Papa reza rosario mundial en el Vaticano por el fin de la pandemia

Todos los santuarios del mundo se unieron a la petición del Papa Francisco. También otros cristianos de diferentes partes

Pope in Rosary at Lourdes Grotto in Vatican: We entrust ourselves to Mary, Health of Sick

¿Es posible mantener la calma ante la pandemia? – Teresa de Jesús tiene la clave

Situaciones como las que enfrenta hoy el mundo ante la pandemia del Covid-19 pueden generar muchos sentimientos de angustia y de miedo con diversas preguntas: ¿qué pasará con mis seres queridos?, ¿qué hago si caen enfermos o si yo me enfermo?, ¿Podré perder mi trabajo?, etc

Ante ello, ¿Cómo mantener la calma, tener paz?… Santa Teresa de Jesús, la mística, doctora de la Iglesia y reformadora del Carmelo tiene la clave; y la tiene en su famoso poema “Nada te turbe”, que incluso han convertido en canción y ha sido interpretado en muy variadas melodías.

El poema de la carmelita:

“Es un salmo sapiencial, hay que leerlo dejándole flecharnos el alma con el dardo de cada verso, cargado de resonancias, que desde cada sentencia nos devuelve a las sendas de la propia vida, sendas a veces tortuosas, a veces encrespadas o espinadas (…) Es un salmo íntimo, nos introduce en el alma de la autora, que se va diciendo a sí misma: ‘Teresa, que nada te turbe (…)’”.

 

Asimismo, en el poema permanecen tres absolutos que son: “nada, nada,nada; todo, todo, ¡sólo Dios!”, es decir, sólo Dios colma y calma todo. Tres veces nada, nada, nada. Dos veces el todo, todo: ‘todo se pasa / todo lo alcanza’, y una vez sola, pero cerrando el poema en el verso final: ‘¡sólo Dios!’ y punto. O ‘sólo Dios’ y basta.

A continuación el poema de Santa Teresa de Ávila … para leer y meditar con pausa:

Nada te turbe,

Nada te espante,

Todo se pasa,

Dios no se muda,

La paciencia

Todo lo alcanza;

Quien a Dios tiene

Nada le falta:

Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,

al cielo sube,

por nada te acongojes,

Nada te turbe.

A Jesucristo sigue

con pecho grande,

y, venga lo que venga,

Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?

Es gloria vana;

nada tiene de estable,

Todo se pasa.

Aspira a lo celeste,

que siempre dura;

fiel y rico en promesas,

Dios no se muda.

Ámala cual merece

Bondad inmensa;

pero no hay amor fino

Sin la paciencia.

Confianza y fe viva

mantenga el alma,

que quien cree y espera

Todo lo alcanza.

Del infierno acosado

aunque se viere,

burlará sus furores

Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,

cruces, desgracias;

siendo Dios su tesoro,

Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;

id, dichas vanas,

aunque todo lo pierda,

Sólo Dios basta.

Con información de Revista “Teresa de Jesús”.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN y BENDICIÓN UTBI ET ORBI

El Papa pide a todos los gobiernos del mundo que actúe en equipo para frenar la pandemia y curar a los enfermos.


Urbi et Orbi: Pope asks world collaboration to “save lives”

Siria: de la guerra al coronavirus

El Papa también se compromete a ayudar a los refugiados que llegan por el mar

Papa, a ONG que socorre refugiados en mar: “Estoy a disposición siempre. Contad conmigo”

Contact: Ayuda Mediterranea

 

El Papa en Domingo de Ramos: ¡Ánimo! Abre el corazón a Dios y sentirás su consuelo

Pope on Palm Sunday: Don’t think about what you lack, but of the good you can do

En la Misa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano en este Domingo de Ramos, el Papa Francisco reconoció que ante el drama de la pandemia del coronavirus, COVID19, Jesús dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.

“Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: ‘Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene’”, alentó el Papa.

El Santo Padre presidió este 5 de abril la Eucaristía en el interior de la Basílica de San Pedro del Vaticano, y no en la Plaza como es tradicionalmente, debido a las medidas adoptadas por las autoridades italianas ante la pandemia del coronavirus, COVID19.

En esta ceremonia que dio inicio a la Semana Santa, el Papa Francisco caminó de la sacristía hasta el altar de la cátedra en donde se llevó a cabo el tradicional rito del Domingo de Ramos, allí, el Papa bendijo simbólicamente unos olivos en macetas que estaban colocados frente al altar, pero no se realizó ninguna procesión con ramos, ni hubo tampoco procesión en el ofertorio.

Además, el Santo Padre bendijo con el incienso las dos imágenes que estuvieron presentes en el momento extraordinario de la Bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo: el ícono bizantino de la Salus Populi Romani y el Crucifijo de San Marcelo.

Imitar ejemplo de servicio de Jesús

En su homilía, el Pontífice recordó que “el Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono” y añadió que “Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó”.

Por ello, el Santo Padre señaló que “cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, para decirte: ‘No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado’, indicó.

Verdaderos héroes que salen a la luz en estos días

Además, el Papa dirigió un mensaje especial a los jóvenes con ocasión de la 35º Jornada Mundial de la Juventud a nivel diocesano con el tema “¡Joven, a ti te digo, levántate!” (Lc 7,14) en que los animó a mirar “a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días” porque “no son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”.

“Siéntanse llamados a jugarse la vida. No tengan miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganarán! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Como lo hizo Jesús por nosotros”, expresó el Papa.

En esta línea, el Santo Padre invitó a reflexionar en “¿cómo nos sirvió el Señor?” ya que “dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio” y agregó que “su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal”.

“Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final”, afirmó.

Traición y abandono

Al referirse al relato del Evangelio de la pasión de Jesucristo, el Pontífice explicó que “el Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono”.

Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor”.

Por ello, animó a examinarnos interiormente porque “si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos”.

“El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas”.

En este sentido, el Papa animó a mirar el Crucifjo para meditar en que Jesús “nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: ‘Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome… Por eso, ¡sigo adelante!’”.

“Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece”, recordó Francisco.

Pedir la gracia de vivir para servir

Luego, el Santo Padre explicó -refiriéndose a la pandemia del coronavirus- que “el drama que estamos atravesando nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor.”

“De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer”, animó.

Por último, el Papa Francisco destacó que “el Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva la vida”, concluyó.

Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia presidido por el Santo Padre Francisco

Opus Dei - Papa Francisco: «Nadie se salva solo»
El Papa predicó unas palabras de oración y luego presidió la Adoración Eucaristica; a continuación impartió excepcionalmente la bendición Urbi et orbi, a Roma y al mundo.

Lo hizo desde el exterior de la basílica de san Pedro, donde habitualmente tiene las audiencias generales, con la Plaza vacía.

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Papa Francisco: «Nadie se salva solo»

“Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”, ha dicho el Papa Francisco

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Sobrellevar la cuarentena en familia

Sentido común, algo de ingenio y mucha paciencia. Y no olvidar a quienes están falleciendo, a sus familiares y a todas las personas que nos están cuidando. Dos familias nos cuentan cómo podemos organizarnos en casa para lidiar con la situación que ha traído la pandemia del coronavirus.

La acumulación de cifras de fallecidos e ingresados nos lleva a rezar por ellos, por sus familias, por el personal sanitario y tantas personas e instituciones que están trabajando sin descanso para minimizar el impacto de la pandemia.

En cualquier caso, ahí van siete consejos que pueden ayudarte a mejorar la convivencia estrecha de estos días:

1. Organízate. Como si de una empresa se tratase organiza primero tu cabeza y luego la casa. Tenéis que ordenar la casa y pensar de dónde sacáis espacio de trabajo para dos, de estudio para los mayores y de ocio para los peques de la casa. Y eso no depende de los metros cuadrados…

Cuando me refiero a ordenar, me refiero a orden y limpieza normal: no es el momento de pensar en limpiezas a fondo, con falta de lejía en los mercados y niños pululando por la casa. Entre nosotros, yo ya me veía con el bote de pintura en la mano dando una manita a la casa, aprovechando la cuarentena. Pero no es el momento. Tampoco lo es de quitar el pañal al peque, ni quitar el chupete, enseñar a sumar o el abecedario… Tranquilos. Las clases volverán. Y los profes seguirán enseñando.

Organiza también las comidas y la ropa. Intenta hacer hueco en la casa para tener que salir lo menos posible al supermercado (y ya sabes, cumpliendo las normas) y haz entender a tu familia que hay que ser disciplinado con el uso de la ropa. De lo contrario, en dos días estaréis invadidos de prendas sucias.

2. Un día normal con horario normal. Tal vez te asalte la apatía y quieras estar todo el día tirado en el sofá con el pijama puesto. Ni lo pienses. Levántate y acuéstate a la hora acostumbrada. Dúchate, vístete, como para salir a trabajar. Peínate. Y exige a tus hijos el mismo horario y vestimenta “de calle”. Que cuiden su aseo.

Aunque los colegios están intentando, en la medida de sus posibilidades, enviar temario, corregirlo e incluso les hacen exámenes, si tienes adolescentes seguro que querrán ver pelis hasta las tantas, usar más la Nintendo o el móvil… ¡Ojo!

No es necesario que tengan un horario tan fijo como en el cole. Y comer en familia es un lujo que podemos permitirnos estos días. Que tus hijos ayuden a recoger la cocina y a hacer tareas de la casa, ya que que otras veces no pueden hacerlo por falta de tiempo. Por la tarde, pueden jugar más con sus hermanos, leer, etc.

3. Cuida la relación de pareja. Si eres de los que piensa que la epidemia hace peligrar tu matrimonio, no te sientas un bicho raro. Durante el verano aumentan las peleas por pasar más tiempo juntos. Ahora también estamos más tiempo juntos. Muy juntos. Todo el día y toda la noche. Y, a menudo, no hay perro para airearse… ¿Objetivo? Que la sangre no llegue al río. Pide perdón si metes la pata o das respuestas airadas a tu marido o mujer. Y perdona al otro. Ponte en su lugar. Quizás el/ella tenga estos días más carga de trabajo con el teletrabajo, o esté preocupado/a por el dinero, o por sus padres o conocidos, o lleve horas supliéndote con los niños para que puedas trabajar… Lo más parecido a estar en una jaula del zoo.

Normalmente en situaciones de estrés, cuando uno está de bajón el otro está mejor de ánimo, y así vamos tirando uno del otro y, en consecuencia, de los hijos. Hay que intentar que cada uno tenga un momento de esparcimiento, es decir, que se aísle del ruido de la casa, los niños, la lavadora y haga aquello que le dé la gana y que le libere mentalmente de las cuatro paredes. Lo que él o ella quiera. Leer, rezar, dormir, hacer gimnasia, oír música con cascos como si estuviese en el Palacio Real… E intenta que los niños no interrumpan ese momento.

En definitiva, es un momento estupendo para pronunciar lo que el Papa Francisco llama las tres palabras claves del matrimonio: Gracias, perdón y permiso.

4. Los fines de semana haz las actividades que soléis hacer. Con imaginación muchas veces será posible. Las redes sociales muestran a un internauta nadando sobre un patinete por el pasillo, o a un señor colgado de la barra de la ducha, como si estuviese en el bus. Si los fines de semana practicas tiro al plato, olvídate. Pero si te gusta el cine, proyecta una película para la familia; si vas al gimnasio, hazte con unas pesas DIY y ponte alguno de los vídeos que circulan por la red. Si rezas el rosario, haces oración o asistes a Misa, hazlo, ahora más que nunca (online, se entiende).

5. Llama a tus padres y familia a menudo. Podéis hacer una sesión de Skype, Hangouts o Zoom en familia como si cada uno estuvieseis en una punta del mapa. Eso os dará ánimos, os pondrá al día y os asegurareis de que tus padres (o en el caso de que esté uno sólo) estén bien.

6. Con los niños hay que usar una máxima: si te ven bien, estarán bien. Si te invade la tristeza y necesitas llorar, llora en el baño o con tu marido/mujer. Pero delante de ellos, sin ocultar la realidad, que vean confianza y tranquilidad. Haz acopio de juegos y juguetes que tengas en el trastero o en el altillo, que hace mucho que no usen, dosifícalos para varios días y ve guardando y sacando. Si sacas toda la artillería por el salón en una hora tendrás un niño aburrido y un salón atestado…

Pide a los mayores que jueguen con los pequeños, imagina juegos y no sufras si se aburren: no pasa nada. Si por norma general no dejas que jueguen al fútbol en casa, déjales que jueguen un rato, dejando claro que son medidas extraordinarias, como la pandemia. Observa cómo está cada uno de los miembros de la familia. Habla con cada uno. Los mayores serán más conscientes y quizás necesiten hablar del tema, preguntaros… A los peques puede ayudarles dibujar lo que pasa. No ocultes información, pero tampoco debes saturarles: No necesitan conocer los datos de cada día. Solo una cosa debe quedarles clara (a ellos y a ti): saldremos de esta. No sabemos cómo ni cuándo. Pero saldremos.

7. Libera información. Necesitamos tres pandemias para oír, ver y hacer todo lo que se ha enviado por WhatsApp… Y necesitamos tres vidas para asimilar tanta información. ¿De verdad necesitas saber tanto, tanto, del coronavirus? Intenta no estar pendiente de cada dato, de cada cifra, de cada audio. Durante tu jornada laboral, silencia el móvil. Ganarás en salud.

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Para muchos otros -la mayoría- su modo de contribuir es… quedarse en casa y obedecer a las autoridades civiles. Hemos pedido a dos familias que nos cuenten cómo están procurando superar las inevitables dificultades de estos días: un capitán de fragata, especialista en submarinos, y una madre (en su cuenta de Instagram se describe con humor (Marta: 72m² para 6 “agobiaos” ¿Y si la familia fuese la empresa más importante que pudiese existir?), y que comparte varios consejos que ha puesto en práctica en su casa. Vamos allá.

José Torrente: Cuando el submarino es… tu casa: José es capitán de fragata, especialista en submarinos. 15 años rodeado de agua. El aislamiento ha sido su gran compañero de viaje, como un amigo invisible. Ahora, en casa, con nueve hijos, su vida discurre -digamos- en otro submarino, como la de todos nosotros. Aunque con luz natural y tantas otras ventajas. Con un vídeo sencillo, editado en su casa, José y algunos de sus hijos nos sugieren algunas ideas básicas para afrontar este periodo. Hay vida debajo del agua. Y fuera de ella, en cualquier hogar, se puede vivir razonablemente bien, con buenas dosis de paciencia y sentido del humor.

Marta, madre de familia: “No estamos solos y la situación no es, ni de lejos, la peor”: No sabes ni cómo te llamas. De un día a otro te han metido en una peli de ciencia ficción y tienes que gestionar a varios niños, un marido, una o dos zonas de trabajo, bombardeo de información y de deberes de los colegios… y los metros cuadrados, que te parecen menos metros que nunca. El desconcierto y el pánico inicial dejan paso al mal humor, las voces, las malas formas, los portazos, los insultos de un hermano a otro… Lo primero que hay que hacer es pensar que no estamos solos. Todos estamos, en mayor o menor medida, en la misma situación que además no es, ni de lejos, la peor. Hay muchos hogares que tienen un familiar o varios enfermos, viviendo con la incertidumbre y el miedo; en otras casas hay madres o padres solos que no tienen ayuda, y quizás tengan que ir a trabajar; en otras, hay familias con niños con necesidades especiales… Así que, en la medida de lo posible, redimensiona las circunstancias y da gracias a Dios porque seguramente lo que estás viviendo no es tan duro.