taekwondo asentados “en el componente clave de mi fe”.