Pasajes evangélicos de la Pasión y muerte del Señor

San Juan fue el único apóstol que acompañó al Señor en sus últimas horas. En el final de su Evangelio cuenta lo que vio. Ofrecemos esos pasajes evangélicos en audio: el prendimiento de Jesús; el juicio de Pilatos; la crucifixión y muerte de Jesús; y, la resurrección de Cristo.

Opus Dei - Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo

Prendimiento de Jesús

Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entró él con sus discípulos. Judas, el que le había de entregar, conocía el lugar, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos. Entonces Judas, tomando la cohorte y los servidores de los pontífices y de los fariseos, vino allí con linternas, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que le iba a ocurrir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús les contestó: Yo soy. Judas, el que le había de entregar, estaba con ellos. Cuando les dijo «yo soy», retrocedieron y cayeron por tierra. Les preguntó de nuevo: ¿A quién buscáis? Ellos respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús contestó: Os he dicho que yo soy; si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. Así se cumplió la palabra que había dicho: No he perdido ninguno de los que me diste.

Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, golpeó a un siervo del Pontífice y le cortó la oreja derecha. El nombre del siervo era Malco. Jesús dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina. ¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?

Entonces la cohorte, el tribuno y los servidores de los judíos prendieron a Jesús y le ataron.

Y le condujeron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, Sumo Pontífice aquel año. Caifás fue el que había aconsejado a los judíos: Conviene que un hombre muera por el pueblo.

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del Sumo Pontífice y entró con Jesús en el atrio del Sumo Pontífice. Pedro, sin embargo, estaba fuera a la puerta. Salió entonces el otro discípulo que era conocido del Sumo Pontífice, habló a la portera e introdujo a Pedro. La muchacha portera dijo a Pedro: ¿No eres también tú de los discípulos de este hombre? El respondió: No lo soy. Estaban allí los servidores y criados, que habían hecho fuego, pues hacía frío, y se calentaban. Pedro también estaba con ellos calentándose.

El Sumo Pontífice interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo he hablado abiertamente al mundo, he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde todos los judíos se reúnen, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me oyeron de qué les he hablado: ellos saben lo que he dicho. Al decir esto, uno de los servidores que estaba allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así respondes al Pontífice? Jesús le contestó: Si he hablado mal, declara ese mal; pero si bien, ¿por qué me pegas? Entonces Anás le envió atado a Caifás, el Sumo Pontífice.

Simón Pedro estaba calentándose y le dijeron: ¿No eres tú también de sus discípulos? El lo negó y dijo: No lo soy. Uno de los criados del Sumo Pontífice, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ¿Acaso no te vi yo en el huerto con él? Pedro negó de nuevo, e inmediatamente cantó el gallo.

Condujeron a Jesús de Caifás al pretorio. Era muy de mañana. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua.


Jucio de Pilatos

Entonces Pilato salió fuera donde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? Le respondieron: Si éste no fuera malhechor no te lo hubiéramos entregado. Les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le respondieron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie. Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho al señalar de qué muerte había de morir.

Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato respondió: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: ¿Luego, tú eres Rey? Jesús contestó: Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pilato le dijo: ¿Qué es la verdad? Dicho esto, se dirigió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Hay entre vosotros la costumbre de que os suelte uno por la Pascua, ¿queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces gritaron de nuevo: A éste no, a Barrabás. Barrabás era un ladrón.

Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura. Y se acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas.

Pilato salió de nuevo fuera y les dijo: He aquí que os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en él culpa alguna. Jesús, pues, salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: He aquí al hombre. Cuando le vieron los pontífices y los servidores, gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: Tomadlo vosotros y crucificadlo pues yo no encuentro culpa en él. Los judíos contestaron: Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios.

Cuando oyó Pilato estas palabras temió más. Y entró de nuevo en el pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna. Pilato le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte? Jesús respondió: No tendrías poder alguno contra mí, si no se te hubiera dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado. Desde entonces Pilato buscaba cómo soltarlo. Pero los judíos gritaban diciendo: Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César.

Pilato, al oír estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Era la Parasceve de la Pascua, hacia la hora sexta, y dijo a los judíos: He ahí a vuestro Rey. Pero ellos gritaron: Fuera, fuera, crucifícalo. Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey voy a crucificar? Los pontífices respondieron: No tenemos más rey que el César. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Crucifixión y muerte de Jesús

Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Los pontífices de los judíos decían a Pilato: No escribas el Rey de los judíos, sino que él dijo: Yo soy Rey de los judíos. Pilato contestó: Lo que he escrito, escrito está.

Los soldados, después de crucificar a Jesús, tomaron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y aparte la túnica; pues la túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces entre sí: No la rasguemos, sino echémosla a suerte a ver a quién le toca. Para que se cumpliera la Escritura que dice: Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica. Y así lo hicieron los soldados.

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrantarán ni un hueso. Y también otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor a los judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y retiró su cuerpo. Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, vino también trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido sepultado nadie. Como era la Parasceve de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.


Resurrección de Cristo

El día siguiente al sábado, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro; entonces echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos. Los discípulos se volvieron de nuevo a casa.

María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les respondió: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.

A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído.

Muchos otros milagros hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Estos, sin embargo, han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Frente al miedo por el Coronavirus y tras poner las medidas preventivas podemos considerar la película “FRENTE INFINITO”

Frente infinito. Drama 108′- Pelicula de 1960 Trailer peliculas de ficción para tv, peliculas, contenido televisión. DIRIGIDA POR: Pedro Lazaga ACTORES: Adolfo Marsillach, Josefina Güell, Gerard Tichy SINOPSIS: Poco después de ser ordenado sacerdote regresa de Roma el Padre Herrera, que se incorpora como capellan al ejército franquista. El ambiente produce una violenta reacción en él, enfrentado con la muerte y con los horrores de la guerra.

Queremos compartir con ustedes esta escena (5 minutos) de la película “El Frente infinito” (1960), que nos debe motivar a reaccionar de una manera digna frente a la histeria ante el coronavirus, de la cual desgraciadamente se están dejando llevar muchos..

La escena evidencia la conducta del verdadero católico en tiempos de guerra, zozobra, epidemias, incertidumbre o riesgo para vida, que no es otra que apegarse y conservar con más fuerza la oración y si cabe la Santa Misa, y permanecer en ella a toda costa, y con más motivo, si hay peligro de muerte cercano.

Pidamos a Dios para que este ejemplo pueda motivar a fieles católicos, al clero y en general a toda la Iglesia, a mantener el coraje y valentía cristiana.

Orar por quienes están enfermos, por los profesionales sanitarios, por quienes han fallecido y en general por el mundo entero para que esta pandemia nos ayude a purificar nuestra vida y conlleve paz y misericordia entre los hombres, junto a una conversión a Dios. Procuremos no dejarnos llevar por la histeria y el miedo: busquemos conversaciones que animen, que el monotema no sea siempre el coronavirus, valorar el a las personas más sensibles a

La psicología del miedo al coronavirus y las claves para manejarlo

La salud en general puede ser un escenario que provoca ansiedad, dice Catherine Belling, profesora asociada de educación médica en la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad de Northwestern en el estado de Illinois. “La mente, el aparato psíquico y el mundo interno de las personas reaccionan a la llegada de esta pandemia con mucha angustia porque se trata objetivamente y realmente de una situación angustiante y preocupante. Entonces reaccionamos con miedo y preocupación, y anormalmente con pánico”, sostuvo Claudia Borensztejn, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

La preocupación por COVID-19 no se ajusta exactamente a la factura del trastorno de ansiedad por enfermedad. Las personas con tendencias tradicionalmente hipocondríacas generalmente tienen ansiedad generalizada por enfermedades y síntomas, en lugar de por una enfermedad en particular. La condición también se caracteriza por una preocupación excesiva o irracional, y Belling dice que se justifica cierta preocupación por el coronavirus. “Es completamente racional estar ansioso, porque no estamos seguros de cómo se desarrollará”, explica.

Aun así, hay una diferencia entre sentirse inquieto por un tema incierto y estar ansioso hasta el punto de que la preocupación dificulta el sueño y la vida diaria. La sobrecarga de información falsa y la acumulación de preocupaciones tienen nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico y pueden acelerar la mente a una velocidad aterradora. En la era digital, esto está pasando con una intensidad nunca antes vista.

El resultado de la sobrecarga informativa es una velocidad espantosa y estéril de pensamientos, muchos pensamientos inútiles y una serie de consecuencias físicas y emocionales avasallantes. ¿Por qué las personas se despiertan fatigadas? Porque gastan mucha energía pensando y preocupándose durante el estado de vigilia. ¿Por qué sufren consecuencias físicas a raíz de la ansiedad? Cuando el cerebro está desgastado, estresado y sin reposición de energía, busca órganos de choque para alertarnos.

La sobrecarga de información y la acumulación de preocupaciones tienen nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico (REUTERS)
La sobrecarga de información y la acumulación de preocupaciones tienen nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico (REUTERS)

“El miedo es el virus más grave que puede afectar a los seres humanos. Hace que entremos en pánico y tomemos actitudes irracionales como discriminar a los demás, desarrollar una ansiedad grave y en algunos casos causar depresión y perder la habilidad para reinventar y responder inteligentemente en situaciones estresantes. Debemos tomar todas las medidas recomendadas para la prevención y además, trabajar en nuestras herramientas de gestión de emociones para prevenir que nuestra salud psíquica sea infectada por nuestros miedos, desesperaciones y ansiedades”, explicó en diálogo con Infobae el reconocido psiquiatra, investigador y escritor Augusto Cury, autor de Ansiedad, cómo enfrentar el mal del siglo.

“El COVID-19 -continuó el especialista- es un problema mundial que las personas tenemos que tratar con más racionalidad y menos pasión. Sufrir por el futuro, por desarrollar en nuestra mente la posibilidad de infección atroz, hace que perjudiquemos la salud psíquica y la capacidad de manejar nuestra vida para tomar buenas decisiones. No sabemos hasta dónde la epidemia va a afectar a las personas ni en qué proporciones, pero si el virus afecta a muchas personas vamos a tener que convivir de manera lógica e inteligente”.

https://www.infobae.com/america/tendencias-america/2020/03/12/la-psicologia-del-miedo-al-coronavirus-y-las-claves-para-manejarlo/

https://www.infobae.com/deportes/8f78c66e-227b-455d-865b-fe1050edef2f_video.html

Cada vez son más personas las que buscan Afirmar la Dignidad

Creemos que la dignidad es inherente a todas las personas, sin importar su edad o estado de salud.Una sociedad más justa y equitativa se ocupa especialmente de los más vulnerables. Una vez que se abre la puerta para matar intencionalmente a una persona, no hay un punto lógico en donde ello se detenga. Esto no es sólo una hipótesis. Por ejemplo, en países como Bélgica y los Países Bajos, los casos de eutanasia se han multiplicado por cien desde su legalización.

El derecho a la vida es un derecho humano fundamental e inherente a toda persona, reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos y garantizado por todos los tratados internacionales en materia de derechos humanos. Las personas, en todas las etapas de su vida y en todas las regiones del mundo, se encuentran cada vez más vulnerables a que su derecho a la vida les sea violado. No puede respetarse la dignidad del ser humano si no se respeta la vida humana. Los más vulnerables merecen nuestro amor compasivo y apoyo; no hay nada de progresivo en una sociedad que se reúsa a cuidar de ellos.

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Affirm Dignity

Audiencia general del Papa Francisco 25 octubre 2017

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta es la última catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana, que nos ha acompañado desde el inicio de este año litúrgico. Y concluiré hablando del paraíso, como meta de nuestra esperanza.

«Paraíso» es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, al dirigirse al buen ladrón. Parémonos un momento en esta escena. En la cruz, Jesús no está solo. Junto a Él, a la derecha y a la izquierda hay dos malhechores. Tal vez, al pasar frente a aquellas tres cruces alzadas en el Gólgota, alguien lanzó un suspiro de alivio, pensando que finalmente se hacía justicia dando muerte a gente así.

Junto a Jesús está también un reo confeso: uno que reconoce merecer ese terrible suplicio. Lo llamamos el «buen ladrón», el que, oponiéndose al otro, dice: nos lo hemos merecido con nuestros hechos (cf Lucas 23, 41).

En el Calvario, aquel viernes trágico y santo, Jesús alcanza el extremo de su encarnación, de su solidaridad con nosotros pecadores. Allí se lleva a cabo lo que el profeta Isaías había dicho del Siervo sufriente: «ha sido contado entre los malhechores» (53, 12; cf. Lucas 22, 37).

Es allí, en el Calvario, donde Jesús tiene la última cita con un pecador, para abrirle también las puertas de su reino. Esto es interesante: es la única vez que la palabra «paraíso» aparece en los evangelios. Jesús se lo promete a un «pobre diablo» que sobre la madera de la cruz tuvo el coraje de dirigirle la más humilde de las peticiones: «acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lucas 23, 42). No tenía buenas obras que hacer valer, no tenía nada, pero se confía a Jesús, a quien reconoce como inocente, bueno, tan diverso de él (v. 41). Aquella palabra de humilde arrepentimiento fue suficiente para tocar el corazón de Jesús.

El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición frente a Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente compasión por nosotros, que Él se derrumba cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones este milagro se repite innumerables veces: no existe una persona, por mal que haya vivido, a la cual le quede sólo la desesperación y le sea prohibida la gracia.

Ante Dios nos presentamos todos con las manos vacías, un poco como el publicano de la parábola que se había detenido a orar al final del templo (cf. Lucas 18, 13). Y cada vez que un un hombre, al hacer el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas son muchas más que las obras de bien, no debe desanimarse, sino confiarse a la misericordia de Dios.

Y esto nos da esperanza, ¡esto nos abre el corazón! Dios es Padre, y hasta el último momento espera nuestro regreso. Y al hijo pródigo que ha regresado, que comienza a confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (cf. Lucas 15, 20). ¡Este es Dios: así nos ama!

El paraíso no es un lugar como en las fábulas, ni mucho menos un jardín encantado. El paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que murió en la cruz por nosotros. Donde esta Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él existe el frío y las tinieblas. A la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús: «Acuérdate de mí». Y aunque no existiese nadie que se acuerde de nosotros, Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más hermoso que existe. Quiere llevarnos allá con lo poco o mucho de bien que existe en nuestra vida, para que no se pierda nada de lo que ya Él había redimido. Y a la casa del Padre llevará también todo lo que en nosotros tiene todavía necesidad de redención: las faltas y las equivocaciones de una entera vida. Es esta la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en amor.

Si creemos esto, la muerte deja de darnos miedo y podemos también esperar partir de este mundo de forma serena, con tanta confianza. Quien ha conocido a Jesús ya no teme nada. Y podremos repetir también nosotros las palabras del viejo Simeón, también él bendecido por el encuentro con Cristo, después de una vida entera consumada en la espera: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación» (Lucas 2, 29-30).

Y en aquel instante, finalmente, ya no tendremos necesidad de nada, ya no veremos de forma confusa. Ya no lloraremos inútilmente, porque todo ha pasado; también las profecías, también el conocimiento.

Pero el amor no, eso permanece. Porque «la caridad no acaba nunca (cf. 1 Corintios 13, 8).

 


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los animo a poner siempre la confianza en el Señor, pidiendo que en el último momento de nuestra vida también se acuerde de nosotros y abra para nosotros las puertas del paraíso.

Que Dios los bendiga.

(En italiano)

Me complace acoger a las Siervas de María Ministras de los Enfermos y a los Padres Eudistas. Que la peregrinación a las tumbas de los Apóstoles sea una ocasión para crecer en el amor de Dios, para que vuestras comunidades se conviertan en un lugar en el que se experimente la comunión y el servicio.

Me gustaría extender mi saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Al final de octubre, me gustaría recomendar la oración del Santo Rosario. Que esta oración mariana sea para vosotros, queridos jóvenes, una oportunidad para penetrar más profundamente el misterio de Cristo que actúa en vuestra vida; queridos enfermos, amad el Rosario, para que dé consuelo y sentido a vuestros sufrimientos. Que se convierta para vosotros, queridos recién casados, en una ocasión privilegiada para experimentar esa intimidad espiritual con Dios que construye una nueva familia.

Algunas preguntas sobre la Cuaresma y la Semana Santa

Seis preguntas clave para entender la Semana Santa.

¿Cómo fue la Última Cena? Entrevista a Bernardo Estrada, profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

¿Por qué nos imponen la ceniza?

¿En qué consiste el ayuno y la abstinencia y qué días hay que vivir estas prácticas en Cuaresma? (Descarga la infografía sobre el ayuno y la abstinencia, en PDF)

Infografía sobre el ayuno y la abstinencia durante la Cuaresma y la Semana Santa.

¿Por qué 40 días de Cuaresma?

¿Qué sentido tiene la mortificación cristiana? (Cuatro artículos)

¿Qué actitud mostró Jesús ante las prácticas penitenciales?

¿Qué pasó en la Última Cena?

¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?

¿Quién fue Caifás?

¿Qué era el Sanedrín?

¿Cómo fue la muerte de Jesús?

¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?

Fuente: Página Opus Dei: http://opusdei.es/es-es/article/recursos-para-vivir-la-cuaresma-y-semana-santa/

Audiencia general Papa Francisco 1 de febrero 2017

El Papa durante la Audiencia. Foto: Lucía Ballester / ACI Prensa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las anteriores catequesis hemos iniciado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a poner en evidencia la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesús y por el evento pascual: la esperanza cristiana. Nosotros cristianos, somos mujeres y hombres de esperanza.

Es esto lo que emerge de modo claro desde el primer texto que ha sido escrito, es decir, desde la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La comunidad de Tesalónica era una comunidad joven, fundada de hace poco; no obstante las dificultades y las diversas pruebas, está enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, porque cuantos renacen en la Pascua se convierten de verdad en «hijos de la luz, hijos del día» – así los llama él – (5,5), en virtud de la plena comunión con Cristo.

Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y sólo pocos años la separan de la Pascua de Cristo; pocos años después, ¡eh! Por esto, el Apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que éste evento único y decisivo, es decir, la resurrección del Señor, comporta para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino de creer en la resurrección de los muertos. Si, Jesús ha resucitado, pero los muertos tenían un poco de dificultad.

En este sentido, esta carta se presenta más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o a aquella de una persona querida, sentimos que nuestra fe es puesta a la prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿De verdad existirá la vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado?”. Esta pregunta me la ha hecho una señora hace pocos días en una audiencia. Me dijo: ¿Encontraré a mis seres queridos? Una incógnita…

También nosotros, en el contexto actual, tenemos necesidad de regresar a las raíces y a los fundamentos de nuestra fe, para que así tomemos conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Cristo Jesús y que cosa significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo; la muerte, por esta incertidumbre, ¿no? Aquí viene la palabra de Pablo. Me viene a la memoria un viejito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo un poco de miedo verla venir”. Y tenía miedo de esto.

Pablo, ante los temores y las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme sobre la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Es esta la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a comprenderla según el significado común del término, es decir, en relación a algo bello que deseamos, pero que puede realizarse o tal vez no. Esperemos que suceda, pero… esperemos, como un deseo, ¿no? Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen clima!”; pero sabemos que al día siguiente en cambio puede hacer un mal clima… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido realizada; está la puerta ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué cosa debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro que llegaré a la puerta.

Así es la esperanza cristiana: tener la certeza que yo estoy en camino hacia algo que es y no lo que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es espera de una cosa que ya ha sido realizada y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y aquella de nuestros queridos difuntos, pues, no es una cosa que puede suceder o tal vez no, sino es una realidad cierta, en cuanto está fundada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar pues significa aprender vivir en la espera.

Aprender a vivir en la espera y encontrar la vida. Cuando una mujer se da cuenta de estar embarazada, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que llegará… También nosotros debemos vivir y aprender de estas actitudes humanas y vivir en la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: a vivir en la espera. Esperar significa e implica un corazón humilde, pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la confianza en ningún otro sino en sí mismo.

Escribe aún Pablo: «Él que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Él» (1 Tes 5,10). Estas palabras son siempre motivo de grande consolación y de paz. Asimismo para las personas amadas que nos han dejado estamos pues llamados a orar para que vivan en Cristo y estén en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca el corazón es una expresión de San Pablo, siempre dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de la seguridad de la esperanza. Dice así: «Y así permaneceremos con el Señor para siempre» (1 Tes 4,17). ¡Qué bello! Todo pasa. Pero, después de la muerte, por siempre estaremos con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacia exclamar a Job: «Yo sé que mi Redentor vive […]. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos» (Job 19,25.27). Y así por siempre estaremos con el Señor. ¿Ustedes creen esto? Les pregunto: ¿Creen esto? Más o menos, ¡eh! Pero para tener un poco de fuerza los invito a decirlo tres veces conmigo: “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Todos juntos: “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Y allá, con el Señor, nos encontraremos. Gracias.

Audiencia del Papa Francisco 18 enero 2107

Algunos de los peregrinos que esperaban la llegada de Francisco lo recibieron con excesivo celo.
Luego, en su catequesis Francisco recordó que no es malo rezar en los momentos difíciles, aunque parezca que solo nos acordamos de Dios cuando lo necesitamos.
FRANCISCO
“Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, responde con benevolencia”.
Recordó el episodio del profeta Jonás, en el Antiguo Testamento. Durante su huida en barco, una tempestad hace que los marineros teman por su vida y se vuelvan, cada uno a su dios para pedir ayuda. Rezar en los momentos difíciles, dijo, alimenta la esperanza.
FRANCISCO
“Que el Señor nos haga entender esta relación entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante hacia la esperanza y cuando llega la oscuridad, más oración, y habrá más esperanza”.
La muerte, por tanto, puede llevar hacia la salvación. Francisco señaló que Dios es paciente y es capaz de esperar hasta en el último momento de la vida de los hombres para atraerlos hacia sí. No da por perdida la vida de nadie.